DANIEL MARTÍNEZ
Los libros de correspondencia o diarios son un documento valiosísimo para quienes queremos indagar acerca de la vida y obra de un artista o escritor. Nos pueden brindar datos invaluables a la hora de hacer una investigación, nos pueden dar cuenta del proceso de escritura de un libro o nos pueden dar claves para entenderlo; a veces incluso podemos enterarnos de acontecimientos de la vida que dieron motivo a la creación de la obra. En otros casos, sin embargo, nos sirven sólo para enterarnos de algunos detalles de la vida íntima de las personas que, más que información valiosa, pueden resultar hasta bochornosos, y pertenecen más a un ámbito que llamaremos “chismografía literaria”.
Cuando tenemos acceso a una carta o un diario nos metemos no sólo en la vida privada de las personas, sino en lo más profundo de sus pensamientos íntimos. Son textos que se supone no escriben para ser publicados, sino para que queden en el dominio de lo privado, con sus personas queridas o amadas. Cuando los escritores redactaban las misivas o los diarios, ¿eran conscientes de que algún día podían ser vistos por cualquier persona? Quizá sí, pues la publicación de los epistolarios es algo que se viene haciendo desde hace bastante tiempo. Pero más de una vez me he preguntado si no estaremos incurriendo en una especie de intromisión impúdica cuando nos metemos a husmear en la correspondencia privada de algunas personas, en este caso escritores.
En La conciencia de las palabras Elías Canetti dedicó un largo capítulo a referir detalles de la vida sentimental de Franz Kafka basándose en la correspondencia a la que tuvo acceso. En algún momento se hizo algunos cuestionamientos semejantes, pero no le tomó mucho tiempo resolver la cuestión. Escribió:
“Sin embargo, la primera impresión que produjo su lectura fue de penosa perplejidad y de vergüenza. Conozco personas cuyo embarazo fue en aumento a medida que leían estas cartas y que no lograban liberarse de la sensación de estar irrumpiendo precisamente en territorios vedados (…) Estas personas merecen todo mi respeto, pero yo no me cuento entre ellas. Leí estas cartas con una emoción que ninguna obra literaria me había producido en muchos años. Ahora forman parte de esa serie inconfundible de memorias, autobiografías y epistolarios de los que se nutría el propio Kafka. Él, cuya máxima cualidad era el respeto, no vacilaba en leer y releer las cartas de Kleist, de Flaubert y de Hebbel.”
Visto de esta manera, podemos dispensarnos pensando que somos parte de una tradición de lectores de epistolarios y que los propios escritores en cuyas vidas irrumpimos hacían lo mismo con los que los antecedían. Quizá el que haya pasado cierto tiempo del fallecimiento del escritor nos pueda ayudar también a reducir los escrúpulos que nos invadan. Además, la profunda admiración que tenemos hacia ellos nos impele a querer saber hasta el más nimio detalle de su biografía (no vayan a pensar que lo hacemos por puro morbo). O en todo caso, quienes deberían tener más escrúpulos no somos quienes los leemos sino quienes los publican, muchas veces con la autorización de los familiares o herederos. Y así, podemos charlar ―para decirlo con un eufemismo― o escribir libremente sobre las cosas de las que nos enteramos. Un día, por ejemplo, sin esperarlo me di cuenta de cómo la amistad entre Alfonso Reyes y Julio Torri terminó por un libro prestado. Sí, así como se lee: por un libro supuestamente prestado y no devuelto.
