Hay días en los que una se levanta y el mundo está en llamas. No como metáfora sencilla, sino como una realidad que se siente cada vez más mordaz, acechante. Las imágenes de las hambrunas en Gaza nos sobrepasan, las guerras que se describen en los otros continentes se quedan en los monitores, en las redes que incluso cambian de nombre, pero en las que permanece el odio como característica principal. Se siente el calor cerca, como cuando acercamos la mano por encima de las cenizas que aún guardan la agresividad en las entrañas.
Y, entonces, nos vemos diciendo a los más jóvenes lo que nuestros abuelos nos decían y que parecen lugares comunes: anda temprano a casa, procura informar dónde andas y con quién, más vale ser cobarde que perder la vida. Ahora esas sentencias suenan verídicas, no es que antes no lo fueran, pero en nuestros ojos adolescentes sonaban a control y nuestra rebeldía nos pedía ir contracorriente. Nuestros jóvenes nunca están seguros, dígase en el siglo que se diga, pero esa paranoia acrecienta cuando vemos fichas de búsqueda cada vez de personas más cercanas, el trending topic son fosas clandestinas, levantamientos, trabajo forzado, niños reclutados a la fuerza, ponchallantas, carros incendiados…
La verdadera guerra está aquí, afuerita, al cruzar la calle. Nuestra gente no puede regresar a casa, familias completas se quedan resguardadas adentro de un zoológico. Los verdaderos animales están afuera, pero los hijos que no tengo tienen rostro y se convierten en taxistas a los que les quitaron el alimento de las bocas, en maestros que no pueden llevar esperanza porque quemaron bancos y sueños, madres que se debaten entre exagerar y cuidar, universitarios que salen con la mochila llena de miedos. ¿Cómo le explicas a las niñas y los niños que el fin del mundo ya está aquí?
Sin embargo, a veces basta un lei motiv para exigirnos salir de casa. Lo que para uno pudiera ser una bobería para otro es un acto de fe. Salir y seguir, moverte y continuar y tener en mente el regreso a casa, dejar detrás la humareda y visualizar el abrazo antes de dormir, la cena con mamá para hablar de las nuevas cifras, subir al cerro para celebrar el cumpleaños de una chica pez, desear que el amor sea bonito, que encontremos sobre la mesa esa plática pendiente con el libro.
Queridas lectoras y estimados lectores, esta vez no traigo consignas heroicas y no vestimos El Mechero de poesía, aunque existe el oximorón y los contrastes, contrapuntos –diría el amigo neobarroco–. En esta ocasión les dejo el deseo de calma porque en estos tiempos es más necesaria que nunca, les deseo un buen regreso a casa para ustedes y los suyos. Hoy, aunque –como siempre– queremos incendiar la cultura, a veces es bueno retirar la mano de la flama.
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero