ENRIQUE GARRIDO
Entre los recuerdos de mis inicios en la escritura están el alba, los silencios, los gatos furtivos en los tejados, los perros aullándole a la luna y unos ojos de muñeca. Todo sucedía en casa de mi mamá. Durante casi toda la carrera en Letras estudiaba por las mañanas, trabajaba por las tardes y sólo me quedaban las madrugadas como territorio virgen de la productividad obligada. Una mesa al lado de la cocina, un foco de 100 watts y un sillón. Mi madre había adquirido una muñeca con cierto grado de realismo, pero con una mirada vacía que incomodaba. Así, como buen hijo de la ilustración, arrojaba una cobija a la cara de ese humanoide, aunque esos ojos inmóviles me siguen hasta ahora…
En 1970, Masahiro Mori explicó por qué los robots o figuras artificiales casi humanas pueden provocarnos rechazo. A esta teoría la llamó El Valle Inquietante. A medida que una máquina se parece más a un ser humano, nuestra empatía aumenta, pero cuando esa semejanza es muy alta sin ser perfecta, surge una sensación de extrañeza e incomodidad causada por pequeños detalles que rompen la ilusión de lo humano, algo siniestro permea en el ambiente, no sabemos qué; esa frialdad casi cadavérica de lo que parece humano, pero no es, no amenaza. Esa mirada vacía nos atrapa en su nada.
Adam Mosseri, director de Instagram, declaró a inicios de 2026 lo que ya muchos intuían: el contrato social de la red se ha roto, el contenido creado por IA es tanto y tan sofisticado que ya no se puede distinguir del real. Lo que empezó siendo un espacio para compartir fotografías y arte humanos, ahora se ve invadido por personajes sin alma, creados por ceros y unos. Antes, los requisitos para interactuar con alguien en redes eran intereses afines, hoy quizá debamos actualizarlos a si sienten dolor en la carne, si saben que van a morir, si tienen miedo, si sangran. Mosseri agrega que será más sencillo que las personas reales se certifiquen que colocar denominador a todo el contenido digital.
Deslizamos el dedo entre rostros que sonríen sin biografía, bocas que hablan sin cuerdas vocales, imágenes que imitan la emoción, más no la sienten. Borges escribió que “los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres”. ¿Qué pensaría de Open IA? La producción excesiva de avatares y personajes digitales parece más una invasión de maniquíes que una verdadera revolución del conocimiento. Ahora las redes sociales lucen como una novela de Philip K. Dick, donde son los gestos, las “particularidades en los ojos”, la imperfección, la vergüenza, el error serán el verdadero filtro de lo vacío.
Al navegar en redes, siento que esa mirada artificial me acompaña, no envejece, no duerme, no duda. Mientras escribo esto, el ardor en mis ojos me recuerda que quizá estoy frente a una última frontera: no la tecnológica, sino la humana. Recordar que ser humano es parpadear, equivocarse, cansarse, sentir dolor y, aun así, insistir. Frente a un mundo lleno de presencias sin cuerpo, tal vez la forma más radical de resistencia sea seguir habitando la carne, el miedo y la noche. No huir del valle inquietante, sino atravesarlo con temor, porque ese temblor es la prueba de que todavía queda algo vivo; de que no soy una muñeca sentada en un sillón, a las tres de la mañana, observando a un joven que sueña con ser escritor.
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