ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
Hoy no despierto en guerra conmigo. Despierto con hambre. No una metáfora elegante: hambre real. De pan, de silencio, de algo tibio que me recuerde que todavía sé cuidar y dejarme cuidar. Y en medio de ese bostezo existencial me descubro siendo Chespin: tierno, un poco torpe, distraído, ligeramente dramático, con migas en la camisa y una dignidad que insiste incluso cuando derramo el café.
A veces peleo con mis propios hermanos interiores —esas voces que me dicen que producir más es querer más, que descansar es fallar,— pero cuando alguno cae, cuando uno tiembla o se desmorona, algo en mí se vuelve escudo. No sé bien de dónde viene esa lealtad, solo sé que aparece. Como si la ternura también supiera defender, aunque tenga manos temblorosas.
Eulalia Bosch habla de la sensibilidad como una forma de atención delicada al mundo, una manera de estar que no violenta ni se impone, sino que acompaña. Pienso entonces que quizás esta pausa no sea debilidad, sino un gesto mínimo de cuidado: sentarme, respirar, permitirme existir sin justificarme. Y mientras hago eso, Chespin se come una galleta de más. Luego otra. La pausa también es glotona.
No siempre es solemne este momento. A veces la ternura se manifiesta en mi torpeza: tropezar con mi propio optimismo, olvidar por qué entré a la cocina, defender con fiereza un silencio que luego rompo hablando solo. Me miro y sonrío. Hay algo ridículamente humano en aprender a detenerse sin convertir la calma en una nueva obligación.
Simone Weil escribió que la atención verdadera es una forma de oración. Yo, que no siempre sé rezar, intento entonces atenderme: escuchar cómo suena mi respiración, cómo el cansancio pide tregua, cómo el cuerpo reclama suavidad. En ese gesto comprendo que preferirme no es abandono del mundo, sino una forma lenta y torpe de volver a él con más honestidad.
María Zambrano decía que pensar es atender a lo que nace. Y lo que nace hoy es pequeño: una ternura que no hace discursos, que no promete redenciones, que apenas se sostiene, pero que insiste. Me permito ser ese Chespin que duda, que se equivoca, que se levanta con migas en el alma y aun así elige cuidar.
Me río suavemente de mi solemnidad repentina. ¿Desde cuándo filosofar se parece tanto a quedarse en pijama un rato más? Tal vez siempre. Tal vez la lucidez también se esconde en estos gestos diminutos: en elegir la pausa, en reconocer la fatiga, en preferirme sin convertirme en mártir.
La ternura como pausa consciente no salva el mundo. Pero me enseña a quedarme. A no huir de mi propio cuerpo. A defender, incluso con torpeza, aquello que todavía late.
Y si en el camino como un poco de más, derramo café o abrazo con demasiada fuerza, quizá eso también sea parte del aprendizaje: existir con suavidad, aunque a veces se me caiga todo.
Este ciclo de columnas se elaboró sin fines de lucro y con propósitos exclusivamente orientados al ejercicio del derecho a la libre expresión y la reflexión. El uso referido a un personaje perteneciente a una obra protegida tiene un carácter estrictamente analógico y descriptivo, sin reproducir ni explotar elementos sustanciales de la obra original. En todo momento se respetaron los Derechos de Autor y la Propiedad Intelectual conforme a la legislación aplicable en México y Japón. Esta referencia se hace bajo los límites permitidos por la ley, sin afectar la explotación normal de la obra ni generar confusión sobre la titularidad de los derechos.