FROYLÁN ALFARO
A veces la vida nos sorprende, no con tragedias ni milagros, sino con una extrañeza suave. Un día cualquiera, mientras tomas un café, algo sucede. Miras tu taza, tus manos, la calle, y te preguntas sin saber por qué: ¿Qué sentido tiene todo esto? No es que estés triste. Simplemente, lo cotidiano deja de ser evidente.
Filosofar no empieza con un libro, ni con una teoría, ni con una clase. Empieza con una grieta, algo que te saca de la rutina. Como cuando repites mucho una palabra, por ejemplo, “casa” y de pronto se vuelve rara. Te preguntas: ¿por qué le decimos así? ¿Qué es, en realidad, una casa? Lo mismo pasa con la vida. Hay días en los que todo –trabajar, correr, dormir, querer– parece fuera de lugar, como si estuviéramos actuando en una obra cuyo guion no recordamos haber aceptado.
No hace falta tener respuestas para pensar. Al contrario, el pensamiento empieza justo cuando se nos caen las certezas. Cuando dejamos de actuar por inercia y empezamos a mirar el mundo como si fuera la primera vez. Vivir no es solo respirar, pagar cuentas y llegar a tiempo. Vivir también es preguntarse por qué hacemos todo eso.
La chispa puede venir de muchas formas. A veces es el asombro: ver el mar por primera vez y sentir su inmensidad. A veces, el dolor: perder a alguien y preguntarse qué significa realmente perder. Otras veces, el aburrimiento, ese vacío que nos hace dudar del sentido de todo. Lo curioso es que esas emociones incómodas, que normalmente queremos evitar, son puertas hacia el pensamiento profundo. Cuando todo se tambalea, algo en nosotros se despierta.
En ese despertar no hay garantías, pero sí hay una honestidad radical: aceptar que no entendemos tanto como creíamos. Que muchas de nuestras convicciones, sobre el amor, la justicia, la verdad, son frágiles. Y eso no es una desgracia, sino una posibilidad.
Pensar filosóficamente no es acumular respuestas ajenas, sino asumir una pregunta como si fuera nueva. ¿Qué es el bien? ¿Qué es la verdad? ¿Quién soy yo? Son preguntas antiguas, sí, pero cada quien debe atravesarlas con su propia vida para que tengan sentido. La filosofía no se hereda, se despierta.
Tal vez por eso muchos comienzan a filosofar en la adolescencia, cuando el mundo adulto deja de parecer lógico y uno se pregunta si todo esto tiene sentido. Pero también puede ocurrir en la vejez, tras una pérdida, en medio de una crisis, o un día cualquiera, al hacer fila en el banco. No hay edad para comenzar a pensar filosóficamente. Sólo hace falta esa extrañeza que desarma lo obvio y nos obliga a mirar de nuevo.
Imaginemos, querido lector, que la vida es una obra de teatro. Todos entramos al escenario con un papel asignado: madre, empleado, estudiante. Cada quien tiene sus líneas y sus gestos. Pero a veces, en medio de la función, uno se detiene y piensa: ¿Quién escribió este guion? ¿Y si no quiero decir estas palabras? Ese instante de ruptura, de conciencia, es profundamente filosófico.
Pero claro, esto incomoda. Pensar no es fácil ni siempre útil. Vivimos en tiempos que premian la rapidez, la eficacia, el rendimiento. ¿Para qué detenerse a reflexionar si hay que pagar la renta, hacer la comida o entregar algún pendiente? Sin embargo, algo en nosotros insiste. No porque tengamos tiempo libre, sino porque intuimos que vivir sin pensar es vivir en piloto automático.
Un amigo me dijo una vez que filosofar era como rascarse una picazón que no se va. Me pareció perfecto. Porque pensar no siempre soluciona nada, pero alivia. O, más bien, transforma la molestia en búsqueda. Nos hace ver que esa inquietud no es un defecto, sino una invitación.
Y no, no hace falta estudiar filosofía para pensar así. Hay quienes han leído toneladas de libros sin habitar una sola pregunta, y hay quienes, sin leer a Platón o Nietzsche, han tenido momentos de lucidez filosófica. Lo esencial no es el saber acumulado, sino la sensibilidad para dejarse afectar. Para mirar la vida sin anestesia. Para sentir el misterio sin correr a taparlo.
Aunque, eso sí, filosofar tiene un precio. El que piensa se complica la vida. Descubre contradicciones. Se hace preguntas incómodas. Mueve los muebles y encuentra polvo. Pero también gana profundidad. Una vida pensada no es más fácil, pero es más consciente.
Y aquí está la paradoja más bella: cuanto más piensas, menos seguro estás, pero más intensamente vives. Porque el pensamiento filosófico no busca certezas rápidas, sino una forma más lúcida de habitar la incertidumbre.
La filosofía no empieza en los libros. Empieza cuando uno, sin saber por qué, se detiene y mira distinto. Cuando lo evidente se vuelve extraño. Cuando te asomas a una pregunta sin saber la respuesta, pero decides caminar hacia ella. Eso es filosofía.
Tienes toda la razón todas las personas pasamos por momentos así filosóficamente la vida nos llena de sorpresas y vivirla intensamente una opción…..n.n