
FROYLÁN ALFARO
Creemos, querido lector, vivir en la era del conocimiento. Nunca antes la humanidad había acumulado tanta información ni había tenido un acceso tan fácil a ella. Un dispositivo en el bolsillo nos permite consultar desde la composición de una estrella hasta una receta de cocina. Y, pese a ello, persisten las sombras.
Los demonios del pensamiento mágico no han desaparecido; sólo han cambiado de forma. En el pasado las supersticiones explicaban los fenómenos naturales como designios divinos, hoy lo hacen con teorías conspirativas. Antes los chamanes curaban con danzas y hierbas milagrosas, ahora los influencers venden terapias alternativas y rechazan las vacunas. La Tierra ya no está sostenida por tortugas cósmicas, pero para algunos sigue siendo plana.
Aquí hay un problema interesante. No se trata de ignorancia en el sentido tradicional, porque muchas de estas creencias surgen en sociedades altamente alfabetizadas. No es que las personas no tengan acceso a la información, sino que desconfían de ella. Y esta desconfianza es el verdadero monstruo que acecha en la oscuridad.
Los filósofos han discutido durante siglos sobre la capacidad humana para conocer la realidad. La pregunta ha sido la misma: ¿podemos confiar en nuestros sentidos, en nuestra razón? La ciencia, a pesar de su éxito, no ha podido eliminar estas dudas. Nos promete certezas, pero al mismo tiempo nos recuerda su propia falibilidad. Lo que hoy se considera verdad, mañana podría ser refutado.
Y ahí, justamente, radica el problema. La ciencia es un sistema que se autocorrige, que avanza a través del error. Pero la incertidumbre que esto genera es intolerable para muchos. En su libro El mundo y sus demonios, Carl Sagan explicaba cómo la pseudociencia prospera cuando la gente siente que el conocimiento oficial es inaccesible o distante. Y es precisamente esto lo que vemos actualmente: la frustración ante un universo complejo convierte las respuestas simples en refugios reconfortantes.
La ciencia dice: “Esta es la mejor explicación que tenemos hasta ahora”. La pseudociencia dice: “Yo tengo la verdad”. Y en tiempos de crisis, la certeza absoluta es más seductora.
Pensemos en el movimiento antivacunas. A primera vista, parece absurdo que en pleno siglo XXI existan quienes rechazan uno de los mayores avances médicos de la historia. Sin embargo, si analizamos el fenómeno desde la filosofía del conocimiento, encontramos un patrón familiar: la desconfianza hacia la autoridad y la preferencia por otras alternativas.
No es un problema nuevo. Desde Platón, la filosofía ha tratado de distinguir entre la doxa (opinión) y la episteme (conocimiento verdadero). Pero en la actualidad, la diferencia entre ambas es cada vez más borrosa. Internet, que debería ser una herramienta de ilustración, también es un campo fértil para la proliferación de creencias infundadas. Un algoritmo diseñado para captar nuestra atención nos encierra en burbujas de información donde solo vemos lo que queremos creer.
Aquí aparece otro demonio: el sesgo de confirmación. La gente no busca información para aprender, sino para reafirmar lo que ya piensa. Y la filosofía nos enseña que esto no es sólo un problema de datos, sino de la estructura misma de nuestro pensamiento. Kant decía que el conocimiento no es una mera acumulación de hechos, sino una construcción que hacemos con nuestra mente. Pero si la estructura con la que interpretamos el mundo está sesgada, entonces ningún dato nos hará cambiar de opinión.
El problema se agrava cuando el escepticismo, que en principio es una herramienta de pensamiento crítico, se convierte en un arma contra la razón misma. El relativismo absoluto; la idea de que todas las opiniones son igualmente válidas, es la puerta de entrada al negacionismo. Si todas las versiones de la realidad son igual de legítimas, entonces la evidencia científica no tiene más peso que una teoría conspirativa.
Aquí es donde se conecta el terraplanismo con el posmodernismo mal entendido. Algunos filósofos postestructuralistas cuestionaron la objetividad del conocimiento, argumentando que toda verdad es una construcción social. Pero esta crítica, válida en muchos aspectos, ha sido distorsionada al extremo: hoy hay quienes la usan para sostener que la ciencia es sólo otra “narrativa” más. Y si la ciencia no es más confiable que un mito, entonces cualquier explicación puede ser válida, por absurda que parezca.
Pero la ciencia no es sólo una historia que nos contamos; es un método de aproximación a la realidad basado en la prueba y la refutación. Decir que todas las ideas tienen el mismo valor es desconocer que algunas han sido validadas por la experiencia, mientras que otras han sido refutadas una y otra vez. No todas las opiniones son igual de legítimas: algunas nos curan de enfermedades, mientras que otras nos devuelven a la Edad Media.
En este sentido, si el problema es filosófico, la solución también debe serlo. No basta con exponer los errores de la pseudociencia; es necesario entender por qué la gente se aferra a ellos. Como decía Sagan, el pensamiento crítico debe enseñarse desde la infancia, no como una colección de datos, sino como una forma de mirar el mundo. La filosofía puede ayudar a desarrollar este pensamiento, no sólo enseñando lógica, sino también mostrando la historia de nuestros errores.
Debemos preguntarnos: ¿por qué nos resulta tan fácil creer en lo que nos conforta y tan difícil aceptar la duda? ¿Por qué los relatos de conspiraciones nos parecen más atractivos que las explicaciones científicas? Si queremos combatir la irracionalidad, no podemos limitarnos a burlarnos de ella. Debemos comprender su origen y ofrecer algo mejor.
La ilustración no es un estado al que llegamos, sino un proceso continuo. Vivimos entre la luz y las sombras, y cada generación debe decidir si avanza o retrocede. La ciencia y la filosofía, lejos de ser enemigas, son aliadas en esta tarea. Una nos da herramientas para entender el mundo; la otra nos enseña a cuestionarlo sin caer en el vacío del relativismo.
Sin embargo, querido lector, los demonios de la ignorancia nunca desaparecen por completo. Pero mientras sigamos preguntándonos, mientras sigamos defendiendo la razón, al menos no estaremos a oscuras.