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A Valéry Miranda.
RENÉ FALCÓ
Me gustaría iniciar este texto con una breve incursión en las brechas generacionales de poetas que dividen la historia de la literatura en Querétaro. Esto para que el lector que no viva aquí o desconozca la cultura local pueda entender por qué actualmente no existen referentes claros de la poesía queretana y qué fue lo que sucedió.
En un principio estuvieron Francisco Cervantes Vidal, Salvador Alcocer, una tal Paula de Allende y algunos otros. Hasta ese punto puede ubicarse el origen de lo que serían las letras contemporáneas del estado. Después aparece un conjunto de voces que, desde mi perspectiva, dicen muy poco, pero que lograron consolidarse de manera inverosímil. ¿Quién los lee? ¿Por qué alguien siquiera los mencionaría? Me refiero a Tadeus Argüello, Tzolkin Montiel, Gerardo Arana y Luis Alberto Arellano. Si hubo más, poco o nada interesan en este relato, que busca generar más preguntas que respuestas.
Porque, en realidad: ¿hubo poetas antes que Francisco Cervantes Vidal? ¿Dónde comienza realmente la tradición poética de Querétaro? ¿Es la población la que decide quién es poeta o el poeta queretano se autoproclama?
Me gustaría detenerme en uno de esos autores que bien podría ser un gran desconocido: Horacio Warpola, fallecido el 4 de diciembre de 2024. Warpola no era queretano; por eso no figura entre las escasas dieciséis páginas dedicadas a poetas queretanos en Wikipedia. Así de reducida parece ser, al menos en apariencia, la historia literaria del estado.
Hubo un tiempo en que su obra me parecía incapaz de producir un verdadero impacto poético. Su objetivo consistía en mezclar lo digital con la poesía y construir una especie de performance que, a mi juicio, no terminó de funcionar. Sin embargo, al observar su trabajo con mayor paciencia, puede encontrarse una idea sugerente: la posibilidad de convertir el meme en una forma de poesía tautológica, de hacer que la imagen sea algo más que una imagen y transformarla en lenguaje abstracto.
Quizá su propuesta terminó reducida porque él mismo quedó atrapado por la necesidad de llevar la poesía cada vez más lejos. Aun así, dejó una pregunta importante: ¿cómo construir, desde internet, una figura poética que permanezca? Como un síntoma, como un bot, como una inteligencia artificial. ¿Hacia dónde llevamos la poesía?
Aunque la propuesta lírica de Warpola no sea de mi completo agrado, puedo reconocer que dejó una tarea pendiente para los escritores: estudiar la relación entre lo digital y la literatura. ¿Hasta qué punto podremos sostener la poesía con brutal honestidad?
Por eso creo que, de alguna manera, la carrera por las letras queretanas apenas comienza. Las generaciones de poetas que tenían una voz, un concepto y un propósito hoy están muertas o su trabajo se ha reciclado hasta el punto de manifestarse únicamente en open mics.
Y, para que la poesía queretana alcance el prestigio de escenas como las de Zacatecas, Guadalajara o la Ciudad de México —ciudades que hoy gozan de autores relevantes—, el camino será difícil. Los autoproclamados poetas actuales no son, en muchos casos, más que un intento frívolo, trivial y banal; una escritura sin intención, sin fuerza, sin concepto y sin emoción. Ahí situaría a Sebastián López, Javier Pacheco y Danucho, integrantes del antiguo colectivo llamado NEL, quienes, desde mi perspectiva, no han hecho más que empobrecer las letras y alejarse de aquello a lo que un escritor debería aspirar.
¿Y a qué debería aspirar un escritor? No lo sé con certeza.
Existen otras voces, como Andrea Garza, aka Perro Loko; Vita Villar; Varón de Humo; así como autores que ya no radican en Querétaro, pero cuya obra considero interesante, como Guillermo Hidalgo y Emilio Contreras. Sus textos podrían acercarnos a una posible respuesta sobre qué necesita la literatura queretana, independientemente de que sus autores hayan nacido aquí o no.
No afirmo que ellos sean escritores extraordinarios; sin embargo, sus obras contienen matices interesantes al momento de construir historias y desarrollar una propuesta literaria, en lugar de limitarse a concepciones frágiles de la existencia, como sucede, en mi opinión, con los antes mencionados integrantes de NEL.
El objetivo de este texto era, en el fondo, plantear una sola pregunta: más allá de Horacio Warpola, ¿qué queda de la llamada poesía queretana? El último intento de construir un concepto reconocible parece haber quedado abandonado.
¿Quién ofrecerá ahora algo verdaderamente digno? ¿Quién intentará hacerlo?
Nota al lector: Este texto no busca desacreditar a Horacio Warpola. Respeto su vida, su persona y su legado. Descanse en paz.