FROYLÁN ALFARO
Compartimos, querido lector, una época donde la palabra felicidad se ha vuelto una especie de mandato social. Los anuncios publicitarios nos repiten que “merecemos ser felices”, las redes sociales, por su parte, parecen medir nuestra valía en sonrisas y destinos turísticos. Pero, ¿qué sucede si miramos esta idea desde otro ángulo? Tal vez la libertad de ser feliz no se tan libre como creemos.
Si lo pensamos bien, la felicidad contemporánea funciona como una nueva moral. Ya no se trata, como en la época medieval, de salvar el alma; ahora se trata de mostrar que uno está satisfecho, realizado, siempre positivo. El problema es que, cuando la obligación de ser feliz se disfraza de libertad, ocurre un giro curioso: la infelicidad se convierte en una forma de libertad. El que se atreve a no sonreír, a no encajar en ese guion obligatorio, parece rebelarse a un sistema que no tolera la tristeza.
Sin embargo, hay que reconocerlo, aspirar a la felicidad tiene su lado bello. Desde Aristóteles, a la filosofía se le ha preguntado por ella como el fin supremo de la vida. La eudaimonía era para el filósofo griego el resultado de una vida virtuosa. En la modernidad, pensadores como John Stuart Mill defendieron que la libertad individual debía garantizar el mayor grado de felicidad posible. Desde esa perspectiva, el énfasis actual en ser felices puede interpretarse como un signo positivo, pues hemos dejado atrás épocas en que la tristeza, el sacrificio o el sufrimiento eran exaltados como virtudes necesarias.
Además, la búsqueda de la felicidad tiene efectos prácticos. Nos motiva a cuidar la salud mental, a trabajar por condiciones laborales dignas, a valorar las relaciones afectivas, etc. Una sociedad que coloca la felicidad como horizonte puede ser más compasiva que una que glorifique el dolor. Por ejemplo, si un amigo nos dice que está cansado y triste, actualmente le sugeriríamos terapia, descanso o lo escucharíamos empáticamente, en lugar de exigirle “aguantar” como era común antes. Ese cambio cultural no es menor, y por supuesto que no estoy en contra de ello.
El problema surge cuando la felicidad deja de ser horizonte y se convierte en regla. Aquí entra en juego lo que Byung-Chul Han llama “la sociedad del rendimiento”: un mundo en que cada persona debe mostrar que disfruta, que sonríe, que se siente realizada en el trabajo, en el amor, y sobre todo, debe publicarlo en sus redes sociales. Quien no cumple con ese guion parece defectuoso. Como resultado, la tristeza ya no se entiende como parte inevitable de la vida, sino como un error personal, casi como un pecado moderno.
Esto, parece inofensivo, pero genera un doble sufrimiento: estar triste, y al mismo tiempo, sentirse culpable por no ser feliz. Esto es más evidente en la vida digital. Publicar una foto sin filtro, un estado melancólico, una queja honesta, o simplemente no publicar nada suele percibirse de no muy buena manera. La cultura del “siempre bien” nos enseña que la infelicidad debe ocultarse. Pero, entonces, ¿dónde queda la libertad?
Aquí llegamos a la paradoja, pues elegir la tristeza puede ser un gesto de libertad. Cuando alguien se permite estar mal sin disimularlo, rompe la tiranía de la sonrisa obligatoria. Es como decir: no voy a consumir la promesa de la felicidad instantánea que me venden; me concedo el derecho a estar en duelo, a estar cansado, a sentir vacío.
Pensémoslo en una dimensión más común. Un o una joven que decide no ir a una fiesta porque está agotado y prefiere estar solo; una madre que confiesa que la maternidad no siempre es una fuente de felicidad inmediata; un trabajador que admite que no disfruta su empleo, pero lo hace porque lo necesita. Todos estos gestos y afirmaciones reivindican que no siempre se puede estar feliz y eso equivale a defender la libertad de experimentar la vida en toda su complejidad.
Sin embargo, querido lector, no me malinterprete, no pretendo con este pequeño texto glorificar la tristeza, sino recuperar su dignidad. Pues, tal vez, el equilibrio está en reconocer que ni la felicidad ni la infelicidad son estados absolutos, sino momentos de un proceso más amplio. El problema no es aspirar a la felicidad, sino imponerla como norma universal.
Aunque cabe aquí preguntar: si todos reclamáramos el derecho a no estar bien, ¿cuáles serían los peligros de una visión así? Por otro lado, ¿qué ganamos, y qué perdemos, si seguimos reprimiendo la tristeza y ocultando los vacíos tras filtros y sonrisas forzadas? Quizá un primer paso a resolver este problema es no negar ni estar en contra de la felicidad, pero sí evitar que la felicidad se convierta en tiranía.