ENRIQUE GARRIDO
Uno de los miedos más arraigados que tengo es a las arañas. Sin llegar a ser aracnofobia, me incomoda mucho su presencia y aumenta en equivalencia a su tamaño. Como buen masoquista, he investigado acerca del origen y su posible explicación. Dicen que este temor pudo favorecer la supervivencia de nuestros antepasados al mantenerlos alejados de animales potencialmente venenosos, otros apuntan a que no siempre es innato, sino que puede adquirirse durante la infancia al observar las reacciones de otras personas, escuchar advertencias o vivir una experiencia desagradable; otras hipótesis señalan que sus ocho patas, movimientos repentinos, múltiples ojos y formas corporales provocan extrañeza.
Se trata de un miedo que me resulta curioso, pues, en mi caso, opera a un nivel inconsciente, es decir, sé que las arañas no tienen nada personal contra mí, en realidad, contra nadie y buscan un lugar como todos. Sin embargo, cada que sueño con arácnidos entra en la categoría de pesadilla. Alejandro Jodorowsky recomendaba meditar desde la perspectiva de una araña para poder superar ese miedo a través de la empatía, imaginar cómo vería a un gigante bipedo atemorizado, para ello se requiere un ejercicio de imaginación donde podamos vernos más allá de nuestro ego y pensar que nuestras amigas de ocho patas comparten emociones.
El 26 de octubre de 2026 se publicó en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) la investigación “Behavioral Evidence for Two-stage Sleep in Spiders”, realizada por un equipo internacional de investigadores encabezado por Nadja Geiger y Daniela C. Rößler, del Instituto de Biología Organísmica de la Universidad de Bonn, Alemania. El estudio analizó a la especie Portia fimbriata, una araña saltarina, y encontró evidencias de que atraviesa dos etapas de sueño, una de ellas con movimientos oculares y contracciones corporales semejantes a los de la fase REM de los seres humanos. Los investigadores comprobaron, además, que durante esos periodos las arañas reaccionan menos a los estímulos externos y que podían recuperar el descanso perdido cuando se interrumpía. La investigación representa un avance importante porque aporta evidencia experimental de que estos animales no solamente permanecen inmóviles, sino que experimentan un sueño regulado. Sin embargo, la posibilidad de que sueñen como nosotros sigue siendo una pregunta abierta.
No es la primera vez que se explora esta posibilidad. En 2022, Daniela C. Rößler y sus colaboradores publicaron también en PNAS «Regularly Occurring Bouts of Retinal Movements Suggest an REM Sleep-like State in Jumping Spiders», donde identificaron movimientos periódicos de la retina y contracciones de las extremidades en otra especie de araña saltarina, Evarcha arcuata. Aquel trabajo planteó la existencia de un estado semejante al sueño REM; el estudio de 2026 profundizó en esa hipótesis y aportó nuevas pruebas conductuales.
Al leer sobre esta cualidad de las arañas, me viene a la mente un relato de Vinciane Despret incluido en Autobiografía de un pulpo y otros relatos de anticipación. La autora imagina una investigación científica a partir de un fenómeno desconcertante: varios aracnólogos comienzan a experimentar acúfenos que podrían estar relacionados con las vibraciones de las arañas. Se explora la posibilidad de que posean formas propias de comunicación, memoria y expresión que escapan a nuestra comprensión. Las telarañas dejan de ser simples trampas para convertirse en registros de experiencias y acontecimientos, mientras nos cuestionamos los límites del lenguaje humano, así como nuestra capacidad para escuchar y comprender a otras especies.
No sé si algún día conseguiré contemplar una sin sentir escalofríos, pero ahora tengo una pregunta: ¿será que también ella tiene pesadillas con aquellos gigantes bípedos que invaden su territorio? Hay algo profundamente extraño en descubrir que compartimos con otros animales experiencias. Dormir, recordar, comunicarse, quizá soñar. No sabemos qué imágenes atraviesan la mente de una araña mientras descansa ni si sus telarañas conservan algo parecido a una memoria. Mientras tanto, me quedo con una posibilidad bastante incómoda: que en algún rincón de la casa una araña esté dormida, soñando con un monstruo de dos patas que no deja de perseguirla. Y que ese monstruo sea yo.
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