ENRIQUE GARRIDO
Hace unas semanas me invitaron a dar una breve charla sobre procesos editoriales en la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de México, y me fue inevitable evocar aquel discurso que Salvador Elizondo leyó el 23 de octubre de 1980 al ingresar como miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y cuyo título refleja mi sentimiento al cruzar aquella entrada que me recibió por allá del 2009: Regreso a casa. En él, Elizondo reflexiona sobre la vocación literaria, su trayectoria creativa y el destino de su primer libro, señalando cómo las obras siempre vuelven al lugar de su origen. No por nada fue el autor que elegí para mi tesis.
Varios lugares dentro de ese recinto me son nostálgicos, pero destaca uno que fue un pilar en mi (de)formación, la Biblioteca Ignacio Manuel Altamirano. Un edificio pequeño para todo lo que alberga, pues no se trata de una biblioteca como la del Trinity College en Dublín o la Biblioteca Vasconcelos en la Ciudad de México, digamos que es una “normal”. Esto me lleva a pensar en el imaginario que se ha establecido sobre las bibliotecas, pues desde ese verso de Borges en el cual señalaba “yo siempre me había imaginado el Paraíso bajo la especie de una biblioteca”, hasta muchas que han sido retratadas en el cine, se cree que todas las bibliotecas públicas son verdaderos prodigios arquitectónicos; sin embargo, no suele ser así.
Salvo que hayas sido un afortunado o una afortunada, a la gran mayoría le tocan bibliotecas locales o escolares, las cuales suelen tener poco acervo y muchas veces sobreviven por talleres y actividades ajenas a sus características de orden y silencio. Así, he imaginado que, si cometiera un crimen, un buen lugar para poder esconderme sería una biblioteca local, pues muchos ni siquiera saben que existe. Algo parecido sucedió en 2013, cuando en la Biblioteca Pública de San Francisco, agentes del FBI arrestaron a Ross Ulbricht, señalado como el creador de Silk Road, el mercado clandestino más grande de la dark web, donde se comerciaban drogas, documentos falsos y otros productos ilegales mediante bitcoin. Tras meses de investigación, fue detenido en la sección de ciencia ficción.
Más allá de este curioso caso, destaco que las bibliotecas sí sirven de refugio y escondite a plena luz del día; allí huimos de uno de los mayores crímenes: no saber habitar una sociedad, ser un adolescente, un paria, ese que no sabe convivir y se mete entre los libros. Alberto Manguel decía que “El amor a las bibliotecas, como la mayor parte de los amores, hay que aprenderlo. El que entra por primera vez en una habitación hecha de libros no puede saber instintivamente cómo comportarse, qué se espera de él, qué se promete, qué se permite”.
Cada vez que regreso a la biblioteca Ignacio Manuel Altamirano, vuelvo a encontrarme con una versión más joven de mí. Ahí sigue el muchacho que leyó Farabeuf de Salvador Elizondo por primera vez en esa vieja edición del FCE, los Cuentos completos de Julio Cortázar en Alfaguara y que la habitó como resistencia de una naciente sociedad que celebraba los espacios abiertos, las oficinas transparentes y las vidas exhibidas en redes sociales. Las bibliotecas conservan un extraño poder de resistencia. Entre sus muros aún es posible desaparecer sin que nadie se alarme, pasar horas enteras acompañado únicamente por una voz escrita.
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