ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
Hay ahí un banco, cerca de una de las fuentes, que ahora no está encendida —cuando ocurre, el agua se levanta para llamar la atención a los pájaros y los perros, a veces, si tengo éxito, suelen refrescarse y jugar, ya con otros o consigo mismos—, y es extraño que lo esté, pues es una tarde cálida, no tan refrescante, como la del día de ayer cuando estaba en otro espacio. Esta ciudad es extraña, antes había dos estaciones y solo nos queda una, medio abandonada, media sucia, media alejada de la ciudad, aunque siempre la vi por sus olores, puro miasma, puro sonidero y pura suciedad. Es extraña, no deja de hacerme sentir como si estuviera en una terminetente Hay ahí un banco, cerca de una de las fuentes, que ahora no está encendida —cuando ocurre, el agua se levanta para llamar la atención a los pájaros y los perros, a veces, si tengo éxito, suelen refrescarse y jugar, ya con otros o consigo mismos—, y es extraño que lo esté, pues es una tarde cálida, no tan refrescante, como la del día de ayer cuando estaba en otro espacio. Esta ciudad es extraña, antes había dos estaciones y solo nos queda una, medio abandonada, media sucia, media alejada de la ciudad, aunque siempre la vi por sus olores, puro miasma, puro sonidero. Pura suciedad. Aunque esa era el espacio de mis salidas a otros lados, como don Quijote, cuando agarraba mis chivas, veía una lista de las próximas salidas y escogía de manera azarosa una ciudad. Así conocí San Fernando (Tamaulipas), Monterrey (Nuevo León), Zapopán (Jalisco) y Toluca (Estado de México).
Me senté, vi al perro más hermoso de la Alameda, grande, amarillo, con un rostro tan tierno que derrite a cualquiera. Unas patas enormes que me recordaban a los ositos. Un peluche en vez de canino. Iba enfrente de una mujer, alta y blanca, con amplia espalda y cabello largo. Pensé en la natación, en aquella ocasión en la que decidí competir en otro estilo desconocido para mí, nuevo, aunque me sentí temeroso. Esto ocurrió un viernes, en donde terminé ganando y después, mucho después, empapado bajo la lluvia y con la medalla olvidada en un autobús, tal vez bajo el asiento. Espalda amplia, un perro hermoso. La reconocí, era una tía, me vio y nos saludamos. Intercambiamos unas cuantas palabras, llevamos muchos años sin vernos, esto en parte debido a que llevo fuera del estado. Sin embargo, siempre me entusiasma recordar y saludar a mi familia, a pesar de mis años ausentes del estado.
El perro se acercó y me olfateó y yo, además de verlo con curiosidad y sin cautela, porque era la mascota de uno de mis primos, sabía quién era, aunque el canino no me recordaba. ¿Cuándo fue la última vez que lo vi? No lo sé, aunque los años de espera se hacían un poco eternos. Intercambiamos varias palabras, mi tía me preguntó cómo iba y se despidió. No sé qué pasó, no lo tengo claro, solo sé que se divorció del hermano de mi madre.
Mi tía y su perro Baloo desaparecieron entre los árboles, entre el ruido de la ciudad y sus olores distintos. Llevaba años sin estar. Recordé un dato peculiar. Años de eso, aún era estudiante de la licenciatura. Me gustaba sentarme en uno de esos bancos de la Alameda cada vez que el calendario cambiaba. Cada primer día del mes y, ahora que estoy aquí, quise hacerlo, quise caerme sobre el metal calentado por el sol, como si hacerlo pudiera iniciar el mes de manera distinta. Tal vez no renovado, quizás más o menos fuerte, solo más dispuesto a mirar, aunque sea un poco.
Así comenzó julio, sin promesas, aunque vi a mi tía y a Baloo. No hay nuevas metas ni entusiasmos impostados. Sólo la quietud de la ciudad bajo un cielo demasiado azul. Sólo la continuación de proyectos personales y familiares. Nueva carrera (Leyes), continuación de un idioma suspendido (alemán) y unas cuantas ponencias y artículos de investigación.
La sombra del jacarandá tiñe el suelo de un violeta suave. Aunque ya no florece como en mayo, todavía guarda algo de su perfume leve, ese que no se percibe con la nariz, sino con la memoria. Alguien pasa y dice que va a llover, pero no parece cierto. El sol está alto, casi cruel.
Una señora camina con un carrito de plástico que chirría. Lleva bultos en bolsas negras. No se detiene. No se queja. La sigo con la vista hasta que desaparece entre los árboles. A mi lado, en el banco contiguo, un hombre en silencio pela una naranja con lentitud monástica. La cáscara cae en espiral. Él mastica sin apuro. Cada tanto cierra los ojos, como si esa naranja le recordara otra cosa.
Y yo espero. ¿Qué? No lo sé. Tal vez una señal, una idea, una frase que me devuelva el ritmo. O tal vez nada. Tal vez la espera misma es el gesto. La forma de decir que sigo aquí.
Pienso en la gente que corre todo el día de un lado a otro, convencida de que debe llegar a alguna parte. Y me pregunto si alguna vez se detienen así, en seco, frente a nada, y simplemente miran. No al celular, no a la pantalla, no al reloj. Mirar de verdad.
Un niño corre detrás de una pelota y se detiene justo frente a mis pies. Me mira como se mira a los adultos cuando uno no los teme todavía. Le sonrío. No dice nada. Toma su balón y se va. Ese instante, pequeño y tibio, basta para llenar el aire de sentido.
Julio tiene esa textura de los meses que no necesitan imponerse. Que se deslizan como un vaso de agua en la madrugada. Que no buscan espectáculo, pero traen hondura. Como las personas que no hablan mucho, pero saben estar.
Desde el banco bajo el jacarandá todo parece más lento. Y, sin embargo, nada se detiene. Las hojas secas se amontonan a los lados. Las conversaciones lejanas llegan como oleadas. El mundo sigue, pero sin prisa. Como si también él quisiera sentarse un rato.
No sé cuánto tiempo llevo aquí. No lo mido. A veces me parece que todo lo que vale la pena ocurre cuando el tiempo deja de contarse. Cuando se deshace en la sombra, en el zumbido tenue de una abeja que pasa, en la rama que se mueve sin viento.
Y pienso que tal vez esa sea la forma más honesta de empezar el mes: sin propósitos, sin urgencias, sin metas visibles. Solo el cuerpo sentado, la mirada abierta, el alma respirando a ras de suelo.