FROYLÁN ALFARO
Hay libros que anuncian peleas con sus títulos. Dios y el Estado de Mijail Bakunin es uno de ellos. Pues basta leer esas tres palabras para imaginar a un revolucionario ruso golpeando la mesa y declarando la guerra a la religión y al gobierno. Y, ciertamente, Bakunin no era precisamente moderado, pero la pregunta que guía su libro es un poco menos bélica: ¿qué estamos dispuestos a entregar a cambio de sentirnos protegidos?
Bakunin fue uno de los representantes del anarquismo del siglo XIX. Su preocupación principal era la libertad, por ello desconfiaba de cualquier institución que reclamara el derecho de decirnos qué debemos pensar, cómo debemos vivir o a quién debemos de obedecer.
En Dios y el Estado, su argumento comienza con una idea relativamente sencilla. Si suponemos que existe un Dios absolutamente perfecto, infinito y superior al ser humano, entonces necesariamente nosotros nos ponemos como seres inferiores. Dios posee la verdad, pero nosotros apenas podemos acceder a una pequeña parte de ella. Dios manda, nosotros obedecemos. Y es ahí donde Bakunin ve el problema.
Para acercarnos un poco a cómo lo piensa Bakunin, imaginemos a un niño pequeño caminando de la mano de su padre o madre. El niño confía porque supone que ellos saben más, que conocen las calles, los peligros y el camino de regreso a casa. Esa relación parece razonable mientras el niño necesita protección. Pero ¿qué ocurriría si los padres nunca soltaran su mano? ¿Qué pasaría si, incluso cuando el hijo tuviera treinta años, continuaran diciéndole dónde vivir, qué estudiar, con quién relacionarse y qué pensar? Me parece que todos estaríamos de acuerdo en afirmar que esa protección terminó convirtiéndose en dominación.
Para Bakunin algo parecido ocurre cuando colocamos una autoridad absoluta sobre nosotros, pues si alguien o algo posee una verdad perfecta, nuestra libertad queda inevitablemente limitada por esa verdad. Por eso decía que “si Dios existiera, habría que abolirlo”. Tendríamos, en algún sentido, la obligación de emanciparnos de Él. Su punto no va tanto en contra de la divinidad, sino más bien en contra de una autoridad absoluta.
En este sentido, para Bakunin, Dios y el Estado comparten una estructura similar, pues ambos se presentan como autoridades superiores al individuo. Uno habla en nombre de la verdad divina, el otro habla en nombre de la ley, la nación, el orden o el interés general. El peligro, siguiendo a Bakunin, es que ello se convierte en razones suficientes para exigir obediencia. Sin embargo, hay que tomarlo con cuidado, pues de ello no se sigue que todas las leyes sean necesariamente absurdas. Su punto es que debemos desconfiar cuando una institución deja de justificar su autoridad y comienza simplemente a exigir obediencia. Lo anterior lo podemos notar en frases como: “Debes hacerlo porque es la ley”, “Debes creerlo porque así lo manda Dios”, “Debes aceptarlo porque siempre ha sido así”. En todos estos casos aparece el mismo mecanismo, pues una autoridad ocupa el lugar de nuestro propio juicio.
Aun así también podemos preguntarnos: ¿podemos vivir realmente sin autoridad? Por ejemplo, cuando vamos al médico confiamos en alguien que sabe más que nosotros sobre enfermedades. Cuando cruzamos un puente confiamos en ingenieros que seguramente nunca conoceremos. Pero aquí hay una diferencia entre autoridad y conocimiento. Es decir, podemos reconocer que alguien sabe más sobre un tema sin convertirlo en dueño de nuestra voluntad. Escuchar al médico no significa entregarle el control absoluto sobre nuestra vida. Podemos pedir una segunda opinión, preguntar por el tratamiento, etc. Una autoridad puede ser discutida, pero una autoridad absoluta no.
Hace mucho que Bakunin escribió, pero sus ideas quizás puedan ser útiles ahora que vivimos rodeados de instituciones, expertos, gobiernos, iglesias, universidades, empresas y algoritmos que constantemente nos dicen qué hacer, qué comprar, qué temer y hasta qué merece nuestra atención. Sería absurdo rechazar toda autoridad por principio, pero también sería peligroso dejar de preguntar por qué debemos obedecerla.
Tal vez Bakunin exageraba, pues tal vez una sociedad completamente libre de estructuras de autoridad sea mucho más difícil de imaginar de lo que él suponía. Pero su exageración tiene el impulso filosófico de obligarnos a mirar aquello que normalmente aceptamos sin pensar.
Entonces, querido lector, ¿cuánta libertad estamos dispuestos a entregar para evitar la responsabilidad de pensar por nosotros mismos? Porque más allá de la guerra contra Dios y el Estado, parece que a veces no necesitamos que alguien nos quite la libertad, a veces nosotros mismos estamos dispuestos a entregarla.