SAMUEL R. ESCOBAR
“¡No seas idiota!”, dice abiertamente Fernando Savater a su hijo Amador en el libro que le dedica para explicarle, y a su vez explicarnos a los neófitos como yo, de qué va la política (intitulado, precisamente, Política para Amador). Pero, si “siempre somos el idiota de alguien”, escribe Maxime Rovere en Qué hacemos con los idiotas, y tal parece que no se necesita pensarlo mucho para estar de acuerdo con esta última proposición, al menos en el sentido coloquial y peyorativo que damos a la palabra idiota; incluso es común que lo seamos de nosotros mismos: cuántas veces nos recriminamos por alguna falla, una omisión, un error, una falta, sea grande o pequeña; cualquier acción o reacción cuya causa primera (o colateral) encontramos en nuestra persona, y no pensamos dos veces para recriminar en silencio al idiota que llevamos dentro, o bien, con el mayor énfasis posible lo pronunciamos con todos sus fonemas “qué idiota fui, pero qué idiota, cómo pude cometer semejante idiotez”
Pido que no se tome anticipadamente como una imprudencia o como un desplante irrespetuoso el tema y la manera en que he abierto este breve texto, pues, aunque suene un tanto agresivo y muy falto de gracia, habrá que ser un poco pacientes para ir captando con precisión las intenciones y los objetivos que hay tras bambalinas. Cabe ya mismo preguntarnos, y es comprensible, si podemos aguardar algo interesante tras un término tan común, corriente y vulgar, podríamos decir sin vacilación, pues un idiota suele ser cualquier cosa, excepto interesante.
Una ocasión unos jóvenes de bachillerato me preguntaron en qué consistía realizar un trabajo de investigación, y lo primero que surgió como respuesta de manera espontánea, y ante la evidente falta de conocimiento y de dominio del tema fue decirles que en convertir en extraordinario lo ordinario. Fue una respuesta machacona, sin duda, pero traté de darle salida adecuada y un sentido útil y pedagógico a la pregunta.
El tema que ahora ocupa nuestra atención es la figura del “idiota”, tomando como punto de partida el que despierta Savater en el libro que mencionamos al principio. “Idiota” es un significante demasiado concurrido y maltrecho, como agua de uso y de desuso, cuyos significados se esparcen como esquirlas, tan amorfos y discrepantes al intentar compararlos entre sí para establecer sus rasgos comunes y ubicar un referente que les dé al menos un poco de coherencia y cohesión. En otras palabras, empleamos constantemente términos, les otorgamos una diversidad de significados sin reparar en ellos, y, como le sucede al Santo de Hipona cuando se refiere al Tiempo: apenas nos preguntamos sin prisa por ellos y difícilmente sabemos de qué estamos hablando.
Dicho de manera aún más sintética: a simple vista tanto “el idiota” como “la idiotez” parecen temas triviales, simplistas y de muy sencilla comprensión, sin embargo, si nos detenemos a observarles atenta y cuidadosamente, comienzan a mostrar su exponencial complejidad.
Dice al respecto el columnista Rafael Salvador, en una nota del 7 de junio del 2010, en el diario electrónico El Vigía que a Julio Cortázar la idiotez le parecía un tema bastante desagradable, especialmente si es el idiota quien lo expone. Por mero conflicto de intereses no seré yo quien asevere o niegue que éste sea precisamente el caso. Al margen de estar o no de acuerdo con lo expresado por el autor de Rayuela, digo con gusto suficiente que es digno de lanzar vítores al viento que existan hoy día y hayan existido suficientes personas que no coincidan con él, o que, aun coincidiendo, hayan invertido horas de análisis desde muy diversos y vastos contextos sobre el tema que aquí abordaremos.
Como respaldo sobre el hecho de atender a la figura del idiota, es necesario recordar que no son pocos los autores que en el terreno de la historia, la filosofía, la política, en grandes obras literarias y fílmicas decididamente atendieron esta figura y al concepto de idiotez que la envuelve; mencionaremos algunos con anticipado temor de omitir a muchos otros, aclaro que tal omisión será totalmente azarosa y no jerárquica ni atendiendo a criterio discriminatorio o de orden alguno: encontramos en la lista a Nicolás de Cusa, Erasmo de Roterdam, Descartes, Dostoievsky, Sartre, Flaubert, Hannah Arendt, María Zambrano, Clement Rosset, Deleuze y Guattari, Eduardo Simonetti, Silva Herzog, Byung Chul Han, Maxime Rovere, Axel Cherniavsky (a este último lo consideraremos un especialista de actualidad más agudo y empecinado en el tema).
Esta primera parte la detendremos en este punto, aclarando que, de permitírnoslo, contará con dos publicaciones más. Espérelas.
Diciembre 2025
#Todossomosidiotas