Alfonso y Julio nacieron con pocos días de diferencia y pocos kilómetros de distancia. Mantuvieron una amistad de más de más de medio siglo, entre aprox. 1907 y 1959, año de muerte de Reyes. Mientras Alfonso duró mucho tiempo fuera de México, Julio no salía del país. La biblioteca del regiomontano se hipertrofiaba de tantos libros que recibía de amigos y admiradores, mientras que la del saltillense se empobrecía, quizá por apuros económicos. En una carta de 1921 Alfonso le dice a Julio que en algún momento tuvo que vender por necesidad el Tesoro de la lengua castellana o española de Sebastián de Covarrubias y Orozco, pero que si aún guarda “el otro, aquel en que está el Tesoro con el Aldrete (es decir una edición posterior en la que añadía el Origen de la lengua castellana de Bernardo de Aldrete), cuidado, que se cotiza en más que la primera edición”. Pasaron casi 40 años y en mayo de 1959 en Biblioteca Alfonsina, Boletín núm. 5 apareció este párrafo:
“Cuando salí de México para Francia, en 1913—mi primera ausencia del país—, iba en mi equipaje un ejemplar del Tesoro de la Lengua de Sebastián de Covarrubias Orozco (Madrid, 1611), y dejé en México, como préstamo a un amigo, la segunda edición de esta obra, completada con el discurso de Bernardino Aldrete sobre “el origen y principio de la lengua castellana”. Yo ignoraba entonces que esta segunda edición se cotizaba a mayor precio que la primera. De esta segunda edición me despedí para siempre, pues cuando regresé al país en 1924, mi amigo no pudo darme noticia de ella.”
Torri se sintió aludido e inmediatamente le escribió a Alfonso: “Veo con pena en el Bol. 5 de tu biblioteca, que sigues creyendo que yo te birlé tu Covarrubias. Con toda energía protesto una vez más que soy absolutamente ajeno a esta pérdida”. Y le explica en una serie de cuatro puntos por qué él es inocente, argumentando que en ese año Alfonso tenía amigos más allegados a quienes confiar un libro valioso, que en su correspondencia no hay ninguna mención de él (aunque ya se vio que en una de 1921 sí se menciona) y, en el tercer punto hace mención de Manuela, la esposa de Reyes, diciendo: “Creo que Manuela, para desviar la cólera hacia algún familiar suyo, y ante la aparición del libro recientemente notada, ha echado mano del servicial Julio Torri para colgarle el sambenito del robo”. Reyes le contesta a los pocos días diciendo que él no fue el amigo aludido, que le ofrece una satisfacción y que le duele que haya mezclado a Manuela en el asunto y que si no estuviera enfermo iría a verlo en persona. Ahí termina la correspondencia, en parte por el tema y en parte porque a Alfonso le quedaban pocos meses de vida. Sin embargo, en la Capilla Alfonsina se encuentra junto a esta última carta una explicación de Reyes que dice:
“Esta historia del libro la conté de cualquier modo, nada más por darle aire. Ni me importa nada, ni menos he agraviado ni nombrado para nada a Torri, con quien mi vieja y fraternal amistad me autorizaba además a portarme con cierta travesura y buen humor. Él se puso solemne, habló de ‘su honradez’ y se puso el saco porque quiso. Se permitió una alusión de muy mal gusto a Manuela, y habló, no sé por qué, del servicial Julio Torri. Pues yo no le debo servicios y él me debe varios a mí. No tengo nada contra él y externé mi benevolencia para él como no lo hubiera hecho con nadie. Sospecho que he contribuido a darle nombre cuando nadie le hacía caso. El pobre ha venido juntando rabia contra mí gratuitamente. Tal vez porque le molesta que siempre le pongan como en mi séquito, y en eso tiene razón. Al venir los festejos de mis 70 años y verse como secundario adorno de mis alegorías, estalló. No tengo la culpa. Lo comprendo y lo perdono.”
Parece muy evidente, por la mención del libro en la carta de 1921, que sí hablaba de Torri, que sí lo nombró. Y parece que no lo hizo sólo una vez, por el “una vez más” de Torri en su última carta. La explicación de Reyes, por lo demás, trae un tufo bastante condescendiente, me parece. ¿Realmente sí le colgaba el sambenito? ¿Torri acumuló un resentimiento por envidia? ¿El libro sí estuvo en manos de Torri o eran suposiciones equivocadas de Reyes? ¿Pudieron aclarar este tema y reconciliarse antes de la muerte de Reyes? En caso negativo, me entra la curiosidad de qué habrá pensado Torri al morir Reyes, con una amistad de toda la vida terminada por un libro. Pero todo esto pertenece, sí, a la chismografía literaria. Hasta la próxima.

Fotografía: Fundación UNAM. Alfonso Reyes.

Julio Torri. Autor desconocido.