Voltea hacia atrás, querida lectora y estimado lector. Hay libros, páginas y páginas llenas de aventuras que nos llevaron a otros mundos posibles: algunos terribles y otros anhelantes. Seguramente más de uno encontramos en los héroes y heroínas cualidades que guardamos en un rinconcito del corazón y que aún hoy, tantísimos años después, nos acompañan en nuestras incertidumbres cotidianas. La mayoría de las lecturas que he tenido a lo largo de los años han sido bajo la tutela de una lectura solitaria, si he tenido suerte las he compartido con uno o dos amigos, compañeros de aula y algunos profesores comprometidos, pero la mayoría se han quedado sólo para mí.
Ahora imaginemos que somos niños de nuevo, que alguien nos enseña que soñar e imaginar es posible a través de las palabras, parecería una obviedad aquella premisa de que la literatura nos lleva a otros mundos, a otras islas, a otros desiertos o mares. Esta idea se ha convertido en un lugar común para quienes, como yo, se dedican a leer y a escribir, pero esta obviedad no siempre fue tan clara cuando fuimos niñas y niños. Encontrarnos con un o una apasionada de la lectura seguramente nos llevó hasta donde estamos ahora, pudo ser un amigo de infancia que tuvo la fortuna de tener libros en casa, pudo ser un abuelo que contaba historias, aunque no fuera lector, o un maestro que nos acercó a nuestras primeras lecturas sobre gallinas degolladas y almohadones de plumas, sobre gatos negros y cuervos proféticos en la ventana.
Sin embargo, la mayoría de este canon literario se queda en los mismos autores y en las mismas lecturas, pocas veces salimos a conocer autoras u otros géneros porque, afortunada o lamentablemente, vamos recogiendo migas de pan en los caminos ya transitados por quienes nos anteceden. Pienso, por ejemplo, lo distinto que hubiera sido mi aprendizaje si hubiera conocido a más escritoras, sobre todo jóvenes o con escritos dirigidos a niñas. Nunca leí de niña sobre primeras menstruaciones, por ejemplo; sobre sentirme ajena a un cuerpo cambiante.
Tampoco tuve acercamientos a utopías o distopías hasta ya muy entrada la adolescencia, tampoco conocí autores contemporáneos ni se me habló de viajes en el tiempo, en otros espacios y otras visiones.
Es por esto y muchas cosas más que celebro la triple labor de Edgar Rodolfo Pérez Anaya: la de narrador oral, la de escritor y la de librero. Aplaudo su ímpetu de llevar los mundos posibles a las aulas de las escuelas, por enseñarles a las y los pequeños que también hay otras formas de narrar, otros porqués y otros cómos.
Aquí les dejamos una entrevista sobre su quehacer literario y narrativo, sobre la resistencia de una librería que tal vez cerró su espacio físico, pero que sigue en pie en medio de la virtualidad, llevando el la materialidad de otro modo porque, si no hay clientes en las librerías, siempre existirán niñas y niños dispuestos a escuchar historias, cuentos, anécdotas y fantasías. Ahí están afuera, sentaditos en medio de un patio, en las plazas públicas, con los oídos y los corazones abiertos.
No lo olviden, juntos ¡incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero