A vertical grayscale shot of a staircase between two buildings leading to upwards
Imagen: Freepik
No sé hablarte de amor
Y sin embargo,
cada vez que te veo,
algo dentro de mí se inclina hacia ti
como los girasoles al sol,
aunque tú no lo sepas.
Me preparo mil frases
cuando estoy solo,
ensayo sonrisas que digan más que palabras,
imagino momentos perfectos
donde mi voz no tiemble,
donde pueda mirarte y decirte,
sin miedo:
“me importas más de lo que imaginas.”
Pero cuando estás cerca,
todo eso se rompe.
Las palabras se vuelven torpes,
las certezas se esconden
y solo me queda el silencio,
ese silencio que me acompaña
cada vez que tú sonríes
y yo me callo.
No sé hablarte de amor,
pero te pienso a deshoras,
cuando el mundo duerme
y mi mente se llena de ti
como un cuarto oscuro
donde la única luz es tu recuerdo.
Te llevo en los detalles:
en la canción que repito sin razón,
en la forma en que miro el cielo
esperando que el viento me dé valor,
en los mensajes que borro
antes de enviarlos
porque “no es el momento”,
aunque todos los momentos contigo
me parecen eternos.
No sé decirlo,
pero me importas.
De esa forma suave, honda,
como los ríos que no hacen ruido
pero arrastran todo a su paso.
De esa forma callada
que parece nada
pero lo es todo.
Y aunque no sepa hablarte de amor,
te estoy amando a mi manera:
desde el fondo,
desde el alma,
desde este silencio lleno de ti.
La casa en blanco y negro
Afuera, la luz danza sin permiso,
colorea las calles,
pinta los rostros con risas que no me pertenecen.
El sol me sigue como si supiera
que mi alma aún busca un sitio que no es techo.
Las hojas brillan con tonos imposibles,
cada paso retumba con ecos de vida.
El mundo respira en acuarela,
palpita con una urgencia que me arrastra.
Pero cruzo la puerta…
y todo se apaga.
La luz ya no canta,
se vuelve silencio suspendido.
Las paredes no me miran,
los muebles son sombras que no escuchan.
Aquí todo es gris,
el aire pesa como un recuerdo que no se borra.
Las esquinas no tienen secretos,
solo repiten el eco de un latido ausente.
Mi casa no es hogar,
es un marco sin cuadro,
un lugar donde la vida se queda en la entrada,
donde yo también me vuelvo sombra.
Y en la penumbra de esta quietud sin abrazo,
pienso que tal vez
el color no se ha ido,
solo está esperando
que yo vuelva a encenderlo.
Segundas sombras
No soy el nombre que se piensa primero,
ni el mensaje urgente al caer el día.
Soy la pausa, el quizás, el “ya te aviso”,
la brisa que no deja huella fría.
Soy el eco detrás de los anhelos,
el plan B cuando falla lo ideal.
La risa que se escucha desde lejos,
el rostro que no es parte del mural.
No soy destino, soy desvío incierto,
la página que nadie quiere abrir.
El intento que espera en el silencio,
las flores que no llegan a latir.
Soy la voz que contesta en madrugada,
cuando el resto del mundo ya no está.
La opción segura, pero nunca amada,
la calma que no alcanza a despertar.
Y aunque escucho secretos que no dices
y sostengo lo que otros dejan caer,
me miras solo cuando cicatrices
te impiden, por un rato, florecer.
He sido faro en noches sin estrellas,
refugio en medio de la tempestad,
pero nunca el motivo de la guerra,
ni el fuego que desata tu verdad.
Te entrego lo que no sabes pedir,
sin exigencias, sin medir la piel,
pero en tu historia, suelo ser el fin
de un capítulo que no sabe a miel.
No pido tronos ni amores eternos,
ni promesas talladas en cristal,
solo deseo ser un verso honesto
en vez del punto al final del final.
Porque a veces, ser segunda mirada
es peor que no ser visto jamás;
te enseñan a quedarte en la nada
y a fingir que eso es normal, y ya está.
Aún así, sigo dando mi ternura,
aunque nadie la venga a buscar.
Hay belleza también en la penumbra,
aunque el mundo no la quiera nombrar.