SARA ANDRADE
Quizá llevada por la misteriosa mano del Buda, de repente me encontré a mí misma leyendo el Tao Te Ching con atención de ermitaño en una cueva. Una de mis buenas amigas de los espacios digitales me pasó una traducción muy buena y una serie de videos de YouTube que explicaban cada una de las máximas de Lao-Tse. Leí artículos relacionados, estudié con atención los debates entre los traductores, quienes se engarzaban en discusiones milenarias sobre cómo podía explicarse el “wu wei”, o la no acción.
Imaginen una mujer sentada de rodillas en la duela de su habitación dibujando un gran círculo con tinta, en un pliego de papel que irá a tirar a la basura un minuto después. Esa era mi disposición. Absolutamente ascética, profundamente abierta al conocimiento del Tao. Y la razón de mi lectura no tenía nada qué ver con mi crecimiento personal ni con la purificación de mi alma: estaba leyendo el Tao Te Ching porque quería escribir un fanfic salaz de Star Wars.
Los contenidos del fanfic no son importantes para esta columna, así que no se detengan en ese detalle. Lo importante a resaltar ahora es que, mientras leía y releía al maestro Lao-Tse decir: “¡Crea en ti la perfecta vacuidad! ¡Guarda la más completa calma!”, yo encontraba sus palabras cada vez más adecuadas para las turbulencias dentro de mi alma aferrada a las cosas banales de esta tierra. Decía el gran maestro Lao-Tse que el mayor pecado es el de dejarse llevar por los deseos y yo, la persona más deseante frente a Google Docs a las 8 de la mañana, me preguntaba si este afán sobre las cosas pequeñas no era precisamente lo que me estaba condenando a la infelicidad.
Quizá, no sabría decirlo. Como no soy una de esas etéreas maestras de la vacuidad, pasajeros, como el hielo que se va a fundir y opacos como el agua turbia, no sé si mis razonamientos frente a la pantalla guardan algo de verdad. Lo único que sé es que entre más procuro la dejadez, más encuentro la gracia de estar aquí y ahora.
En la oficina, por ejemplo, hervidero perfecto de preocupaciones sin importancia, he decidido tomar el ejemplo de los taoístas y no apurarme por las pérdidas y las ganancias, cooperar cuando tengo que hacerlo y salir de ahí libre como un gorrión. ¿Hay que quedarse horas extras? Ni hablar. ¿Hay que asistir al magno evento de proporciones poco notables? Ahí estaré. Pero cuando me retiro de la oficina, la oficina no existe. Fuera de la vista, fuera de la mente. Soy la persona más zen de mi departamento. Me muevo al ritmo del sonido de la fotocopiadora. Soy incorpórea como el humo del Nescafé. Trasciendo hacia la nada como una circular sobre usar la camisa institucional cada lunes.
En el resto de mi vida, intento replicar la misma ligereza. Que si la renta, que si el súper, que si la tercera guerra mundial. Debo mantener la calma, me digo. Debo soltar estos deseos que me llevan al sufrimiento, debo ser feliz con lo poco, con lo temporal.
Es difícil ser una taoísta de teclado cuando a lo que me dedico es a escribir historias sobre lo que sucede cuando te aferras a la pasión desmedida. O quizá, es la única manera en la que me puedo permitir esta nueva filosofía al desapego, a sabiendas que me espera un lugar en el que puedo vaciar toda mi necesidad muy humana de sufrir hasta la reencarnación. Quizá nunca voy a alcanzar el Nirvana, pero cuando salgo de mi oficina, sin ninguna atadura hacia sus insignificantes y pequeñitos teatros, y cuando regreso a mi teclado, para describir los momentos más desenfrenados del placer prohibido en una galaxia muy muy lejana, encuentro una cierta gracia que me hace sonreír genuinamente, libre de las cadenas del godinato y el cringe.