ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
Superman no es mi héroe favorito de la tríada de DC, lo he visto siempre con antipatía: el niño bonito, el que todo puede y nada lo vence, el personaje más perfecto que me resulta acartonado. Sin embargo, notable diferencia, sus villanos son una joya, que representa los antivalores y las fallas de la naturaleza humana. Sin duda, no es un secreto, los villanos de los cómics tienden a ser las representaciones simbólicas opuestas del superhéroe —Lex Luthor, por ejemplo, no es metahumano, aunque los detesta (a pesar de que a veces se sugiere que los envidia), pero es un empresario millonario que no requiere de poderes, sino de su notable inteligencia y su habilidad como estratega—, porque ellos son los reales acompañantes, que en literatura es más común de ver (aunque no es un secreto que los cómics son precisamente una literatura bien particular). Mi antipatía se debe a siempre lo percibo como un Gary Stu, lo cual lo vuelve unidimensional, plano y acartonado, pero esta representación se debe, en mayor parte, a las representaciones heroicas y, a veces, excesivamente solemnes.
Por otro lado, el cine de superhéroes ya está desgastado, esto en parte debido a la sobreproducción y la explotación del género, que en el pasado era visto con recelo, en parte por las tantas producciones pertenecientes a las fases del universo de Marvel y las de DC, unas fallidas y otras acercándose al cine noir e incluso a los grandes dramas cinematográficos. Tampoco hay que olvidar que previo al boom de los superhéroes hubo producciones que, en mayor o menor medida, fueron sentando precedentes para la explotación del género —por ejemplo, Los cuatro fantásticos y las primeras trilogías de Spiderman y X-Men (a la fecha los mutantes continúan siendo mis personajes favoritos de Marvel).
Estas primeras entregas, aunque limitadas en efectos especiales y con narrativas más convencionales, ya contenían los gérmenes de lo que después sería una maquinaria global de entretenimiento. Sin embargo, con el paso del tiempo, el género fue perdiendo el carácter de novedad y empezó a repetirse a sí mismo. La fórmula del “origen del héroe”, del villano con motivaciones personales y del clímax en medio de explosiones digitales se volvió predecible. Incluso los intentos por matizar a los personajes —dándoles traumas, dilemas morales o responsabilidades familiares— comenzaron a parecer calculados, como parte de un guion escrito por algoritmos más que por guionistas humanos.
Además, la saturación del mercado con series, películas, spin-offs y multiversos paralelos ha generado un efecto de fatiga en el espectador. No es raro que alguien se pregunte si necesita haber visto siete películas anteriores y dos series para comprender la entrega más reciente. El género ha dejado de ser un evento cultural que convoca multitudes para convertirse en una especie de deber de consumo continuo. Incluso los fans más fieles confiesan sentirse agotados, y no pocos han comenzado a voltear hacia otras propuestas narrativas, más modestas, pero también más frescas.
Por supuesto, aún hay excepciones —obras que logran revitalizar el género o proponer lecturas distintas, como Logan, Joker o incluso Spider-Man: Into the Spider-Verse—. Pero cada vez son menos. Pareciera que el cine de superhéroes, al haber alcanzado la cima de su hegemonía, comienza ahora su lento declive, no necesariamente por falta de público, sino por falta de riesgo, de imaginación y, en muchos casos, de verdadera necesidad expresiva.
Esto es el contexto, el presente, por el cual, además, ya el cine de superhéroes ya me hace sentir cierta antipatía, culpo en parte al exceso de producciones y también a los guiones que se han vuelto más simplones y menos arriesgados —creo que Marvel, al menos en las últimas fases, no suele tomar riesgos como antes y ya se ciñe a fórmulas, a diferencia de DC, pero su interés por hacer tanto dinero como Marvel les ha hecho perder el foco, pues la idea común (o el estereotipo mejor dicho) es que DC ofrece personajes más complejos y tramas más oscuras—, aunado a ello a un fenómeno de control de masas: la infantilización de la cultura. Es decir, entregar producciones, en este caso cinematográficas, cada vez más complacientes (a veces cayendo en fan service), maniquea (aunque hay producciones que constituye obras en las que presenta personas con claroscuros, por decirlo de una manera), reescriben dilemas morales en fórmulas fácilmente digeribles (desde problemas políticos, como lo son las invasiones extranjeras y la destrucción de poblaciones enteras, hasta dramas amorosos) y no arriesgada (siguiendo fórmulas ya establecidas, que empujan a una reiteración).
Pero ¿por qué control de masas a partir de un fenómeno así? Al menos para Žižek, hay una ideología detrás de estas películas, cuyo fin es conservar el orden, ofreciendo una narrativa tranquilizadora, maniquea y emocionalmente digerible, con el fin de mantener a sus espectadores en una posición pasiva (no hay un ejercicio crítico cuando, al menos en los cómics y las producciones de antaño, sí lo había, por ejemplo los mutantes que criticaban el racismo y la discriminación), dependiente (el plato está servido y solo es cuestión de comer lo que hay, sin ejercitar la crítica) y emocionalmente controlada.
