Algunas veces se es un nido y otras un chanate en pleno vuelo. A veces toca acomodar las ramas para que el hogar reciba, y otras, vestirse de invitado para ser acogido en otro rincón. En otras ocasiones, se es quien toma fotos de sus gatos, de los paseos o de las habitaciones desmuebladas. Se habita internet como quien tiende ropa limpia: con pinturas y fragmentos de poesía.
Así vive y vuela Óscar Édgar López. Un artista sin corral ni jaula, que ha hecho de la experimentación un territorio y del humor, un estilo de vuelo propio. En su más reciente exposición, Una farsa es la mañana, que puede verse en Galería Vetagrande, despliega esa otra mirada que le conocemos: la del trazo elegante, las acuarelas sutiles, el óleo y el grabado que no están peleados con la carcajada ni con el compromiso político.
Óscar no separa al pintor del escritor, ni al gestor del amigo. El que dibuja un chanate también escribe una novela sobre osos amorosos monstruosos, o lee cuentos para reunir fondos y seguir editando. Lleva más de tres décadas en el arte —desde la caricatura política hasta el sumi-e japonés— y aún así rechaza la idea de tener “un estilo”. Porque, como bien dice, asumir uno sería decir “que ya me llevó la jodida”.
Y aunque no lo diga así, hay un hilo tierno, feroz y brillante que recorre todo lo que hace: una forma particular de mirar la belleza en lo irreverente, la política en lo absurdo y la ternura en lo disonante. Su narrativa es mordaz, su poesía está viva, su gráfica es generosa. Óscar no solo produce: cobija, convoca, reparte. Ha hecho de El Rey Chanate un refugio para artistas de todo tipo, y de El Mechero su casa extendida.
Quienes lo conocemos sabemos que no hay pose en su quehacer. Que lo que hace, lo hace con la urgencia de alguien que quiere que haya arte en cada esquina del estado, de alguien que cree profundamente en la comunidad, en la colaboración, en el arte como acto de alegría y de justicia.
Óscar Édgar López no es un artista con muchas piezas: él mismo es la pieza. Una que se construye en el aire, en el trazo, en la risa, en la amistad. Una obra viva que se sigue escribiendo. Porque al final, unas veces se es el que construye el nido con ramas ajenas, otras se es el chanate que cruza el cielo con las plumas alborotadas por el viento.
Lo cierto es que en torno a Óscar Édgar López siempre hay una hoguera encendida, una llama que no abrasa, sino que convoca. Su obra, su presencia, su risa y su trabajo nos recuerdan que arder también es reunir, que volar también es volver, que el arte no se guarda: se reparte. Y que, cuando la comunidad es real, el fuego no destruye: se propaga. No lo olviden: juntos ¡incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero