ÓSCAR ÉDGAR LÓPEZ
A principios de la década de los noventa del siglo pasado, a los niños aún nos asustaban con un terrible personaje, la amenaza era clara: si no te duermes, si no te callas, si no haces esto o lo otro, vendrá por ti el viejo del costal: un hombre anciano que secuestraba infantes depositándolos dentro de un saco de lona mugroso; visto a la distancia tal temor es risible, los niños de ahora incluso cantan y juegan al rapto. Al final de esa década y al comienzo del nuevo siglo, el secuestro fue la industria criminal más pujante (en México ya es tristemente “común”), delincuentes como “el Mocha orejas” asolaron al país y mantuvieron la tensión en las familias. El cine mostraba la amenaza de tipos psicóticos capaces de asesinar para conseguir carne humana para la cena o frívolos y exquisitos millonarios homicidas. Pero sea cualquier cosa a la que le temamos el arte siempre pondrá atención ahí, ya sean hibridaciones zoomórficas, payasos dientones, cucarachas gigantes, extraterrestres guapachosos, asesinos seriales, vampiros calvos y morfinómanos, bailarinas que fornican con automóviles, actrices yonkis de la belleza efímera… el terror nos devuelve al estado primigenio, antes de la civilización, antes del lenguaje, cuando los seres humanos sintieron la terrible soledad del silencio y crearon un ser supremo para que los cuidara de todo aquello que los rodeaba y que incluso estaba dentro de ellos, lo “otro” lo desconocido, lo inefable.
Dentro de las subcategorías del terror como género artístico encontramos al gore, se la ha llamado también “slasher” incluso “slasher punk”, pero no es más que el gusto morboso por la sangre y las secreciones humanas, existe cine, literatura, música, pintura, incluso teatro (una de las bases es precisamente el teatro naturalista y brutal Le grand guiñol de Óscar Metenier), en esta subcategoría y aunque resulta más sencillo ubicar el origen en el cine, con cintas como Blood feast de Hershel Gordon Lewis, en la literatura sus máximos exponentes van desde el reconocido Clive Baker hasta el italiano Aldo Nove, que estremeció Europa y América con sus terribles libres de cuentos Woobinda y Superwoobinda. Como un homenaje a este tipo de terror artístico nace el nombre de la revista Teratoma.
Un Teratoma es un tipo de tumor maligno que desarrolla tejido, estas malformaciones llegan a presentar dientes, ojos, incluso cabello y suelen crecer en los genitales, la imagen de uno de ellos es poderosamente desagradable y horrorosa.
Como publicación dedicada al terror y al horror Teratoma se encuentra dando a conocer su segundo número, se trata de un impreso tipo cuadernillo, el consejo editorial lo conforman: Miguel Tovar, Martín Galván, Ilse Ovalle y el autor de esta columna. Se trata de un esfuerzo autofinanciado que promueve obras selectas de todas las subcategorías del género terror, desde el social, gore, cómico, cósmico. En este segundo número destaca además la participación del artista Jafet Rojas, con ilustraciones elaboradas con bolígrafo sobre papel, de una calidad suprema.
Desde este espacio hacemos la invitación a acompañarnos el sábado 27 de junio a las 17:00 horas en Vetagráfica, en el municipio de Vetagrande, Zacatecas a la presentación del número dos de este tumor literario maligno.
Revista bimestral de arte y literatura de terror Teratoma, números 1 y 2.
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