JUAN GERARDO AGUILAR
Tuve que reescribir varias veces esta columna porque, aunque sale publicada en los días posteriores, justo cuando la estaba escribiendo, el Ejército Mexicano estaba dando a conocer que redujo, como se dice en la jerga, a uno de los objetivos prioritarios en materia de generación de violencia en México desde hace poco más de una década: Nemesio Oseguera Cervantes, mejor conocido como “El Mencho”.
Originalmente quería escribir sobre la película Cumbres borrascosas, dirigida por Emerald Fennell, y el fiasco que fue ver en el cine esta adaptación de la novela de Emily Brönte, por la manera en que mostró la extraña evolución de Heathcliff de tóxico a migajero.
Pero, qué le vamos a hacer, vivo en México y mi país tiene esa costumbre incómoda de arruinarle a uno las metáforas más estileras. Así que, mientras yo estaba tecleando, indignado por la domesticación sentimental de un personaje que nació para encarnar el resentimiento puro, las redes sociales se incendiaban con memes, teorías, capturas, audios reciclados, información sin verificar y fake news.
También recordé que ya estamos entrados en la Cuaresma, ese tiempo de reflexión en el que la tradición cristiana rememora los 40 días que Yisus se aventó en el desierto como un periodo de reflexión y recogimiento. Pero, como siempre, la realidad mexicana superó cualquier intento de crítica cinematográfica.
Entonces me dio por pensar en esa extraña fascinación que tenemos todos los seres humanos por el mal. Porque, no nos hagamos: el mal siempre vende. El mal entretiene. El mal hipnotiza. Desde las tragedias griegas hasta las series de streaming donde el villano o el antagonista termina siendo el personaje más interesante.
Decía Terry Eagleton en Sobre el mal que no siempre es una caricatura demoníaca con cuernos, sino una forma radical de negación del otro, una voluntad fría que no necesita justificación emocional para arrasar. El mal, según él, puede ser aburrido, burocrático, casi administrativo. Y eso es lo verdaderamente perturbador: que no siempre grita, sino que a veces hasta es capaz de firmar documentos.
Y es que nadie estamos exentos. Por muy buenas o buenos que se nos quieran presentar las personas, siempre hay un resabio de maldad en su ser: desde el que pisó un insecto sólo porque sí, hasta el vecino que espía por la ventana o la pareja que guarda prendas ajenas a manera de fetichismo. El mal no siempre trae cuerno de chivo o navaja; a veces trae curiosidad malsana, placer diminuto, pequeñas traiciones cotidianas.
No somos “El Mencho”, no somos Heathcliff, pero tampoco somos Yisus. Y ahí es donde la Cuaresma cobra un sentido extraño. Porque esos 40 días en el desierto no eran sólo una dieta espiritual; eran una confrontación con la tentación, con el poder, con el hambre, con la vanidad. El desierto como laboratorio del alma. El problema es que a nosotros nos gusta más el show que el examen de conciencia.
También recordé al Dios que perfila José Saramago en El evangelio según Jesucristo: un Dios calculador, ambicioso, capaz de instrumentalizar el sufrimiento para consolidar su reino. Un Dios que no es exactamente bondad pura, sino estrategia. Y uno lee eso y se incomoda, porque preferimos pensar el mal siempre afuera, siempre en el otro.
Hablar del Mencho y lo que implica y cómo la gente es capaz de deificar a personas o capos de este tipo no es un asunto menor. Hay toda una narrativa y una cultura que convierte al criminal en figura mítica, en rebelde antisistema, en benefactor de barrio. La romantización del mal es una vieja costumbre humana: nos fascina quien rompe las reglas, aunque las reglas existan para que no nos maten.
Y entonces volvemos a Heathcliff. Ese personaje que, en su versión original, es puro rencor sublimado. Amor convertido en venganza. Pasión transformada en destrucción lenta y metódica. Eso era lo interesante: que el mal también nace de una herida. Que no siempre es gratuito; a veces es resentimiento fermentado.
Pero cuando el mal se vuelve espectáculo, pierde su filo moral. Se vuelve mercancía. Y ahí sí que entramos todos: compartiendo notas sin verificar, opinando con rabia, celebrando caídas como si fueran finales de temporada.
Nos gusta creer que el mal es excepcional, que pertenece a monstruos muy específicos. Pero la historia, la literatura y la vida diaria nos susurran otra cosa: que la inclinación existe, que la tentación es democrática. Que cualquiera puede deslizarse un poco si las condiciones se alinean.
Eso no significa que todo sea relativo ni que no haya responsabilidades claras. Significa que la línea entre el bien y el mal no pasa sólo por los expedientes judiciales, sino que también pasa por el corazón humano.
Y en medio de esta Cuaresma, entre noticias confusas y adaptaciones fallidas, quizás la pregunta no sea por qué existe el mal, sino por qué nos atrae tanto. Por qué lo seguimos, lo comentamos, lo mitificamos, lo deseamos…
Tal vez porque reconocemos algo de nosotros ahí: una sombra, una posibilidad, una tentación. No somos demonios, pero tampoco santos de estampita. A lo mejor la verdadera reflexión cuaresmal no consista en dejar el azúcar o el alcohol, sino en revisar esa parte mínima que disfruta el escándalo, que comparte sin verificar, que convierte al villano en celebridad. Esa parte que, si no vigilamos, puede crecer desproporcionadamente.
El mal no siempre se presenta como violencia espectacular; a veces se cuela como indiferencia, como cinismo, como comodidad moral. Y mientras allá afuera neutralizan objetivos prioritarios, acá adentro seguimos negociando con nuestras propias cumbres cochambrosas.
Porque sí: el mal existe. Es estructural, histórico y brutal. Pero también es íntimo. Y si algo tendría que enseñarnos esta temporada —más allá del ruido, las fake news y las adaptaciones edulcoradas— es que la batalla no sólo ocurre en los operativos militares ni en las pantallas de cine. Ocurre en ese desierto personal donde cada quien decide qué hacer con su sombra. De ahí en más, todo es mero espectáculo.
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