FROYLÁN ALFARO
Imagine, querido lector, que está frente a una taza de café recién servido. Físicamente puede describir muchas cosas sobre esa taza de café, por ejemplo, su temperatura, su composición química, la cantidad de cafeína que contiene o la longitud de onda de la luz que hace que la percibamos como café oscuro. Pero, quizá coincida conmigo en que en ese tipo de descripciones falta algo. Falta explicar cómo se siente beber ese café, su sabor amargo, el aroma que reconocemos inmediatamente o la sensación de calor cuando damos el primer sorbo. A ese aspecto subjetivo de nuestras experiencias algunos filósofos lo llaman qualia.
Los qualia serían, dicho sin mucha precisión, las cualidades de nuestras experiencias conscientes. Desde esta perspectiva diríamos que el dolor no consiste únicamente en que ciertas neuronas se activen o en que nuestro cuerpo responda ante una lesión, pues también existe algo que se siente al tener el dolor. Del mismo modo ver un color tiene una determinada cualidad subjetiva, escuchar una canción, sentir frío o percibir el olor de la tierra mojada tienen otras, y la pregunta filosófica aparece cuando intentamos explicar cómo encaja esa experiencia subjetiva dentro de nuestra descripción científica del mundo.
Supongamos que una neurocientífica pudiera conocer absolutamente todo lo que ocurre en nuestro cerebro cuando vemos una rosa roja. Podría describir qué frecuencias de luz llegan hasta nuestros ojos, qué células de las retinas reaccionan y qué regiones cerebrales se activan. ¿Con eso habría explicado lo que significa ver rojo? Algunos filósofos piensan que no.
La dificultad anterior se hizo famosa mediante un experimento mental propuesto por Frank Jackson conocido como La Habitación de Mary. Mary es una científica que conoce toda la información física disponible acerca de la visión del color, pero ha vivido siempre dentro de una habitación en blanco y negro. Un día sale de ese lugar y ve el rojo por primera vez. La pregunta es ¿Mary aprende algo nuevo? Si la respuesta es sí, parece que conocer todos los hechos físicos acerca de la visión no era suficiente para saber cómo se siente ver rojo, pues faltaba precisamente la experiencia.
Los qualia son interesantes porque parecen señalar un límite en nuestras explicaciones de la mente, es decir, podemos describir lo que hace el cerebro, pero todavía podemos preguntarnos por qué esos procesos están acompañados por experiencias conscientes. Al respecto, pensemos en el dolor. Podemos imaginar un robot muy sofisticado que detecta daño, por ejemplo, retira la mano de una superficie caliente y dice “eso duele”. Pero todavía podemos preguntarnos si realmente ese robot siente dolor o sólo procesa información y reacciona. Esa diferencia entre hacer lo que hace alguien que es consciente y sentir algo mientras lo hace es el centro del problema. Por eso lo qualia suelen aparecer en las discusiones sobre la relación entre la mente y el cerebro.
Además, si todo lo mental puede explicarse mediante procesos físicos, entonces también deberíamos poder explicar por qué ciertos procesos cerebrales producen la experiencia de rojo, dolor, placer o miedo, etc. Y como parece que esto no se puede hacer a partir de solo procesos físicos es ahí donde aparecen los qualias.
Sin embargo, hay un problema y es que los qualia parecen profundamente privados. Es decir, yo puedo explicar mi dolor, pero nadie puede experimentar exactamente mi dolor desde mi perspectiva.
Además, no todos los filósofos aceptan que los qualia sean algo adicional que necesitamos introducir. Algunos sostienen que hablar de ellos crea un misterio innecesario. Algunos otros defienden que cuando comprendamos suficientemente bien cómo el cerebro representa información, discrimina colores o almacena recuerdos, habremos explicado también aquello que llamamos experiencia consciente. Sin embargo, el problema permanece y podemos resumirlo al decir que podemos estudiar el cerebro desde fuera, pero vivimos nuestra conciencia desde dentro.
La pregunta es si ambas perspectivas pueden finalmente reducirse a una sola explicación o si hay algo acerca de nuestra experiencia que exige una explicación diferente.
Entonces, querido lector, parece que el verdadero desafío no está en explicar cómo vemos el rojo, sentimos dolor o disfrutamos una taza de café. Consiste en comprender por qué existe, además de neuronas, señales eléctricas y procesos químicos, un mundo que cada uno de nosotros experimenta desde dentro.