En este sentido, lo que parece simple entretenimiento es, en realidad, una forma eficaz de intervención ideológica: se adoctrina sin que el espectador lo perciba como tal, pues el mensaje se disfraza de emociones universales —el heroísmo, la redención, el amor filial— vaciadas de cualquier tensión histórica o política real. Žižek insiste en que esta forma de cultura no confronta al sujeto con el conflicto social, sino que lo anestesia: lo reconforta con soluciones individuales, lo entretiene con dilemas ficticios y lo aparta de cualquier responsabilidad colectiva. La infantilización se convierte entonces en un dispositivo de control: produce sujetos que ya no desean emanciparse ni transformar el mundo, sino ser protegidos, recompensados y emocionalmente contenidos. Bajo esta lógica, el consumo cultural se vuelve una especie de consuelo sin consecuencias, una política del afecto superficial que sustituye a la acción crítica y, por lo tanto, a toda posibilidad de cambio.
Por estas razones, la saturación del cine de superhéroes, mi antipatía al personaje de Superman y la infantilización de la cultura, mis esperanzas por esta nueva adaptación del kryptoniano eran moderadas, aunque me emocionaba que este producto, con un nuevo Superman y una nueva lectura, se alejara, al fin, de la rimbombante y patriótica lectura de Zack Snyder. No contaba con expectativas, aunque hice un ejercicio, como en el caso de Vampira humanista busca suicida, y fue no investigar nada, no leer las críticas y el proceso de producción y tampoco ver los adelantos de Superman Legacy. Vine vacío, aunque había cierta fe, porque, como lector de DC, se han producciones y series de calidad, la serie de The Penguin, The Batman y el universo animado de DC (donde a mi gusto ponen toda la carne en el asador), pero en cuanto al llamado DC Universe no han sido tan gratas. Justamente, Superman Legacy sería la primera película en este reinicio, que es más bien un lavado de rostro, dejando a un lado a una buena parte del Zzznyderse. La vara era alta y, sin embargo, Superman Legacy fue una vuelta de tuerca.
James Gunn mencionó que no necesitaba ver las historias de origen de los superhéroes, las cuales ya se conocen, aunque no sea lector asiduo a los cómics y las novelas gráficas: el asesinato de los padres de Bruce Wayne, la mordida de la araña y la llegada de Kal-El a la tierra, dejando atrás un planeta que se destruyó. Esto lo mostró, al menos en las películas de DC, con The Suicidal Square, sí cuenta cómo se formó y quiénes eran los integrantes del escuadrón, pero no las historias individuales, y Peacemaker, un personaje olvidado a quien se le dio su espacio y ha sido exitoso. Su dirección, en cierto modo, fue ahorrarse esos orígenes y concentrarse en contar historias, distintas y poco conocidas, renovar a partir de un cambio de perspectiva y dirección.
Superman Legacy es parte de esta lógica, no muestra en ningún momento cómo Kal-El vino a la Tierra, pero sí hace menciones indirectas de su origen, aunque su foco se haya en los padres adoptivos, Jonathan y Martha Kent, granjeros en Smallville, Kansas. Su punto de partida, in media res, es mostrarnos la primera batalla perdida del kryptoniano. Justamente, la primera imagen de Kal-El es verlo herido, sangrante, cansado, pocas veces se observa un Superman así, pero no es para nada dramático, sino su presentación es también la de Krypto. Ambas presentaciones, lejos del melodrama, se acerca una sencilla lectura suave y cómica.
Ahora bien, muevo el foco en el perro. En los cómics y las distintas adaptaciones que presentan a Krypto como un perro blanco, bastante inteligente (más que el perro común), servicial, y, si bien no hay una raza definida, suelen relacionarlo con algunas razas caninas, como un labrador, un pastor blanco, o incluso un husky o dálmata. El golpe que Gunn asesta es presentar un perro distinto, fuera del canon, pero un perro en toda su perritud. Krpto ya no es un perro de raza, uno de sangre y competitivo, sino un Ozu, un perro rescatado y rehabilitado, que vivía con otros perros esperando ser adoptados. Un perro mestizo que vivió en situación de calle, como otros tantos perros y gatos que viven en las calles o en los refugios.
