“No es la grandeza de nuestras acciones lo que agrada a Dios,
si no el amor con las que las hacemos”
Santa Teresa de Calcuta
DANIEL JUÁREZ
En la actualidad parece que los trabajos públicos carecen de sentido. El Estado tiene la obligación de garantizar derechos fundamentales y, para ello, crea instituciones con estructuras complejas de jerarquías y competencias. Es así como hoy existen entidades que combaten la corrupción, otras que erradican la violencia hacia las mujeres y algunas que intentan reducir las desigualdades. Sin embargo, la corrupción, la violencia y la pobreza se encuentran en todos los lugares, en cualquier momento.
El empleado público tiene, entonces, que llenar formatos inútiles y tediosos para cumplir con procedimientos que redundan en la nada. El ridículo es tal, que ciertas instituciones están certificadas en los más altos estándares de calidad, elementos que favorecen de forma notable la “reputación” y la toma de decisiones.
Al final del día (o del año), se presenta un supervisor que comprueba que todos los documentos se encuentren debidamente firmados en color azul, sin faltas de ortografía y foliados. Todo está en orden, el procedimiento se ha llevado a cabo sin pormenores, y es momento de informar al titular de la organización que este año, al igual que todos los anteriores, la revisión ha sido un éxito. Con el paso del tiempo, los funcionarios cambian de escritorio, los expedientes se queman, nuevos gobiernos cambian la visión del trabajo y los problemas persisten.
Por consecuencia, el funcionario se pregunta sobre la utilidad de su actuar y comienza a realizar sus tareas con displicencia. ¿Cuál puede ser un remedio para esta angustia? La respuesta, para Max Weber, es la vocación.
La vocación es el llamamiento personal hacia una profesión, actividad o forma de vida. Combina gustos, habilidades, personalidad y valores, actuando como un motor para la autorrealización, motivación y satisfacción profesional. En un sentido filosófico, nos permite dar sentido a nuestra labor a través de cada acción consciente, sustrayéndonos del absurdo burocrático y devolviéndonos la libertad.
La libertad de saber que cada tarea realizada, por trivial que parezca, forma parte de algo más grande; así, la mujer que saca copias o el supervisor que da cuenta de las firmas en color azul y los folios, son parte de una cadena que, como resultado, tiene el bienestar de nuestro entorno. Esta visión holística de la función pública nos permite reconocer el alcance de nuestras acciones (buenas o malas), guiándonos a un estilo de vida pública basado en la responsabilidad.