Hay quienes recuerdan dónde estaban cuando escucharon por primera vez a The Beatles. Otros no pueden precisarlo porque sus canciones parecían haber estado ahí desde siempre, mezcladas con la voz de la radio, con los discos de los padres o con alguna película vista en la infancia. Pocas expresiones artísticas han logrado algo semejante: dejar de percibirse como una novedad para convertirse en parte del paisaje.
Hay bandas que pertenecen a una generación y bandas que terminan perteneciendo al lenguaje. The Beatles forman parte de esta última categoría. Sus canciones han sido escuchadas en tocadiscos, casetes, discos compactos y plataformas digitales; han sonado en fiestas familiares, estaciones de radio nocturnas y habitaciones donde alguien intenta atravesar una tristeza. Cambian los formatos, pero las melodías permanecen.
Cada 16 de enero se celebra el Día Mundial de The Beatles, una fecha que sirve menos para la nostalgia que para preguntarnos por qué seguimos regresando a ellos. ¿Qué hay en esas canciones nacidas en la Inglaterra de los años sesenta que continúa convocando a personas que nacieron décadas después de la separación del grupo?
Tal vez la respuesta esté en la manera en que lograron capturar el asombro. Escuchar sus discos es asistir a una transformación permanente: los jóvenes que cantaban sobre enamoramientos adolescentes terminaron explorando territorios sonoros que parecían imposibles para la música popular de su tiempo. Entre un coro luminoso y una experimentación de estudio, entre una balada íntima y una exploración psicodélica, fueron ampliando las fronteras de lo que una canción podía contener.
Sin embargo, la verdadera permanencia de The Beatles no se encuentra en la innovación técnica ni en los récords de ventas. Está en algo más difícil de medir. Sus canciones conservan una cercanía extraña, como si hubieran sido escritas para acompañar momentos concretos de la vida: la euforia de los comienzos, la incertidumbre de los cambios, la melancolía de lo perdido y la esperanza obstinada de que siempre existe un nuevo amanecer al otro lado de la noche.
Por eso resulta insuficiente hablar de ellos como un fenómeno musical. The Beatles son también una memoria compartida. Una conversación que atraviesa generaciones. Un repertorio que padres heredan a hijos y que, en ocasiones, los hijos devuelven transformado.
Celebrar su día mundial es reconocer que algunas obras consiguen escapar de su época. No porque desafíen al tiempo, sino porque aprenden a convivir con él. Como las grandes novelas, como ciertos poemas, las canciones de The Beatles siguen encontrando nuevos hogares cada vez que alguien presiona «play» y escucha, por primera vez o por centésima ocasión, cómo cuatro voces provenientes de Liverpool vuelven a abrir una ventana en el mundo. ¿Queridas lectoras y estimados lectores, recuerdan cuán fue la primera canción que escucharon de The Beatles? No lo olviden: juntos ¡incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero