Fotografías: Karina Olvera y WarMike
WarMike
La tarde del 12 de noviembre me encontraba preparando mi cámara y mi mochila para asistir al paro de los trabajadores de la educación. La Coordinadora Nacional de los Trabajadores de la Educación organizó un paro con un itinerario que incluía la toma de palacio de gobierno para irrumpir en la mañanera y así exigir en medios nacionales lo que prometió y que lo cumpla a la prontitud.
Así, con esa idea en la cabeza, me subí al autobús junto con mi novia y dieciocho más de los camaradas del sindicato. Grandes personajes con historias de lucha y resistencia: el maestro Marcelino, líder de la Sección 58 del sindicato; el maestro Gerardo, líder del movimiento de resistencia en el proyecto de la presa de milpillas; el maestro Arturo, líder de la rondalla de la que participo y a quien respeto profundamente. Entre otros grandes luchadores que asistieron.
Pero nada fue lo que esperaba. Llegamos a las cuatro de la mañana y, claro, ya estaban las bicicletas cargadas de tamales, atole y bolillos esperándonos. La ciudad siempre me sorprende con estas cosas. Al aproximarnos al palacio por la calle Madero, noté a Bellas Artes completamente bardeado, y luego una muralla negra de tres metros hecha de metal macizo nos bloqueó el paso al Zócalo. La puerta estaba abierta… pero el mensaje fue claro: No son bienvenidos.
Más tarde, un convoy de granaderos disolvió una reunión de líderes sindicales y nos vimos obligados a mover el sitio de concentración. Así, nos movilizamos a la parte de atrás del palacio. No conozco la calle, pero también ahí, había vallas. Tres metros de metal separaban la policía y al pueblo.
Se convocó a empujar el muro. Nos recibieron con humo de extintores. Seguimos empujando. Contestaron con gas lacrimógeno. Denunciamos con los medios. Nos dispersaron con más gas. A los lados de las calles veíamos cómo los cuerpos granaderos nos cercaban. Una pinza romana nos obligó a retirarnos. No hubo diálogo. No hubo ni siquiera una oportunidad de hablar, de denunciar, ni de luchar.
Ellos tenían armas, gas y escudos. Nosotros teníamos rabia, impotencia y miedo.
Luego la procesión nos llevó a la delegación Venustiano Carranza. Donde, al aproximarnos a San Lázaro, a la Cámara de Diputados buscando el consuelo del otro Poder. La estación de policía, que estaba de paso. Evitó la confrontación con una cerrada formación desde lo alto de un puente, desde donde nos miraban hacia abajo, como quien mira a un niño haciendo berrinche.
Así, tras una declamación en dónde los líderes de las secciones 34 y 58 de Zacatecas colaboraron con las de Oaxaca, Chiapas y Guerrero en un discurso donde intervinieron el Partido Comunista y la Juventud Comunista; el gremio de la Salud también se manifestó en favor del paro.
No nos recibieron en la Cámara, salvó por tres personajes que estaban involuntariamente dispuestos a escuchar nuestras exigencias.
Y así comenzó un plantón de 48 horas de un grupo que busca y exige ser escuchado.





















