ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
Simplicius no elige su vuelo; la guerra lo arrastra sin aviso ni compasión. Lo vemos caminando entre aldeas incendiadas, calles cubiertas de barro y ceniza, mientras soldados y mercenarios parecen moverse con la misma indiferencia que los relojes. Cada paso es un cálculo silencioso: esquivar un saqueo, un perro que gruñe, una mirada que puede delatarlo. La inocencia, que antes parecía un derecho natural, ahora es un lujo imposible, y cada gesto de curiosidad se convierte en riesgo. Y sin embargo, sobrevive.
A diferencia de Ícaro o del Lazarillo, Simplicius no busca altura ni alimento; busca comprensión de un mundo que se desmorona constantemente. Observa a los soldados, analiza sus rutinas, anticipa sus errores, y en cada caída descubre lecciones que no se aprenden en libros. La guerra se transforma en maestro cruel y, al mismo tiempo, irónico. Cada tropiezo se vuelve entrenamiento: cómo esconderse, cómo moverse sin ser visto, cómo transformar el miedo en ingenio. Incluso en los momentos más desesperados, la vida le ofrece pequeñas fisuras de humor: soldados discutiendo por un caballo mientras todo arde, aldeanos tratando de salvar un cerdo con más valentía que sentido común, niños tocando flautas entre ruinas. Es en esas fisuras donde Simplicius aprende a sonreír y a improvisar.
Su inocencia se pierde paso a paso, pero con cada pérdida se vuelve más perceptivo, más astuto. Ya no confía ciegamente; analiza, calcula, observa. Cada mentira que cuenta, cada escondite que encuentra, cada improvisación que inventa se convierte en una extensión de sus alas, un vuelo discreto que lo mantiene a salvo. No es heroísmo; no es gloria; es supervivencia elevada a arte. Y aquí te conviertes en cómplice: observa con él, anticipa los movimientos, reconoce las trampas y, quizá, descubre su propia astucia en los reflejos del muchacho que camina entre ruinas.
Pero la supervivencia no se mide solo en evitar la muerte; se mide también en aprender a resistir la desolación sin perder la curiosidad, sin dejar de percibir belleza en lo inesperado. Simplicius nota detalles que otros pasarían por alto: una fiesta improvisada en medio del caos, un perro que lo sigue sin preguntar, un niño que toca la flauta mientras la ciudad se desmorona. Cada pequeño milagro es una oportunidad de vuelo, aunque sea a ras de suelo. Y mientras se desplaza por este mundo absurdo, aprende a combinar la observación con la risa, la precaución con la picardía. Su humor no es frivolidad, sino supervivencia: una manera de mantenerse erguido mientras todo conspira para derribarlo.
En este vuelo improvisado, el contraste con Ícaro y Lazarillo se hace evidente. Ícaro cae por ambición, Lazarillo por necesidad, y Simplicius por azar cruel; pero los tres descubren que sobrevivir, resistir y seguir moviéndose, aunque sea con pasos inseguros, es una forma de volar. Su experiencia enseña que la astucia no siempre se desarrolla en la comodidad, sino en medio del desastre; que la ironía y la risa pueden ser alas tan reales como las plumas; que la inocencia perdida no significa derrota, sino aprendizaje acelerado, improvisado, creativo.
Simplicius te recuerda que el vuelo no siempre es visible, ni heroico, ni elevado. A veces es rasante, sigiloso, sostenido únicamente por ingenio, humor y resiliencia. Y mientras lo sigues entre los escombros, te vuelves testigo y cómplice, reconociendo que en su propia vida existen momentos en que la caída se transforma en impulso, que la risa puede sostenernos más que la fuerza, y que el vuelo más valiente es aquel que persiste en medio de la destrucción. Sobrevivir, adaptarse, sonreír frente al caos, inventar cada instante: eso es volar.