Un buen libro trata sobre gente, no sobre teorías
Hunter S. Thompson
ENRIQUE GARRIDO
Estoy frente a un viaje largo por carretera. Nunca me he alejado tanto tiempo de mi hogar, mi familia; sin duda estoy atravesando por una crisis producto de mi arraigo emocional. Voy a ser parte de las actividades de cierto torneo internacional de balompié. ¿Suena raro? Bueno, los derechos de autor están a la orden del día, y no podemos nombrar algo que se supone es una representación de las naciones, no por nada su etimología proviene del latín «mundus», que significa «mundo». Este término se utiliza para describir algo que es relativo o pertenece a todo el planeta. Regresando a mí, quizá debería pensar mi viaje en los términos de la Odisea, pero no, más bien lo pienso al estilo Gonzo.
El periodismo gonzo es un género creado por el genial escritor Hunter S. Thompson. Es casi imposible resumir la vida y obra de tan singular personaje, un aficionado a las armas, las drogas. Un periodista que abolió la objetividad clásica del periodismo y no sólo participa en la historia, sino que se convierte en un actor más, o a ser posible el centro de ella, eliminando la división entre sujeto y objeto, ficción y no ficción. Cuando falleció, en sus propios términos al dispararse él mismo, los medios lo nombraron como un troublemaker profesional.
Definir el periodismo gonzo es complejo, Jorge Flores Oliver, en su ensayo en torno a los “38 años de Miedo y asco en las Vegas.” para la revista Replicante (texto por el que conocí en mi adolescencia al “Doctor del Periodismo Gonzo”), lo pone así: “Gonzo es como Punk: difíciles de definir, ambos términos aluden a una actitud —predominantemente anárquica— más que a una metodología. HST no es el primer escritor en involucrarse con tanta profundidad al escribir una crónica periodística, pero sí el primero en irrumpir como un ladrón de casas que luego de embolsarse la tele, las joyas y el dinero se caga en la estancia. Es lo que se ha llamado bad craziness”.
Y si bien, no creo experimentar con alucinógenos en mi viaje (aunque debo llevar un kit completo de medicinas para mi alergia), comparto la noción de “desnudar el sueño americano”. Quizá no americano, sino mundi-a-lista. Si bien nos dicen que une a las personas, que se vive como un carnaval, donde las clases sociales no importan, lo cierto es que este evento aleja a los locales para acercar a los visitantes.
Los autores gonzo desconfiaban profundamente de quienes administraban las cosas. Detrás de cada discurso oficial buscaban una grieta, una contradicción o una mentira mal escondida. Thompson tenía una fijación particular con Richard Nixon, a quien consideraba la encarnación de la corrupción del sueño americano. En tiempos donde todo se vende como espectáculo, todavía necesitamos a alguien dispuesto a revisar la maquinaria detrás de las luces.
Por eso elegí pensar este viaje en clave gonzo y no homérica. Thompson viajaba para descubrir qué tan extraña podía ser la realidad cuando uno se atrevía a mirarla de cerca. Yo, mientras tanto, parto con la esperanza de volver igual y la sospecha de que regresaré siendo otro. Viviré esta gesta desde la periferia, los desarraigados, la horizontalidad de los que no pueden pagar los boletos costosos.
En las próximas semanas me tocará convivir con plazas repletas, himnos nacionales, mercancías oficiales, discursos sobre unidad global y millones de personas celebrando el mismo espectáculo. Todo eso merece ser contado. Pero también merece ser observado con cierta desconfianza, como quien mira un circo maravilloso y se pregunta quién instaló la carpa. Detrás de la fiesta de cada 4 años hay historias que no salen en la transmisión oficial. Y si algo aprendí de Hunter S. Thompson es que a veces la mejor vista no está en las gradas, sino detrás del escenario, donde aún se escuchan las risas de los niños, los comentaristas de banqueta y donde el balón rueda sin marcas, sólo personas divirtiéndose.
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