SAID ANTONIO CRUZ
Cada 31 de octubre, México experimenta un extraño cortocircuito cultural. Nos hemos acostumbrado a tropicalizar el Halloween, llenando las calles con monstruos de plástico importados, calabazas de supermercado y máscaras rústicas que huelen a látex barato; un simulacro estético que sirve más para vaciar los bolsillos en el centro comercial que para confrontar nuestros verdaderos miedos. Jugamos a replicar un terror ajeno, una puesta en escena rápida y empaquetada para el consumo inmediato. Sin embargo, las peores pesadillas se configuran detrás de las pantallas táctiles y en los altares que le hemos levantado a la inmediatez. Para evidenciarlo, déjenme rememorar Obsession (2025), la película de terror psicológico de Curry Barker.
Pues en Obsession, el horror no nace de un monstruo bajo la cama ni de una varita mágica; nace directamente de la incontinencia. De esa incontinencia emocional, financiera y afectiva que impide contener los impulsos, de esperar un turno o aceptar un NO por respuesta. De no recordar (o saber) que los cuentos de hadas son solo cuentos; pues, al usar el recurso de la varita mágica para forzar a Nikki (Inde Navarrete) a enamorarse de nuestro protagonista Bear (Michael Johnston), Baker ejecuta el cortocircuito del esfuerzo definitivo y la fantasía húmeda de la modernidad líquida*: lograr el cometido sin reparar en el proceso.
Parece que hoy en día ya se perdió el “cortejo” (lo sé, rancia palabra), la paciencia o la vulnerabilidad de exponerte al rechazo; preferimos hackear la voluntad del otro. El protagonista sabotea la libertad de la mujer que ama bajo la misma lógica mercantil con la que pides comida por una app o compras ropa por internet.
La varita mágica de Obsession es también el reflejo de una patológica fiebre del oro moderna: dinero rápido y vida de lujo. Mientras que la película conquistó la taquilla mundial a base de puro esfuerzo, levantando este hito cinematográfico con un presupuesto independiente de apenas cincuenta mil dólares. Sus personajes son incapaces de concebir la riqueza sin un milagro, miremos a Ian, el epítome del «criptobro» moderno, con su gran aspiración existencial e idea del éxito absoluto. Obsession es la radiografía exacta de una sociedad que rinde culto a la riqueza hueca, esa que se presume en videos cortos con autos rentados y fajos de billetes falsos. No quieres ser útil, quieres ser millonario; no quieres crear valor, quieres ostentarlo.
La fábula que habita en ti
El objeto mágico no corrompe a los personajes; simplemente funciona como el espejo que saca a la luz la miseria moral. El retrato más despiadado de esta podredumbre interna se asoma cuando la película desmantela las dinámicas afectivas de los protagonistas, hoy te venden el poliamor, las relaciones abiertas y los vínculos fluidos como la cumbre de la deconstrucción y la libertad ideológica, sin embargo, detrás de esa fachada de madurez moderna, lo que se esconde es el pánico generacional al compromiso real, a la responsabilidad afectiva y al dolor que implica sostener un vínculo en el tiempo. Quieres tener múltiples opciones simultáneas no por exceso de amor, sino por miedo al vacío.
La moraleja: el colapso del capricho
Como en toda buena fábula, el final no ofrece piedad. Barker cierra su trampa recordándonos que la juventud pasa, pero las consecuencias de la soberbia permanecen. Al final, atrapados en el bucle de sus propios caprichos cumplidos, los protagonistas se quedan solos en medio de su opulencia de plástico. Una advertencia de que la modernidad líquida siempre termina por evaporar a quienes se niegan a echar raíces, dejándolos sedientos en el desierto de su propio ego.
*Bauman, Z. (2005). Amor líquido: Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Fondo de Cultura Económica.
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