ENRIQUE GARRIDO
En el mundo que se rige por la exigencia, la autoexplotación y la lógica de la producción, cualquier actividad que no genere ganancia resulta sospechosa. Cuando decidí estudiar letras la primera pregunta que escuché fue: “¿Y de qué vas a trabajar?” Venía de mi padre y creo que era justificada su preocupación, pues, como la mayoría de nosotros, fue moldeado en un sistema donde todas las actividades están orientadas a insertarse al modelo capitalista, que deben generar algún tipo de ganancia o ayudar a obtenerla. Con los años, uno descubre que ya no sólo importa lo que hacemos en nuestro horario de trabajo, sino también lo que hacemos fuera de él. Así, existen cursos para leer 1000 palabras en una hora u optimizar tu tiempo, gimnasios de 24/7, agendas por horas y planeadores mensuales.
No es para menos, la vida es cada vez más cara y el tiempo libre un lujo de unos pocos afortunados. Frente a cualquier posibilidad de apocalipsis, ya sea climático, económico, geopolítico, parece que a cada minuto estamos perdiendo un valioso recurso. Quizá en lugar de escribir esta columna debería estar invirtiendo en criptomonedas, cargando pesas y abriendo un emprendimiento que morirá como casi todos; sin embargo, escribir algo por el puro gusto, leer sólo por el placer de hacerlo, al igual que dibujar, pintar, mirar una película sin la necesidad de que nos reditúe algo más allá del disfrute es un vicio, una forma de vida difícil de abandonar, y que terminará por llevarnos a un vacío de improductividad.
¿Habrá belleza en eso que no nos sirve, o como dicen aquellas personas afines a la autoayuda, que “no nos deja crecer”? El artista japonés Genpei Akasegawa, en 1972, nos ofreció una respuesta que obtuvo gracias a una escalera hacia la nada; mientras paseaba por Yotsuya, Tokio, se percató de unos escalones que no tenían entrada, sin embargo, su pasamanos mostraba signos de reparación, lo que sugiere que todavía se le daba mantenimiento a pesar de la aparente inutilidad. Un año después Akasegawa descubrió una ventanilla de boletos en perfecto estado en la estación Ekoda, en la línea Seibu Ikebukuro. La madera contrachapada utilizada para entablar la ventana había sido cortada de forma cuidadosa para que encajara en la bandeja de piedra curvada de la ventanilla, desgastada tras años de uso.
A estos acontecimientos de los paisajes Genpei Akasegawa los empezó a denominar Thomasson o Hiperarte Thomasson (en japonés: Tomason, トマソン o Chōgeijutsu Tomason, 超芸術トマソン), refiriéndose a una estructura inútil, una anomalía arquitectónica que no cumple con su natural propósito o función, lo que la convierte en una obra de arte en sí misma, pues, como señala Genpei, sus características hacen de ellos “un objeto que, al igual que una obra de arte, no tiene ningún propósito en la sociedad, pero también, al igual que una obra de arte, se conserva con cuidado, hasta el punto en que parece estar en exhibición. Sin embargo, estos objetos no parecen tener un creador, haciéndolos aún más parecidos al arte que el arte normal”.
Los Thomasson podrían ser errores arquitectónicos porque desobedecen la lógica de un mundo donde todo debe justificar su existencia. Permanecen ahí sin producir, vender, optimizar nada, son ruinas que no se avergüenzan de haber perdido su función, pero que nos recuerdan que hay cosas cuya virtud es existir. Me gusta pensar esta columna así, como una escalera hacia la nada, pero a cuyo barandal le doy mantenimiento. No aumentaré su productividad laboral, pero si al terminar de leerla alguien decide dedicar una hora a hacer algo completamente improductivo, entonces verá, junto conmigo, la belleza de la inutilidad.
Contacto: quiqueescritor@gmail.com
Facebook: @Enrique Ricardo GarridoJimenez
Instagram: kike_garrido89
X: @henrykowsky