JUAN GERARDO AGUILAR
Alguna vez, andando en ácido y de paseo por las calles del Pueblo Mágico de Jerez, nos topamos de frente con un rótulo que, más que un aviso comercial, parecía un presagio. La caligrafía negra, un tanto desgastada, pintada con ironía casi involuntaria, decía: “Amigos desechables”.
Quienes íbamos en esa travesía lisérgica detuvimos la marcha. Supongo que pensamos lo mismo, porque nos ganó la risa como efecto del viaje y decidimos tomarnos una fotografía justo debajo del rótulo. Al día de hoy, ignoro qué fue de aquella foto; imagino que se perdió en el limbo de algún disco duro o en la memoria de un celular viejo y olvidado. Lo que sí es un hecho es que se perdió, tal y como ocurrió con la amistad de varios de los que aparecíamos sonrientes en esa toma.
Dice el viejo adagio que lo peor de una traición es que nunca viene de un enemigo. Y para chinga de muchos, tiene toda la razón: de un enemigo puedes esperar el golpe, incluso se anticipa el chingadazo y puedes permanecer la noche entera en vela esperando la acometida.
Del amigo, en cambio, uno espera el reparo, la escucha, la lealtad, la trinchera compartida… Por eso, cuando la puñalada entra por la espalda, no nomás sangra la carne, sino que se fractura el piso sobre el que se supone que estaba cimentada la confianza. Lo cierto es que las amistades, como todas las relaciones humanas, caducan. Tienen fecha de vencimiento, vida útil o simplemente sufren el desgaste natural del tiempo o la distancia.
Sin embargo, siempre resulta más fácil aceptar cuando el vínculo se termina por algo definitivo, como la muerte. Quizás porque ésta no engendra sospechas ni deja margen para la duda. Al contrario, procura una pena limpia, una nostalgia sin amargura, los elementos suficientes para transitar el duelo, pues. Lo verdaderamente grotesco ocurre cuando la traición es la que da por terminado el vínculo filial, convirtiendo lo que alguna vez fue sagrado en una baratija.
Porque la hipocresía es el mismo chiste mal contado en voz de un payaso distinto: nadie se ríe, el remate deja mucho que desear y la única persona que no se da cuenta del ridículo es quien lo está contando.
Y en este escenario, la lealtad entre amigos suele durar bastante… siempre y cuando no se atraviese un chisme. Porque basta un rumor mal digerido, un malentendido o una confidencia soltada ante la persona y mesa equivocadas para que colapsen los cimientos construidos durante años.
Bien lo sé y bien lo he escrito otras veces: el chisme es el platillo tradicional de mi pueblo, la botana que se sirve en cada cantina, y el dulce típico —jamás me cansaré de decirlo— no es otro más que el rencor. Un manjar amargo que se paladea despacio, empujado por la envidia y la mezquindad.
Sobre este desgaste irrecuperable de los afectos se ha escrito bastante. Imposible no recordar Los amigos que perdí (2000), la sexta novela de Jaime Bayly. Libro que se compone por cinco cartas dirigidas a una amiga y cuatro amigos a quienes el narrador vio alejarse, fundamentalmente porque cometió la imprudencia —o el descaro— de contar sus secretos más íntimos.
De esos cinco textos, destaca sobremanera la segunda carta, dirigida a Manuel. En ella se evidencia, con una nitidez escalofriante, cómo la amistad, inevitablemente, está también ligada al rencor, la envidia y la traición. Bayly expone la fragilidad de esos afectos que creíamos blindados, demostrando que, a veces, el cariño y la mala entraña con capaces de habitar en la misma habitación sin que uno se dé cuenta.
Y si de traición y ruina hablamos, no puedo dejar de lado la desgarradora alusión de Canserbero en su rola Jeremías 17:5. El rapero venezolano escupe con furia una verdad fulminante inspirada en el texto bíblico: «Maldito sea el hombre que confía en otro hombre…»
La tragedia detrás de la letra cobra una dimensión trágica y macabra cuando uno recuerda las circunstancias de su muerte, rodeada de versiones contradictorias, envidias cercanas y la sombra siniestra de una traición por parte de aquellas y aquellos a quienes él consideraba sus amigos.
El caso de Canserbero es el recordatorio más crudo de que la traición no sólo rompe el alma; a veces destruye la vida misma, porque, para todo hay cura, excepto para la muerte y para la decepción, que no es otra cosa que una muerte más amarga, pero en vida.
Claro que hay ocasiones en las que, después del desagravio, el vínculo medio se recompone. Hay disculpas (a veces sinceras, a veces timoratas), apretones de manos, besos tan sexys como el de Judas a Jesús y un intento torpe por reanudar la marcha sobre el camino maltrecho.
Sin embargo, el intento suele ser fútil: siempre queda un sabor acre en la boca, un gusto rancio a desconfianza que contamina cualquier conversación y convivencia futura. Ya nada vuelve a ser igual…
Frente a este panorama, pareciera que el peor error que uno puede cometer en esta vida es confiar. Y, sin embargo, a pesar de las cicatrices y los rótulos proféticos, al menos a mí, nada me ha impedido seguir disfrutando de los pocos amigos que me quedan; esos que están contados y que han sabido mantenerse de pie, aguantando vara, en las buenas, en las malas y en las peores.
Por los demás, me guío siempre por ese otro sabio adagio popular que dice: “Vaca que no da leche, que se vaya al matadero (o a chingar a su madre)”. Si un vínculo ya no aporta lealtad ni calma, si lo único que produce es amargura y decepción, no hay razón alguna para seguir alimentando la puñeta mental. Se le da las gracias por el tiempo bien o mal gastado, se le abre la puerta y se le deja ir así nomás, sin remordimientos ni mala sangre.
Al final, quizá de eso se trata la amistad: de tomar fotografías que uno cree permanentes hasta que un día descubres que algunas personas ya no están (ni pertenecen) en el encuadre. Y sí: la vida es demasiado corta como para andar recogiendo las migajas que dejan los traidores.
Porque cuando la tormenta pasa y el humo de la decepción se disipa, uno entiende que no vale la pena guardarse el veneno. Algunas amistades merecen un duelo; otras, simple y llanamente, merecen archivarse. Y entre que son peras y son manzanas siempre nos queda el olvido, que es infinitamente mejor que el rencor.
