FROYLÁN ALFARO
Quien ha pasado por una licenciatura en filosofía, como es mi caso y el de tantos colegas, sabe que la formación suele estar organizada de manera histórica como un recorrido por “los grandes filósofos”. La expresión funciona como una especie de guía, lo que importa es comprender la línea que va de Platón a Heidegger, de Descartes a Hegel, de Kant a Wittgenstein. Nada de esto es en sí problemático, pues este canon es una herramienta poderosa y formativa. El problema es que lo que se presenta como un mapa completo del pensamiento filosófico es, en realidad, un fragmento recortado en el que las mujeres se ven como apariciones tardías, notas al pie o autores “opcionales”.
Esta omisión se vuelve especialmente visible porque la academia filosófica ha heredado esta estructura rígidamente tradicional. Aún hoy, muchos planes de estudio giran en torno a los mismos cursos de siempre: metafísica clásica, filosofía moderna, fenomenología, filosofía analítica, etc. Todo muy valioso, sí, pero empobrecido por la ausencia sistemática de filósofas. Incluso cuando nombres como Hannah Arendt, Simone de Beauvoir o María Zambrano comienzan a abrirse camino, a veces se les presenta como anexos, como si su pensamiento no transformara y cuestionara el mismo corazón de la disciplina.
Por ejemplo, cuando entré a estudiar la licenciatura pocas veces escuché el nombre de Hipatia en clase, y ya no digamos de Émilie du Châtelet o de Anne Conway o Edith Stein. Era como si las mujeres hubieran empezado a hacer filosofía a mediados del siglo XX, y aún entonces bajo la sospecha de que lo suyo “no era filosofía propiamente dicha”, sino literatura, política, feminismo o misticismo. Esta idea, que nunca se formula abiertamente, opera como un filtro: lo que ellas hacen no es filosofía “pura”. Como si tal cosa llamada “filosofía pura” existiera.
Hoy la situación mejora, cierto, pero el cambio es más lento de lo que debería. La presencia creciente de filósofas en programas académicos obedece a un reconocimiento histórico necesario, pero también a la evidencia de que ignorarlas nos empobrece conceptualmente. Y, aun así, persiste una resistencia casi generacional: profesores que citan únicamente hombres, congresos donde las mesas centrales están dominadas por los mismos nombres de siempre. La pregunta es inevitable ¿qué perdemos cuando obstinadamente reducimos la filosofía a una genealogía masculina?
Perdemos, ante todo, perspectiva. La filosofía es un ejercicio conceptual y su fuerza radica en la diversidad de formas de preguntar. Cuando limitamos el canon, limitamos nuestro campo visual. Es como observar algo desde una ventana que está parcialmente cubierta: vemos algo, pero no lo suficiente para comprenderlo. La incorporación de mujeres filósofas no es un gesto de corrección política, es una exigencia epistemológica. No es “incluirlas por incluir”, sino integrar ideas que transforman nuestros marcos teóricos.
Por ejemplo, Olimpia Lombardi, en su trabajo en filosofía de la física refuta, sin necesidad de polémica, la idea de que la filosofía técnica es terreno de hombres. Su presencia en la academia argentina y latinoamericana es, además de un aporte intelectual, un golpe para los que todavía creen, porque aún hay algunos, que la rigurosidad tiene género. En México, sin embargo, su nombre rara vez aparece en los programas de estudio, incluso en las facultades donde la filosofía de la ciencia es un área sólida. ¿No es esto una muestra de la ceguera selectiva que seguimos arrastrando?
Otro ejemplo, más conocido, es el de Hannah Arendt, pues aunque su obra está presente en cursos de filosofía política, suele abordarse como si su pensamiento fuera un complemento narrativo. Pero Arendt no es una nota marginal, es una pensadora que replanteó preguntas centrales sobre la libertad, la acción, el mal y la responsabilidad. Su ausencia, o su presencia tenue, no es casual, pues su filosofía exige examinar nuestras prácticas políticas actuales, incluidas la estructura autoritaria que a veces reproduce la misma academia.
Lo mismo ocurre con María Zambrano, cuya idea de la razón poética ofrece una crítica radical a los límites de la racionalidad instrumental. Y aquí hay algo paradójico, pues la academia mexicana celebra la hermenéutica y la fenomenología, pero rara vez se detiene a estudiar seriamente a una pensadora que amplía esas tradiciones. Y si miramos más vamos a encontrar filósofas como Graciela Hierro, Dora Elvira García o Juliana González, entre muchas otras, que tampoco ocupan el lugar que sus aportes merecen. La invisibilización no es un accidente, es un hábito institucional.
Es necesario señalarlo sin rodeos: la formación filosófica en México sigue atrapada en una lectura parcial del canon. Y aunque el cambio se insinúa con nuevos seminarios, iniciativas estudiantiles, lecturas más frecuentes de filósofas contemporáneas, todavía no se traduce en una transformación del currículum. Seguimos estudiando a las mujeres como “autoras alternativas”, cuando su pensamiento podría redefinir el orden de los problemas filosóficos.
La cuestión de fondo es ¿podemos hablar de filosofía crítica si nuestro propio canon está protegido de la crítica? ¿Cómo formar pensadores capaces de cuestionar el mundo si no les enseñamos a cuestionar la genealogía que les presentamos como natural?
Sé que la divulgación filosófica no basta, así como tampoco basta con corregir los planes de estudio. Hay que transformar la conversación pública sobre la filosofía, donde las mujeres filósofas no son excepciones, sino protagonistas, que no aportan “temas de género”, sino conceptos que reestructuran nuestra comprensión del mundo, que su presencia no es un gesto progresista, sino una demanda de honestidad intelectual.
Quizá, a fin de cuentas querido lector, la tarea sea reconocer que el canon fue una construcción histórica y no un espejo de la capacidad humana de pensar. Y asumir que la filosofía en México, si quiere estar a la altura de su tiempo, debe abrir ese mapa, completarlo, y dejar de temer a las voces que durante siglos se negó a escuchar. ¿De qué sirve estudiar filosofía si no empezamos por revisar, críticamente, las raíces de aquello que llamamos filosofía?