FROYLÁN ALFARO
Nietzsche parece un apellido difícil de acomodar en una conversación afuera de la tiendita, y cómo no si la verdad suena bastante extraño. Aunque yo me acostumbré al sonido de ese apellido desde que estaba en mis años de la licenciatura en filosofía y me viene muy seguido a la mente, sobre todo ahí, entre el puesto de tacos, los perros que ladran detrás de una reja y la música del muchacho que lava su carro cada domingo. Es justo en esos momentos cuando entiendo mejor eso de ser “humano, demasiado humano”.
El filósofo, contrario a mis desvaríos, utilizó esa expresión para mirarnos sin adornos. Esto, porque él creía que nos gusta creer que actuamos por razones elevadas como el amor, la justicia, la solidaridad o el respeto. Pero que detrás de esos nombres también se esconden el miedo, la costumbre, la necesidad de reconocimiento, el orgullo e incluso las ganas de quedar bien. Sin embargo, no decía que, por ejemplo, todo gesto generoso fuera una mentira, sino más bien que casi nunca somos tan puros como creemos.
Aquí eso se nota. El mismo vecino que presta la escalera cuando alguien la necesita es a veces el mismo que pone cubetas para apartar un pedazo de calle que no le pertenece. La señora que lleva comida a un enfermo puede pasar la tarde hablando mal de la nuera. El joven que jura que quiere salir adelante quizá desea también demostrarles a todos que estaban equivocados cuando dijeron que no iba a lograr nada. Yo mismo me he descubierto ayudando a alguien y, al mismo tiempo, sentirme satisfecho de ser el que ayuda.
Nietzsche desconfiaba de las explicaciones que dividen al mundo entre buenos y malos. Por ejemplo, cuando decimos que los jóvenes de la esquina “no quieren hacer nada” sin saber si llevan días buscando trabajo, o cuando afirmamos que quien prosperó se volvió presumido, aunque quizás ni siquiera seamos conscientes de que nos duele que haya conseguido lo que nosotros queríamos. En este mismo sentido, también solemos repetir que el pobre es pobre porque no se esfuerza o que el rico llegó arriba porque seguramente hizo trampa. Es decir, cada juicio puede contener una parte de razón, pero también puede esconder resentimiento, miedo o comodidad.
El resentimiento, para Nietzsche, no es simplemente estar enojado. Es cuando la impotencia se convierte en una forma de juzgar: como no puedo alcanzar algo, decido que aquello no vale la pena; como no puedo enfrentar a alguien, lo condeno desde una supuesta superioridad moral. Tenemos varias versiones de ese mecanismo como cuando decimos “seguro se cree mucho” del que hace algo para destacar, entre muchas otras frases similares.
Aun así, Nietzsche no es ningún coach que nos dice que todo depende de la actitud. En colonias como la mía, que son la gran mayoría, pesan el transporte deficiente, la inseguridad, los salarios bajos y las escuelas abandonadas tanto en infraestructura como en educación. No basta con “echarle ganas” cuando una persona tarda dos horas en trasladarse a su trabajo. Nietzsche puede abonar a la idea de superarse, pero superarse no significa fingir que las condiciones materiales no existen. Más bien, significa examinar los valores heredados y preguntarse si quiero seguir viviendo según ellos.
Por ejemplo, ¿tengo que aguantar una injusticia para que me consideren trabajador? ¿Debo ocultar el miedo para demostrar que soy hombre? ¿Por qué admiramos al que nunca descansa y miramos raro al que quiere una vida tranquila?
No se trata, entonces, de idealizar la vida, pero tampoco se trata de despreciarla, pues reconocer nuestras motivaciones menos bonitas no nos vuelve peores, al contrario, nos vuelve más responsables. Después de todo, el problema no es ser humanos, demasiado humanos. El problema comienza cuando fingimos que no lo somos.