ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
He hablado abiertamente de mi uso de PrEP. Desde hace aproximadamente año y medio, este medicamento forma parte de mis decisiones de cuidado personal. No imaginé que hablar de prevención pudiera convertirse en una invitación para que otros elaboraran diagnósticos sobre mi salud, juzgaran mi vida sexual o pusieran en duda mi palabra. Me han dicho que tengo VIH, que miento, que soy promiscuo y que seguramente oculto algo. Como si tomar una pastilla preventiva fuera una confesión que me hubiera faltado completar.
La profilaxis preexposición, conocida como PrEP, se utiliza para prevenir la adquisición del VIH en personas que no tienen el virus. No es un tratamiento contra el VIH ni permite deducir el estado serológico de quien la toma. Sin embargo, los prejuicios alrededor de esta herramienta persisten: un estudio de revisión de Sarah K. Calabrese documenta que sus usuarios suelen ser asociados con la promiscuidad, la irresponsabilidad sexual y la supuesta inmoralidad (Calabrese).
Lo he experimentado en primera persona. Mi decisión de utilizar PrEP no surgió de una obligación ni de la necesidad de demostrarle nada a nadie. La incorporé a mi vida porque quería hacerlo, porque consideré mis circunstancias y porque me pareció una opción adecuada para cuidar mi salud. No pretendo que los demás adopten mis decisiones ni que las aplaudan. Me basta con que no conviertan una medida preventiva en una sentencia sobre quién soy.
Hay una diferencia importante entre preguntar por una herramienta médica para comprenderla y utilizarla como indicio de una supuesta conducta. Decirle a alguien que debe tener VIH porque toma PrEP no es una sospecha fundamentada: es confundir prevención con infección. Acusar a una persona de promiscuidad tampoco explica nada sobre su salud. El número de parejas sexuales, por sí solo, no permite establecer el estado serológico de nadie.
Pero sería insuficiente abordar este asunto fingiendo que cualquier crítica al uso de la PrEP nace del prejuicio. También existen comportamientos que merecen una discusión seria: personas que presentan la PrEP como una garantía absoluta, que la utilizan como argumento para proponer relaciones sin preservativo o que mienten a sus parejas sobre su estado de salud, sus pruebas o las medidas preventivas que realmente siguen.
No se debe confundir una cosa con la otra. Utilizar PrEP es una decisión legítima; mentir sobre la propia situación sanitaria o engañar deliberadamente a otra persona es un problema distinto. La responsabilidad afectiva y sexual no desaparece porque exista un medicamento eficaz.
Conviene, además, precisar algo: la PrEP previene el VIH, pero no protege contra otras infecciones de transmisión sexual. Por eso, los preservativos, las pruebas periódicas y el seguimiento médico siguen siendo relevantes. La Organización Mundial de la Salud recomienda integrar los preservativos y los lubricantes en los servicios de prevención junto con la PrEP, sin recurrir a mensajes que avergüencen o culpabilicen a quienes la utilizan (World Health Organization).
Ahora bien, tampoco podemos afirmar que toda persona que toma PrEP para tener relaciones sin preservativo esté engañando a alguien o actuando irresponsablemente. Hay usuarios que, de manera informada y consensuada, deciden no utilizar preservativo en determinados encuentros. Esa elección no equivale por sí misma a mentir. Lo relevante es comprender los riesgos, conocer los límites de cada método y respetar los acuerdos entre las personas involucradas.
La diferencia está en la honestidad, el consentimiento y la responsabilidad, no en imponer una única forma de vivir la sexualidad. Una conversación seria sobre prevención debe permitirnos señalar las conductas engañosas sin convertir a todos los usuarios de PrEP en sospechosos.
Quizá el problema de fondo sea que seguimos utilizando la sexualidad como una medida del valor personal. Si alguien tiene varias parejas, se le juzga; si busca protegerse, se sospecha de sus motivos; si habla de su prevención, se le exige explicar su intimidad. Bajo esa lógica, ninguna decisión parece suficiente para librarse del juicio ajeno.
Yo he elegido hablar abiertamente de la PrEP. Otros preferirán mantener esa información en privado, y también tienen derecho a hacerlo. La prevención no debería exigir una declaración pública ni convertir la intimidad en una prueba de honestidad ante conocidos, parejas potenciales o desconocidos.
No escribo esto para presentarme como ejemplo de nada. Hablo desde mi experiencia porque sé lo que significa que una decisión personal sea interpretada como evidencia de algo que no demuestra. Y porque me parece necesario distinguir entre una crítica legítima a las conductas engañosas y un prejuicio que atribuye intenciones, diagnósticos y defectos morales sin pruebas.
La PrEP no vuelve a nadie infalible, pero tampoco convierte a nadie en culpable. Como cualquier herramienta de salud, tiene alcances y límites. Lo que hacemos con ella merece información, responsabilidad y diálogo; no rumores ni condenas anticipadas.
Al final, la pregunta no debería ser qué clase de persona imaginamos que toma PrEP. Deberíamos preguntarnos qué clase de conversación queremos construir sobre la salud sexual: una basada en hechos, consentimiento y respeto, o una en la que una pastilla basta para poner a alguien bajo sospecha.
Obras citadas
Calabrese, Sarah K. “Understanding, Contextualizing, and Addressing PrEP Stigma to Enhance PrEP Implementation.” *Current HIV/AIDS Reports*, vol. 17, no. 6, 2020, pp. 579–588. https://doi.org/10.1007/s11904-020-00533-y.
World Health Organization. “Condoms.” *World Health Organization*, https://www.who.int/teams/global-hiv-hepatitis-and-stis-programmes/stis/prevention/condoms. Consultado el 23 oct. 2026.