
FROYLÁN ALFARO
Querido lector, si alguien le pregunta ¿qué es la filosofía? Quizá su respuesta sea: “es un montón de preguntas que no se pueden responder definitivamente”. Esto si usted toma como base los textos que aquí se publican y es considerado con quienes nos dedicamos a ello. Le dejo aquí una respuesta alternativa.
Considero que la filosofía es una borrachera sin resaca, una ebriedad sin fondo, un vértigo del pensamiento que no conoce la sobriedad. Quien hace filosofía no busca respuestas, sino el placer de enredarse en preguntas. Es un perderse en laberintos de lógica, en donde cada salida es otra entrada; y cada certeza, otra duda más profunda.
Los sobrios, esos que caminan con la rectitud de los convencidos, suelen mirar a los filósofos con desprecio o con lástima, como quien observa en la calle a un borracho que habla con las sombras, que interroga a la luna, que discute con un perro. “¿Para qué perderse en esas preguntas sin respuesta?” –se preguntan los sobrios, mientras se aferran al espejismo de lo práctico, a la aritmética de lo útil, a la contabilidad de los días. Sin embargo, ellos, los sobrios, son los más perdidos de todos. Porque si algo nos enseña la embriaguez filosófica es que la realidad no es más que un espejismo, una cuerda floja tendida sobre el abismo del absurdo.
El filósofo, al igual que el borracho, es un transgresor. No acepta la evidencia de las cosas, no se rinde ante la dictadura de lo obvio, pues mientras el mundo avanza en la inercia de la costumbre, el filósofo se detiene y pregunta: ¿qué es avanzar? y ¿qué es el mundo? De inmediato, las respuestas se disuelven como el alcohol en la sangre. No hay certeza que no pueda tambalearse, no hay verdad que no pueda volverse líquida en la boca. Los filósofos embriagan el lenguaje, lo trastocan, lo descomponen. Se preguntan por el Ser, por la esencia, por la verdad.
Pero hay una diferencia importante entre el borracho y el filósofo. Aquel que bebe hasta perder la conciencia lo hace para olvidar; el filósofo se embriaga para recordar lo fácil que se olvida: que estamos aquí sin saber por qué, que caminamos sin conocer el camino y que la vida es un acertijo sin solución. Ahí donde el mundo ofrece certezas, el filósofo las disuelve en una carcajada o en un silogismo que se devora a sí mismo. ¿Acaso no es embriagador darse cuenta de que todo puede ser puesto en duda, incluso la duda misma?
Las personas prácticas –las más sobrias de todas– se apresuran a condenar la filosofía como un lujo, algo innecesario, como una afición, un pasatiempo para quienes pueden permitirse el delirio. “¿Para qué filosofar cuando hay que ganarse la vida?” –preguntan, con la seguridad de quien cree haber formulado una pregunta sensata. Pero lo que no entienden es que la filosofía no es un adorno del pensamiento, es la esencia misma del pensamiento. Es la ebriedad primigenia, la intoxicación original, la manzana prohibida que nos hizo caer de la inocencia del mundo y nos arrojó al vértigo de lo incierto. Filosofar no es capricho, es la verdadera condición humana.
La historia de la filosofía es la historia de una embriaguez que comenzó en Grecia. Sócrates bebió la cicuta con la misma calma con la que se bebe el último trago en una noche gloriosa, porque sabía que su muerte era sólo otro cuestionamiento, otra provocación a la sobriedad de los necios. Descartes se embriagó de duda hasta el punto de no estar seguro de nada más que de su propia embriaguez: “Pienso, luego existo” es la confesión de un borracho que se aferra a la única certeza que le queda. Nietzsche, por otra parte, bebió hasta la locura y abrazó a un caballo en las calles de Turín, como quien abraza la certeza final: la de que toda filo-sofía es, en el fondo, un acto de amor incomprensible.
Por eso, cada vez que alguien me pregunta si la filosofía es útil, si sirve para algo, si tiene aplicación práctica, me dan ganas de invitarlo a un bar y decirle: ¡Bebe! Déjate llevar por el vértigo de la ebriedad, por el cosquilleo en la lengua, por la alegría irracional que invade los huesos. Y cuando estés lo suficientemente ebrio, dime si el placer necesita una justificación.
En este sentido, filosofar es embriagarse del mundo, perder la compostura, tambalearse sobre la cuerda floja de lo real. No hay resaca en la filosofía porque no hay un estado de sobriedad al que volver. Quien filosofó una vez, ya no puede des-filosofar; quien bebió de la duda, ya no puede volver al agua insípida de las respuestas fáciles.
Así que brindemos, querido lector, por la duda, por el vértigo, porque mientras haya quien se emborrache de preguntas, el mundo nunca será aburrido.