Los hechos históricos se convierten en monografías o memoria: historia oficial o de carne y hueso. Hacía frío por aquellos días y en toda mi vida no había vivido la rabia colectiva, aunque la había sentido en los libros, en los memoriales de otros días, de otras épocas, de otras personas. Ya tenía inserto en mí el ímpetu de querer cambiar el mundo, las lecturas críticas eran parte de mis tareas universitarias y, aún así, sólo conocía una opresión sutil: tal vez la de clase, tal vez la de género —por supuesto— y probablemente la de la edad.
Pero en ese momento el miedo de desaparecer se volvió real, los rostros de 43 estudiantes navegaron de mano en mano, de consigna en consigna, y detuvieron al país completo: bloqueado de indignación, con sed de justicia y verdad, la real, aunque lacerara. Y aquí estamos doce años después, haciendo circular las tortugas rojas y un 43 lleno de sangre, con la úlcera sin cicatrizar y la verdad aún secuestrada. Han pasado doce años, las escuelas siguieron sus cursos, las aulas volvieron a abrir sus puertas, nosotros comenzamos a sentir indignación por ésta y otras cosas, pero también continuamos con nuestras vidas. Ellos no, ni sus familiares, ahí se congeló el tiempo porque algo hay en la existencia de un limbo que te va erosionando, pero no te mata. Madres que murieron sin encontrar a sus hijos, delincuentes uniformados que viven sin consecuencias y los señalados con el secreto debajo de las corbatas.
Hoy, estimadas lectoras y estimados lectores, hablamos de la importancia de no dejar que la indignación se contenga en una vitrina, de la importancia de no dejar de hablar de la memoria, de resistir, aunque la piel siga lastimada y de alzar la voz — aunque la sintamos pequeña— desde donde nos sea posible: en el arte de fotografías fosas clandestinas con compañía, en escribir un par de versos y ensuciar en lienzo.
Es cierto que el arte no es utilitario, claro, pero el arte se compone con pequeñas partículas alimentadas de nuestro contexto y también el arte incomoda —porque incómodos estamos—, el arte abraza —porque somos colectivos—, el arte ironiza, quema y desgarra, cuida con amor y alimenta, siembra y recuerda.
En este memorial les invitamos a no olvidar que transcurrimos en la historia y que no debemos olvidar que los nos faltan los 43 estudiantes de Ayotzinapa, entre miles de rostros que están ahí afuera, desaparecidos por lo menos otras tres veces más.
Este memorial no pretende cerrar una herida, sino impedir que se cierre en falso. Porque recordar también es una forma de resistencia: volver sobre los nombres, los rostros, las imágenes y las palabras para decir que no fueron borrados, que sus ausencias siguen teniendo un lugar entre nosotros. Doce años después, los 43 no son una cifra detenida en el tiempo: son una pregunta que permanece abierta, una memoria que incomoda y una exigencia de verdad que todavía nos convoca.
Quizá por eso hacemos arte. Porque cuando la historia no alcanza a decirlo todo, quedan las imágenes, los cuerpos, las palabras, las manos que dibujan, escriben, fotografían, intervienen. Queda la posibilidad de mirar de frente aquello que duele y convertir, aunque sea por un instante, la indignación en memoria compartida. Porque mientras el arte siga encontrando maneras de decir lo que todavía duele, su ausencia no podrá convertirse en silencio. No lo olviden: juntos ¡incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero