LECTORA DE OBSIDIANA
Ese dolor peculiar, imposible de diferenciar. Comienza con una taquicardia repentina, seguida de una sudoración fría que recorre los huesos.
La voz aparece: —Estás sola en esto.
Comienzas a temblar, tan imperceptible por fuera, pero por dentro se siente como un terremoto.
La voz dice: —No eres buena en lo que haces.
Tu mente te juega sucio. Lentamente, las paredes se hacen más pequeñas. Pero yo no soy Alicia. Aunque sí tengo un frasco de pastillas que dice: “Cómeme”.
La voz me juzga: —Siempre es tu culpa.
Me duelen las costillas de soportar el peso del elefante sobre mí.
La voz continúa: —Nunca saldrás adelante.
Entro en un estado de trance donde pierdo la habilidad de hablar. Por más que doy señales, nadie comprende lo que digo. Así que opto por quedarme callada y continuar siendo funcional. Al menos así se callan las preguntas que no puedo responder.
La voz me cuestiona: —No deberías estar así.
Pero debo continuar; si no, no creerán que de verdad estoy bien. Abro la llave de la regadera: el agua está helada. Tal vez frío con frío haga un “shock” y algo dentro de mí reaccione. Pero no pasa nada. Sólo estoy temblando ahora por dentro y por fuera, así que mejor opto por entibiar el agua.
Esta agua tiene algo raro, ocupa más oxígeno que la fórmula original. Me está arrebatando el poco que tienen mis pulmones. No puedo. Mejor la cierro y abro la ventana.
La voz insiste: —Ni para tomar un baño sirves.
Lentamente me deslizo al piso de la regadera. Comienza a volver un poco la estabilidad, y qué bueno: tengo que acudir a la reunión familiar. No puedo levantar sospechas.
La voz me sentencia: —Nada de lo que haces sirve para nada, mejor déjalo.
Tomo todo el aire que puedo, me alisto lo mejor que puedo y salgo rumbo a la fiesta. Estoy a punto de entrar. Tiemblo. Todos me saludan. Quiero salir corriendo, pero mis piernas no responden. Y entonces llega:
Ellos preguntan: —Hola, ¿cómo estás?
Yo respondo: —Bien, gracias. ¿Y tú?
Me adelanto antes de que se desate de nuevo y tomo el frasco de “Cómeme”. Solo así puedo estar ahí, neutralizando lo que sé que, cuando llegue a casa, se convertirá en días de reponerme, días de estar sola, días de recargarme y de tener la fuerza para hacerlo de nuevo.
La voz dice triunfando: —No puedes contra mí.
Me miro al espejo y la enfrento:
—Tu castigo es estar ahí conmigo siempre.
Tarde o temprano tu fuerza será menos, y te desvanecerás como un mal recuerdo. Tal vez hoy no pude contra ti, pero es sólo una batalla en esta guerra contigo.
Si más de una vez te ha pasado lo que este relato cuenta, escríbeme. Sí podemos contra esa voz.
Con nostalgia,
Su lectora de obsidiana.

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