
FROYLÁN ALFARO
Este dolor no es nuestro, es del niño que habita en nuestra memoria. Nos duele, sí, pero no nos pertenece. Es un dolor antiguo, un fósil de otro tiempo, de otro cuerpo. Lo sentimos como propio porque lo llevamos a cuestas, pero su origen está en un niño que ya no existe más que en el laberinto de nuestra memoria. No es el presente el que nos duele, sino la permanencia de ese pasado que nos sigue mirando a los ojos.
Es el miedo a la oscuridad que nos paralizaba en la infancia y que, ya adultos, se transforma en una ansiedad cuando la incertidumbre nos ronda. Es la angustia de una reprimenda injusta que nunca logramos explicar y que ahora resurge cuando un jefe o un compañero de trabajo nos hace sentir diminutos. Es la tristeza de no haber sido elegidos en un juego escolar que resuena cuando, en la adultez, sentimos el peso del rechazo.
Toda identidad es, en el fondo, un acto de fidelidad al pasado. Somos lo que recordamos de nosotros mismos, lo que insistimos en ser. Pero esa persistencia no es libre: generalmente es el eco de una infancia que sigue vibrando en nosotros, en nuestras heridas, en nuestras esperanzas frustradas. Lo que llamamos sufrimiento adulto no es otra cosa que la resonancia de una falta primordial, de un desajuste original con el mundo.
Sentimos que duele ahora, pero su raíz está allá lejos, en la vulnerabilidad de aquel niño que fuimos y que nunca pudo formar un escudo contra el mundo, o peor, cuando destruyeron ese escudo. Como cuando sentimos que una crítica nos hiere más de lo esperado: no es sólo la crítica la que hiere, sino la memoria de todas las veces que nos sentimos insuficientes ante la mirada de un padre exigente o de un maestro severo.
La filosofía de la identidad nos dice que no somos entidades fijas, sino procesos, relatos en constante construcción. Sin embargo, incluso ahí, la infancia se mantiene como un núcleo importante de nuestra experiencia, un conjunto de afectos que nos constituye, aunque ya no nos pertenezca.
Es inevitable incluir en esta discusión a Nietzsche, quien, en La genealogía de la moral, nos advertía contra el peso del pasado. Ahí señala que nuestra subjetividad está determinada por un legado de promesas incumplidas, de deudas impuestas por quienes nos formaron. En el caso del dolor, la infancia es nuestra primera gran deuda, pues el niño que fuimos sufrió y no pudimos protegerlo. Ahora, en la edad adulta, sentimos que aún le debemos algo, y esa deuda se manifiesta como un dolor que parece inexplicable en el presente.
No es casualidad que Freud viera en la infancia el territorio fértil para sus investigaciones. Él nos dice que la represión y el retorno de lo reprimido son la evidencia de que el pasado no es algo que dejamos atrás, sino una dimensión que sigue activa en nuestro presente. Es decir, lo que sentimos como trauma presente es, en muchos casos, un trauma que nunca terminó de pasar, que sigue operando desde la sombra de nuestros recuerdos. El niño interior no es una metáfora: es una presencia que influye en nuestra manera de sentir y de sufrir.
Por ejemplo, un niño que creció sintiendo que debía ser perfecto para ser amado, de adulto, quizá, sentirá que cualquier error lo convierte en indigno. Una niña que se sintió invisible en su familia, de adulta tal vez se esfuerce desmesuradamente por ser vista y reconocida. Así es como el pasado sigue escribiendo nuestras emociones en el presente, como si fuéramos hojas en blanco, cuando en realidad estamos llenos de tachones y notas al margen que vienen de otro tiempo.
Pero si el dolor es del niño, ¿qué hacemos con él? Aquí, querido lector, la filosofía nos ofrece, al menos, dos caminos. Uno es el de la superación: el intento de deshacerse del peso de la memoria. En este sentido, Sartre nos hablaba de la libertad radical, de la posibilidad de reinventarnos a cada instante. Sería posible, desde esta perspectiva, soltar la identidad que arrastramos, dejar de ser el prisionero de aquel niño y crear un nuevo yo que no dependa del pasado.
El otro camino es el de la reconciliación: no se trata de huir del niño que fuimos, sino de hacer las paces con él. Kierkegaard nos hablaría aquí del salto de fe, del acto de aceptar con amor lo que somos, en toda nuestra fragilidad. No se trata de eliminar el dolor, sino de darle un sentido, de integrarlo en nuestra historia, de transformarlo en conciencia, en comprensión.
Lo que nos duele, entonces, no es el presente, sino la sombra del niño que nos habita. Pero, tal vez ese dolor no deba ser erradicado, sino entendido. Porque si la infancia es nuestra deuda original, también puede ser nuestra primera gran enseñanza, y aunque el sufrimiento persista, quizás en él haya también una posibilidad de reencontrarnos y de aceptarnos.