ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
Hay temporadas que no se anuncian con calendarios ni con lluvias, sino con un temblor suave que se instala en el pecho y lo va reordenando todo con paciencia. No hacen ruido, pero transforman. No llegan con la violencia del relámpago ni con la urgencia de una sirena: llegan como un rumor tibio que se filtra por las rendijas de la rutina. A esta, sin demasiada solemnidad y con una sonrisa que mezcla ironía y cariño, me gusta llamarla mi Chespin Season.
No comenzó con grandes declaraciones ni con fuegos artificiales emocionales. Comenzó, más bien, con una ternura inesperada: esa forma delicada de sentir que a veces confundimos con fragilidad, cuando en realidad es una fuerza que aprende a decir su nombre sin alzar la voz. En esta temporada entendí algo incómodo y luminoso a la vez: no era una persona en particular quien despertaba todo esto en mí, sino el lugar interno desde donde yo elegí mirarlo todo. Como si el foco no estuviera afuera, sino en esa habitación interna que llevaba años cerrada por miedo al polvo, al eco, a la memoria.
Durante un breve proceso de ilusión —que tuvo rostro, gestos y conversaciones torpemente dulces— me descubrí deseando abrazos, juegos, silencios compartidos, una complicidad casi infantil. Me vi imaginando escenas que parecían sacadas de una película íntima y mal iluminada, de esas donde uno cree que el amor llega con música de fondo y luz tibia. Y entonces ocurrió lo inevitable: la realidad no siguió el guion de mi fantasía. Yo, que ya estaba empezando a tararear esa melodía secreta, volví al silencio. Pero no fue un silencio hostil. Fue un silencio que miraba de frente.
En vez de quebrarme —como tantas otras veces— sucedió algo más interesante: me observé. Observé con cuidado las partes que se habían activado, como si pasara lista a mi propio ejército sentimental: el cuidador que sostiene y calma, el que espera ser elegido, el que solo anhela descanso sin tener que demostrar nada. Y ahí cayó una revelación sencilla y contundente: no era tal persona. Era yo. Era mi ternura reclamando espacio. Era mi deseo de ser visto, elegido, querido sin competencia, sin carrera, sin pruebas sorpresa. No buscaba una conquista; buscaba un hogar emocional.
Comprendí entonces que esta temporada no trataba de alguien más, sino de reconciliarme con mi propia capacidad de sentir. De permitirme ser suave en un mundo que insiste en endurecernos. De aceptar que la sensibilidad no es un defecto que corregir, sino una forma legítima de percepción. Como escribió Rainer Maria Rilke en sus Cartas a un joven poeta, la verdadera tarea no es huir de lo que nos inquieta, sino habitarlo con paciencia, convertirlo en conocimiento, en respiración, en lenguaje.
Mi ternura, esa que tantas veces fue etiquetada como exceso, se revelaba ahora como una ética. No como un tropiezo, sino como una forma consciente de estar en el mundo. Pensé en Roland Barthes y su defensa del fragmento amoroso, en esa manera de nombrar el deseo no desde la posesión sino desde la vulnerabilidad. Pensé también en Simone Weil, cuando habla de la atención como una forma radical de amor: estar verdaderamente presente ante el otro, pero también ante uno mismo, sin utilitarismo, sin cálculo, sin urgencia de resultado.
Sí, me desilusioné. Pero lo hice con calma. Y esa calma, para alguien que aprendió a amar entre la herida, el cuidado extremo y las despedidas mal cerradas, es casi un aprendizaje milagroso. No quise clausurar mi corazón, pero tampoco dejarlo a la intemperie. Preferí escucharlo. Acompañarlo. Decirle en voz baja: te veo, no estás solo. Preferí la ternura como método, como refugio, como declaración silenciosa de soberanía emocional.
En esta Chespin Season aprendí —y aprendo— también algo esencial: que la ternura no es negación del dolor, sino una manera de atravesarlo sin volverse piedra. Que el amor no siempre tiene forma de romance consumado, sino a veces de aprendizaje, de límite, de cuidado propio. Que puedo amar con profundidad sin convertir ese amor en una trampa para mí mismo. Que puedo sentir intensamente y, aun así, elegir con pausa.
Leí, releí, subrayé. Volví a Clarice Lispector y su capacidad de nombrar lo tembloroso. En Agua viva comprendí que la emoción no tiene que ser explicada para ser válida, que hay un lenguaje que vibra más allá de la lógica y que en esa vibración también habita la verdad. Recordé a Byung-Chul Han y su crítica a la sociedad del rendimiento, donde incluso el afecto se mide, se optimiza, se mercantiliza. Frente a eso, mi ternura empezó a tomar un cariz casi político: resistir siendo suave.
Mi Chespin Season no busca reprimir la ternura, sino devolverle su lugar. Comprender que no todo abrazo imaginado debe convertirse en promesa, pero que todo sentimiento merece dignidad. Que puedo ilusionarme sin condenarme. Que puedo ser suave sin renunciar a mi fuerza. Que no necesito endurecerme para ser respetado. Que la suavidad también es una forma de coraje.
Hay algo profundamente liberador en asumir que no necesito competir por el amor. Que el amor no es una carrera de obstáculos ni un reality emocional donde gana quien más aguanta. Que ser elegido no debería implicar renunciar a mi naturaleza. Y que si no soy elegido eso no me convierte en menos digno. Me convierte, quizá, en alguien que aún está aprendiendo a elegirse mejor.
En este territorio nuevo —que todavía recorro con pasos lentos y mirada abierta— la ternura deja de ser un problema y se vuelve brújula. Una brújula que no señala hacia otra persona, sino hacia un modo más honesto de habitarme. Y si amar con cuidado, con humor leve y corazón despierto me convierte en Chespin… entonces sí: soy Chespin. Y no tiene nada de malo.
Tal vez esta temporada no me lleve hacia quien imaginé, pero sí hacia algo más necesario y verdadero: un lugar donde puedo abrazarme sin miedo, elegirme sin culpa y reconocer que mi forma de amar también es una forma de existir. Y existir, cuando se hace desde la ternura consciente, deja de ser simple supervivencia para convertirse en acto poético.
Esta es mi Chespin Season. No porque huya del dolor, sino porque lo miro con ojos más amables. No porque renuncie al amor, sino porque lo despojo de su dramatismo inútil y lo visto con dignidad. No porque me cierre, sino porque abro con cuidado. Y en ese gesto —lento, casi imperceptible— descubro que la ternura no es debilidad: es una forma de coraje silencioso que, sin hacer ruido, sostiene el mundo.
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