ENRIQUE GARRIDO
En el año 2000 se descubrió en Toscana, Italia, un curioso fresco tras capas y capas de yeso en la Fonti dell’Abbondanza, una fuente pública en el centro histórico de Massa Marittima. Se trata de un árbol monumental del que cuelgan veinticinco falos erectos con sus testículos. Bajo sus ramas, un grupo de mujeres se reúne, algunas parecen recolectar los frutos o pelearse por ellos, mientras unos cuervos negros vuelan a su alrededor. Esta oda a la moral, o inmoralidad, data de finales del siglo XIII o principios del XIV y, como buen arte subversivo, se le atribuye al siempre oportuno “Anónimo”.

(Wikipedia)
La obra, conocida como L’Albero della Fecondità (El árbol de la fertilidad), mide como seis metros de ancho, porque el tamaño es importante, ¿no? Se cree que el fresco pudo funcionar como propaganda política de los güelfos al sugerir que si sus rivales, los gibelinos, tomaban el control del pueblo, traerían consigo la perversión, brujería y herejía.
Pero, ¿por qué habría de asustar a toda una sociedad un árbol de penes? Más allá de lo inmoral que pudiera parecerle a la comunidad de la época, existía una tradición de relatos en los que las brujas eran capaces de hacer desaparecer los órganos sexuales masculinos. Aunque parezca una ocurrencia contemporánea, la historia aparece en un célebre tratado contra la brujería.
El infame y famoso manual para la caza de brujas escrito por Heinrich Kramer, Malleus Maleficarum, básicamente era un tratado de la misoginia con elementos fantásticos. Como señala la folclorista Moira Smith, muchos de los maleficios atribuidos a las brujas estaban relacionados con la sexualidad: copular con demonios íncubos, provocar abortos, causar esterilidad y obstaculizar las relaciones sexuales entre marido y mujer.
En los relatos sobre brujería circulaban distintas formas de acabar con los penes masculinos. Una de las más siniestras era hacerlos desaparecer por completo, y el propio Kramer describe tres casos. Los dos primeros referían a hombres que tenían sus genitales escondidos por alguna ilusión. Kramer aclara que “no realmente despojándoselos del cuerpo, pero sí ocultarlos con cierto glamour”.
Lo verdaderamente extraordinario aparece en el tercer caso. Algunas brujas, aseguraba Kramer, podían reunir penes separados de sus dueños y mantenerlos como si fueran animales de compañía.: “¿Qué vamos a pensar de esas brujas que de alguna manera tienen miembros en grandes cantidades, veinte o treinta, y los encierran juntos en un nido de pájaros o en alguna caja, donde se mueven como miembros vivientes, comiendo avena y otros alimentos? Esto lo han visto muchos y es un tema común de conversaciones. Se dice que está todo hecho por obra del diablo”.
El caso tiene un giro bastante cómico, pues Kramer comienza a describir a un hombre que intenta recuperar su miembro perdido. El pobre castrado “se acerca a una bruja”, la cual le dice que “trepe un árbol en concreto donde los nidos contienen varios miembros, y le permite que coja el que él quiera”. El hombre trata de escoger uno especialmente grande, pero debe rechazarlo porque le “pertenecía a un cura”.
Más allá de lo excéntricas que puedan resultar estas historias, lo interesante es el miedo que revelan, el temor al deseo y, en particular, el femenino. La imagen de perder el órgano sexual responde a la pérdida de control que alguien con cierta libertad en su deseo puede despertar en nosotros, ese arrebato que al que pueden llevarnos, al delirio, al abismo. El autor del Martillo de las brujas lo dice abiertamente: “Toda brujería proviene de la lujuria carnal, que en las mujeres es insaciable”, sumado a esa frágil virilidad sostenida únicamente por el falo, el terror de perderlo se incrementa.
Durante siglos, los hombres temieron a las brujas, capaces de convertir su virilidad en una mascota emplumada, alimentada con avena y encerrada en un nido. Pasamos la vida creyéndonos dueños de nuestro cuerpo, nuestro deseo y nuestro destino, hasta que alguien nos recuerda que basta un maleficio para devolvernos a nuestra verdadera condición: la de animales asustados. Así que, si en la noche de Halloween una bruja te invita a subir un árbol, será mejor pensarlo dos veces, o al menos revisar que regresemos con todo lo que salimos.
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