Este Krypto es como cualquier perro travieso, juguetón, que parece ser desobediente, pero solo es un canino que disfruta divertirse, aunque pareciera que no tiene límites. Tal vez la crítica a esta versión es que se esperaba que este Krypto fuera el de los cómics, un perro inteligente, diligente y serio, sin dejar de ser leal. Sin embargo, a veces las versiones impresas olvidan lo obvio: el Superperro no deja de ser un canino, con toda su perritud y toda su actitud y comportamiento. Lo interesante del Krypto de Gunn es la lectura, que se enfoca en una notable defensa y difusión de la adopción responsable, de acercarse a los refugios y a las calles para darle un hogar a los canes y felinos abandonados o que han perdido sus hogares. Ese foco me entusiasma, pues Krypto no es un simple perro, uno mestizo (trato de evitar la etiqueta que ahora los críticos han dicho: “un perro sin raza”), sino una invitación e incitación para acercarse a esos refugios y darles oportunidad a quienes no tienen hogar —como, en su momento, lo fue Stitch—. Mi preocupación, sin duda, es que haya una marea de rescate de animales, pero el hacerlo necesita de ciertas condiciones, que a veces se olvida. Un perro o un gato abandonado necesita de rehabilitación y no se va a comportar como el Krypto de la película. Estas mascotas necesitan de paciencia, trabajo, cariño y amor, son abandonados y no siempre serán amistoso, quizás mostrarán con mayor frecuencia miedo, angustia y ansiedad social, por sus historias y por sus vivencias que no siempre contemplamos. Estos animales guardan silenciosos sus historias, que no siempre son agradables y se necesita de tiempo para ayudarlos a sanar y darles la seguridad pertinente para que comprendan que esto es una oportunidad para seguir viviendo, un hogar.
Me asusta que haya una adopción masiva de animales de refugios y de las calles, sin que esos interesados tengan un real conocimiento de lo que significa rehabilitarlos y darles un hogar. Eso me asusta, porque se puede romantizar, como lo hicieron con los huskys cuando estaba de moda Game of Thrones. Mi padre solía decirme que veía en el Parque Arroyo de la Plata huskys abandonados, porque no son lo suficiente Game of Thrones o son excesivamente enérgicos. Perros abandonados porque estaba de moda tenerlos, pero las personas no siempre escuchan que esos perros requieren de atenciones particulares —los huskys tienen mucha energía y si no hay canales para reducir su energía (con ejercicio constante, por ejemplo), comienzan a guardar ansiedad y comienzan a destruir cosas o morder—, porque los perros y los gatos también necesitan satisfacer necesidades, son seres vivos al final de cuentas. Me asusta, pues, que se adopten animales de los refugios y después sean abandonados porque no son realmente Krypto, no son realmente lo que el cine reflejaba.
Deseo que este Krypto se vuelva en un símbolo de la adopción responsable, de acercarse a los refugios y darles una oportunidad, claro con los conocimientos y la apertura para darles tiempo y amor para rehabilitarlos. Porque los lomitos y los michis, además de las tortugas, las aves, los reptiles y los roedores merecen tanto el respeto de los seres humanos, al ser parte de este planeta y ser, una vez más, otras formas de vida que no siempre coinciden con nuestras visiones humanas.
Ahora bien, la importancia de llamarse Kal-El y Krypto es que sus nombres tienen un valor cultural, un símbolo de esperanza y amor, respeto a la vida y a quienes son distintos o diferentes a nosotros. Ambos, incluyendo a Kara Zor-El y Detective Marciano, son migrantes de otro planeta, que buscan en la Tierra un refugio, un espacio para vivir y hacer sus vidas. Construirse para ayudar. Precisamente, James Gunn apunta la lente a la crisis migratoria que se vive en estos tiempos. Expulsión masiva de migrantes ilegales, y al parecer también legales, además de estimular el discurso racista y discriminativo en contra de quienes viajan a un país para mejorar sus vidas, por las faltas de oportunidades en el propio. No hay que ir tan lejos, en México se discrimina a centroamericanos y sudamericanos, que buscan en nuestro país oportunidades que no tuvieron en sus países.
Sin embargo, es importante no caer en una visión ingenua del fenómeno migratorio. El derecho a migrar no puede confundirse con el derecho a delinquir. La hospitalidad, por más generosa que sea, no debe significar tolerancia hacia actos que afectan la seguridad, el bienestar o la dignidad de la población local. Así como exigimos que nuestros migrantes en el extranjero sean tratados con respeto y justicia, también es razonable esperar que quienes llegan a nuestro territorio actúen con responsabilidad, respeto por la ley y consideración hacia la comunidad que los recibe.
Migrar por falta de oportunidades es comprensible, y merece atención solidaria. Pero cuando esa migración deriva en actos como robos, estafas o maltratos hacia la población local, es necesario actuar con firmeza, sin generalizar ni estigmatizar a todos los migrantes, pero sí distinguiendo con claridad entre quienes buscan construir y quienes vienen a destruir. Defender los derechos humanos no implica renunciar a la protección del tejido social. La clave está en aplicar la ley con justicia, sin prejuicios, pero también sin ingenuidad.
Precisamente, esta triada de personajes, que aparecen en Superman Legacy, pone su atención en problemas sociales reales, que necesitamos atender en todos los niveles, porque al final del día somos partes de un planeta, a veces nos volvemos migrantes, a veces perdemos nuestros hogares o somos abandonados. A veces simplemente necesitamos nuestro refugio, nuestra Fortaleza de la Soledad.
