La luz comienza a atenuarse. Entramos por una puerta y cruzamos otra hasta llegar a un pequeño patio. La hospitalidad, las plantas y el humo del cigarro ambientan la plática: personajes redondos, versos sin ritmo, líneas con imágenes contundentes. Tomamos café y las palabras sugeridas, sin apabullarse: sabemos que es al texto al que debemos exigirle más, nunca a quien lo escribe. Corregimos, tachamos, celebramos un hallazgo, empezamos de nuevo. Hay otros textos, nuevos integrantes, poemas encarnados de dientes, cuentos que nos destornillan de la risa —aunque todavía no sean publicables—, memorias de leones, autoficciones de los amores que se abandonan en el bar de una esquina. Ahí estamos.
Conocí a Ezequiel Carlos Campos en la Facultad de Letras, más pequeño que yo. Los dos orgullosos. No sé cuándo comencé a quererlo, pero yo estaba por salir de la burbuja universitaria cuando decidimos reunirnos semanalmente en el café Alicia para tallerear nuestros textos junto a otros amigos y colegas. Cumplimos meses con sabor a bubble tea, alguien nos llamó Los hijos de Alicia y nos apropiamos del nombre. Ya no estábamos solos: habíamos encontrado nuestra parvada.
Con los años, Ezequiel se convirtió en mi cómplice de muchas aventuras. Él, Alberto Avendaño y yo fuimos el número perfecto para organizar y apoyar, para llevar o traer, leer o escribir. Un equipo que, hasta la fecha, sigue dejando brasas encendidas en proyectos como El Mechero, donde la amistad y la literatura terminaron por confundirse en un mismo oficio.
Pero si algo he aprendido al verlo crecer es que Ezequiel nunca ha entendido la escritura como un acto solitario. Para él, la literatura siempre ha sido una conversación. Quizá por eso encontró en la docencia una de sus formas más naturales de habitar el mundo. Quienes han pasado por sus talleres o por sus aulas saben que no enseña desde el pedestal del autor que dicta verdades, sino desde la humildad del lector que acompaña procesos. Escucha antes de corregir, pregunta antes de afirmar y encuentra, incluso en los borradores más inseguros, una posibilidad de belleza. Tiene el raro talento de hacer que los demás crean en un texto antes de que ese texto crea en sí mismo.
No es casualidad que de esa vocación nazca Elogio de la educación. El libro parece continuar una conversación iniciada hace años, en aquellas mesas donde aprendimos que escribir también era aprender a mirar al otro. Más que un tratado o una defensa solemne de la enseñanza, imagino este libro como una declaración de confianza: en las aulas, en los libros compartidos, en las preguntas que permanecen abiertas y en los encuentros que transforman silenciosamente una vida. Porque educar, como escribir, consiste en encender una pequeña luz que alguien más continuará alimentando.
Pienso entonces que todos esos patios, cafés y salones de clase forman parte de una misma geografía. La de quienes creen que las palabras pueden construir comunidad. La de quienes siguen apostando por el tiempo lento de la lectura, por la conversación generosa y por el conocimiento como una forma de afecto.
Celebrar este nuevo libro es celebrar también ese camino. El de un escritor que nunca dejó de ser compañero de mesa, lector atento y maestro. Porque, al final, los mejores profesores se parecen mucho a los buenos escritores: no buscan que uno piense como ellos, sino que encuentre, con mayor claridad y valentía, su propia voz. No lo olviden, queridas lectoras y estimados lectores: juntos ¡incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero