FROYLÁN ALFARO
Siempre llueve a la misma hora. No sé si es verdad, pero hoy me pareció verdad y a veces basta con eso para que una idea se siente junto a uno como un viejo conocido. La lluvia comenzó justo cuando dejé de pensar, o mejor dicho, justo cuando mis pensamientos se cansaron de perseguirse como perros flacos en una calle vacía. Había pasado el día entre notas, páginas subrayadas, conceptos que prometían ordenar el mundo, pero que apenas conseguían desordenarme la mesa.
Entonces, cayó la primera gota.
Después otra.
Luego muchas.
Y yo, que llevaba horas tratando de escribir algo inteligente sobre el tiempo, tuve que callarme porque el tiempo estaba ahí, golpeando la ventana.
Siempre llueve a la misma hora, pensé, como si la ciudad tuviera un secreto que repite con puntualidad. Como si el cielo fuera un empleado cansado que marca tarjeta al final del día y cumple con su tristeza de oficina. A las seis, o casi a las seis, cuando los camiones se llenan, cuando los estudiantes guardan sus cuadernos, la lluvia cae y todo parece suspenderse.
Los árboles se inclinan un poco. Los perros buscan refugio. Las calles brillan con la belleza sucia de las cosas gastadas. Los puestos de la esquina cubren sus mercancías con plásticos azules. Y yo, sentado frente a mis apuntes, descubro que no quiero entender nada.
Qué descanso tan raro es no querer entender nada.
Pasé tantos días queriendo comprenderlo todo, pero hoy la lluvia cayó, mojó mis argumentos, les quitó el polvo y los volvió menos importantes.
Me quedé mirando la ventana.
Hay una forma de cansancio que no se cura durmiendo. Una fatiga que viene de preguntarse demasiado por el sentido de las cosas y olvidarse de las cosas mismas. La taza de café sobre la mesa, el cuaderno abierto, el lápiz mordido, la computadora encendida, la luz débil de la tarde, la gota que resbala por el vidrio y se una con otra, y luego con otra, hasta formar un pequeño río vertical que no sabe nada de metafísica y, sin embargo, cumple mejor su destino.
Siempre llueve a la misma hora.
Quizá lo que vuelve triste a la lluvia es su puntualidad. Hay algo en ella que se parece a la vida adulta: llega cuando debe llegar y uno aprende a recibirla con resignación, a cerrar ventanas, a quitar ropa del tendedero. Pero por dentro algo se mueve: una memoria, una infancia con olor a tierra mojada, una tarde en la que todo parecía posible porque aún no teníamos palabras para arruinarlo.
Yo también fui alguien antes de escribir ensayos.
Fui alguien antes de citar autores, antes de discutir con fantasmas impresos, antes de convertir mis dudas en proyectos académicos. Fui un niño que miraba llover sin pensar que la lluvia representaba algo. Aceptaba el mundo sin pedirle bibliografía. Tal vez crecer sea perder esa capacidad de mirar sin justificar la mirada.
Afuera la lluvia siguió cayendo.
Pensé en todas las cosas que he dejado para después. Llamadas, paseos, conversaciones, silencios. Pensé en esa manía de vivir como si todo fuera preparación para otra vida más seria, más completa. Primero termino esto. Primero entrego aquello. Primero resolver este pendiente. Primero alcanzo cierta estabilidad, cierta claridad, cierta versión de mí mismo menos dispersa. Y mientras tanto llueve. Siempre llueve. Llueve sobre los que esperan estar listos.
Y uno puede pasarse la vida preparando la vida.
La lluvia, en cambio, no se prepara, cae.
Cae sobre la ciudad, sobre los cables, sobre las banquetas rotas, sobre los parabrisas, sobre la gente que corre cubriéndose la cabeza con una mochila. No pide permiso. No explica su método. No defiende una tesis. Apenas ocurre.
Quizá hoy necesitaba eso: que algo ocurriera sin exigirme nada. Cerré el libro que tenía enfrente, por piedad. Hay días en que hasta las ideas merecen descansar de nosotros. La lluvia golpeaba la lámina de algún patio cercano, sonaba como una máquina vieja.
Siempre llueve a la misma hora, repetí, y no sentí que la frase necesitara explicación. Me bastó con verla caer.