
FROYLÁN ALFARO
Querido lector, ¿alguna vez te has detenido a observar el monótono ir y venir de la vida cotidiana y has pensado que todo carece de sentido? Tal vez ocurrió en un momento inesperado: al esperar el autobús, al lavar los platos o mientras bebías una cerveza. Esa sensación incómoda, como un vacío inexplicable que se asoma de pronto, es lo que Jean-Paul Sartre llamó “la náusea” y Albert Camus describió como “el absurdo”. Pero, ¿qué significa esto realmente? ¿Por qué algo tan simple como la existencia puede resultar tan desconcertante?
El absurdo, según Camus, surge de la confrontación entre nuestras ansias de sentido y un universo que parece indiferente a nuestras preguntas. Queremos que la vida tenga un propósito, un porqué, pero el mundo responde con un silencio ensordecedor. Como decía Camus, “el mundo es irracional”. Queremos que la existencia sea como una novela bien estructurada, con un inicio, un clímax y un desenlace satisfactorio. Pero en lugar de ello, nos enfrentamos a un flujo interminable de eventos que parecen desconectados, incluso incoherentes.
Sartre, por su parte, describió esta experiencia de manera más visceral. En su novela La náusea, su protagonista, Antoine Roquentin, se siente invadido por una sensación de repulsión al darse cuenta de la arbitrariedad de la existencia. Un día, al observar una raíz de árbol, Roquentin percibe que no tiene más justificación de estar ahí que cualquier otra cosa en el mundo. Esa raíz simplemente es, sin razón alguna. Y ese mismo sentimiento lo extiende a su propia existencia: él simplemente es. Para Sartre, la náusea no es sólo un malestar, sino el reconocimiento de que todo lo que existe lo hace sin propósito, sin necesidad.
¿No es algo que todos hemos sentido alguna vez? Piénselo: ¿cuántas mañanas se ha levantado preguntándose por qué hace lo que hace? ¿Por qué trabaja en ese empleo, por qué sigue ciertas rutinas, por qué se esfuerza? Quizás, en medio del caos diario, esa pregunta queda enterrada bajo la prisa y las responsabilidades. Pero en momentos de quietud, cuando el ruido exterior disminuye, el eco de esa interrogante resurge. Nos enfrentamos al vacío del sentido.
Sin embargo, aquí es donde las perspectivas de ambos filósofos divergen. Para Camus, aceptar el absurdo no significa rendirse a la desesperación. Al contrario, es una invitación a rebelarnos contra él. ¿Cómo? Viviendo plenamente, saboreando cada instante de la existencia sin esperar un propósito último. El ejemplo de Camus es el mito de Sísifo: el hombre condenado a empujar eternamente una roca cuesta arriba, para después sólo verla rodar hacia abajo. Para Camus, Sísifo es un símbolo de la condición humana. Aunque su tarea es absurda, Sísifo encuentra la libertad al aceptar su destino. Imagina, querido lector, que cada día fuese como empujar esa roca. Camus nos diría: empuja de todos modos, y hazlo con alegría.
Por otro lado, Sartre nos habla de la responsabilidad que conlleva esta falta de sentido. Si no hay un propósito predefinido, entonces somos completamente libres para inventar el nuestro. Pero esa libertad absoluta, lejos de ser una liberación, puede ser una carga pesada: somos los únicos responsables de lo que hacemos con nuestras vidas. Como él decía, “estamos condenados a ser libres”. Es como si te dieran un lienzo en blanco y te dijeran que pintes lo que quieras, pero sin instrucciones ni referencias. El resultado dependerá únicamente de ti, y eso puede ser tanto aterrador como emocionante.
Ahora bien, ¿cómo enfrentarnos a este absurdo en nuestras vidas diarias? Por un lado, está la idea de Camus de disfrutar el momento presente, de vivir como si cada experiencia fuera un fin en sí misma. Por ejemplo, en lugar de obsesionarte con los logros a largo plazo, podrías disfrutar una taza de café por el simple placer de saborearla, sin buscar justificaciones más profundas. Por otro lado, está la propuesta de Sartre: asumir la responsabilidad de tus elecciones. Si decides pintar un cuadro, construir una familia, cambiar de carrera o simplemente descansar un día, hazlo con la conciencia de que esas decisiones son tuyas y solo tuyas.
El absurdo no desaparecerá, querido lector. Los filósofos no prometen respuestas fáciles o consuelo eterno. Pero lo que sí nos ofrecen es una perspectiva transformadora: entender que el vacío de sentido puede ser, paradójicamente, una fuente de libertad. Porque si la vida no tiene un propósito inherente, entonces todo propósito que le demos es legítimo. Y si la existencia es absurda, entonces cada momento —incluso el más insignificante— puede ser maravilloso precisamente por ser único e irrepetible.
Entonces, la próxima vez que cuestiones el sentido de la vida mientras esperas el autobús, lavas los platos o bebes una cerveza, recuerda: ese sentimiento de vacío no es el enemigo. Es una invitación a vivir, a crear, a experimentar. Y como diría Camus, en ese acto de vivir está nuestra mayor rebelión.