ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
Durante años nos han repetido una idea que suena motivadora, pero que empieza a resultar sospechosa: todo pasa por algo. Todo error enseña. Toda caída transforma. Todo tropiezo es una oportunidad disfrazada. El problema no es el optimismo, sino el exceso de sentido. Porque si todo tiene que enseñarnos algo, ¿en qué momento simplemente nos equivocamos y ya?
Propongo, con una taza de café en la mano y cero intención de fundar una escuela filosófica, reivindicar una figura injustamente despreciada: el error inútil. Ese fallo cotidiano que no deja aprendizaje, no revela verdades ocultas, no nos vuelve mejores personas. Ese error que sólo existe porque somos humanos, porque estábamos distraídos, cansados o pensando en cualquier otra cosa.
El error inútil no mejora el carácter. No fortalece el espíritu. No da material para discursos inspiracionales. Y, sin embargo, es profundamente democrático: le ocurre a todo el mundo.
Pensemos en el error clásico de empujar la puerta que decía “jalar”. Nada grave sucede. Nadie resulta herido. Pero durante ese segundo incómodo, uno queda expuesto como criatura falible. El error no enseña nada nuevo. La próxima vez, probablemente volverás a empujar. No hay arco narrativo. Sólo hay torpeza.
Otro favorito: saludar con entusiasmo a alguien que no era quien creías. Desde lejos, jurar que es una persona conocida. Levantar la mano, sonreír, quizá incluso decir su nombre. Y entonces, al acercarse, descubrir que no. Nunca fue. No se parece tanto. La persona te mira con educación desconcertada. Tú improvisas un gesto ambiguo, como si saludar desconocidos fuera tu pasatiempo. No aprendiste a distinguir mejor los rostros. Sólo acumulaste una anécdota que nadie pidió.
Está también el error tecnológico por excelencia: mandar el mensaje al chat equivocado. Ese momento en que escribes algo que claramente no iba ahí. A veces es inocuo: un “ya voy” enviado al grupo familiar. A veces es inexplicable: un comentario suelto, sin contexto, flotando en un espacio donde nadie entiende nada. Pasan unos segundos eternos antes de que alguien responda con un “¿?”. El error no deja enseñanza. La función “eliminar para todos” no siempre llega a tiempo. La vida sigue, ligeramente desalineada.
Los errores inútiles abundan en el transporte público. Bajarse una estación antes. O después. Tomar el autobús correcto en sentido incorrecto. No hay revelación existencial en caminar diez cuadras extra. No te vuelves más sabio. Sólo llegas un poco tarde, con la sensación de que el mundo se burló de ti en silencio.
En la cocina, el error inútil adquiere dimensiones domésticas. Agregar sal dos veces. Confundir azúcar con sal (una experiencia que nadie repite por gusto). Quemar algo que estaba perfectamente vigilado. Mirar el desastre y pensar: “no había necesidad”. No aprendiste nada sobre gastronomía. Simplemente cenarás otra cosa.
También existen los errores sociales, esos pequeños desajustes que no rompen relaciones ni construyen carácter. Responder “igual” cuando alguien te dice “feliz cumpleaños”. Decir “tú también” cuando el mesero te desea buen provecho. Contar una historia creyendo que nadie la ha escuchado, y descubrir que todos ya la conocen, incluida la persona que la contó originalmente.
Lo fascinante de estos errores es que no piden interpretación. No exigen trabajo emocional. No buscan redención. Ocurren, incomodan brevemente y se disuelven. Son como pequeñas arrugas en la superficie del día.
Y sin embargo, vivimos en una época obsesionada con convertir todo en proceso. Si te equivocas, debes reflexionar. Si fallas, debes crecer. Si algo sale mal, debes capitalizarlo. El error inútil se resiste a esa lógica. No produce nada. No se puede monetizar. No se puede convertir en lección de vida ni en hilo inspiracional.
Tal vez por eso incomoda tanto.
El error inútil no quiere ser explicado. Quiere ser aceptado con un encogimiento de hombros elegante. Con un “bueno, pasó”. Con una risa breve que no busca consuelo.
Hay errores inútiles incluso en el lenguaje. Pronunciar mal una palabra que ya sabías decir. Cambiar el nombre de alguien por otro, sin motivo. Llamar “mamá” a la persona equivocada. El cerebro se adelanta, la boca no lo alcanza. Nadie aprende fonética por eso. Sólo se produce un silencio raro que luego se rellena con humor forzado.
En el mundo laboral, el error inútil también tiene presencia. Abrir una reunión diciendo “como ya saben…” cuando nadie sabe. Compartir pantalla y mostrar exactamente lo que no debías mostrar (generalmente pestañas innecesarias). Decir “esto es rápido” y que no lo sea. No hay moraleja. Sólo queda seguir adelante.
Lo interesante es que estos errores no nos vuelven peores ni mejores. Nos vuelven visibles. Rompen, por un segundo, la ilusión de control. Y tal vez ahí radica su valor no declarado: nos recuerdan que no todo está bajo control, y que eso no es una tragedia.
El error inútil tiene algo de urbano. De ritmo de ciudad. Nadie se detiene a analizarlo demasiado porque hay que llegar a algún lado, pedir otro café, cruzar la calle. La vida no espera a que entendamos todo.
Quizá por eso el error inútil resulta tan refrescante: no exige profundidad. No necesita cierre. No se convierte en identidad. No pide que lo superes ni que lo resignifiques. Existe y luego se va, como una mala pronunciación o una puerta empujada en la dirección incorrecta.
Reivindicarlo no es celebrar la incompetencia ni romantizar el descuido. Es simplemente aceptar que no todo fallo viene con mensaje oculto. Que no todo tropiezo es metáfora. Que a veces el error es solo eso: una pequeña fisura en la coreografía diaria.
Y hay algo elegante en esa aceptación. Algo sofisticado, incluso. Porque sólo quien no necesita justificarse puede permitirse decir: “sí, me equivoqué, y no significa nada más”.
Así que la próxima vez que marques el número equivocado, que llegues al lugar incorrecto, que pidas algo que no querías o que saludes a quien no conoces, prueba no convertirlo en aprendizaje. No lo analices. No lo dramatices. No lo eleves.
Déjalo ser un error inútil.
Tal vez no te haga mejor persona. Pero hará tu día un poco más ligero. Y, francamente, en esta ciudad que exige sentido constante, eso ya es bastante.