AGUSTÍN YEN HERNÁNDEZ
Pensé que había experimentado la belleza antes de aquella mañana. Esa sensación simbólica y primigenia, inherente a la condición de los espíritus que permanecen inalienados y que tienen la capacidad de contemplar la vida desde el punto más ínfimo de la existencia. Ese impulso creador, devastador, que se sitúa superior, fuera de la línea de las pasiones, pero que, paralelos, desbordan el alma en dicha y goce. Aisthesis: asimilar a través de todos los sentidos las particularidades de la vida y transformarla en una sensación reconfortable y sublime, tal vez, para la experiencia humana sería lo más cercano a entender lo numinoso. No es sencillo destilar la belleza frente a la cotidianidad aplastante de la realidad, pero cuando se logra extraer una gota dorada y cae en el sistema, es suficiente. La sustancia implosiona como un rayo dentro de cada neurona, cosechando y consumiendo todos los neuroquímicos posibles hasta que los sentidos quedan atónitos y agotados. Luego, de forma maravillosa, cada célula se llena de luz incandescente como un pequeño sol. He visto magníficas obras de arte en museos, galerías, plazas, jardines flotantes, todas estas creaciones consideradas desde la perspectiva del autor para arrancar el asombro y conmover la médula del espectador. He visto amaneceres fulgurantes y atardeceres de los rojos más perfectos inimaginables, expresiones vivas de la naturaleza desbordante, cielos titilantes colmados de estrellas y corazones tan profundos como los mares del norte. Ninguna sensación, ninguna imagen antes contemplada trasciende en mis fibras, como la imagen de luz que la vida me permitió contemplar ese día.
Llegó el jueves y con dificultad salí de mis laberintos para estar resuelto ante ella. Las tareas que pude realizar previas a nuestro encuentro parecían insignificantes comparadas con el flujo energético que se desenvolvía en mi mente. Sorpresivamente el tiempo se detuvo cuando arribé al lugar. Americano sin azúcar, cada sorbo de café era un suspiro prolongado. Para mí, no había letargo más dulce que la espera (debo confesar que por un momento temí que no se presentara). El umbral se iluminó en el momento en que ella entró en la cafetería. Cada elección, cada detalle encierra una intención: el athleisure gris me dejó saber que se sentía cómoda conmigo y me relajó aún más. Hay sueños que subyacen a ciertas realidades, en este caso, la forma en que su vestido se fusionaba a su silueta, pese a no ser entallado, iba más allá de todas mis expectativas oníricas. Descifrar sus pensamientos, escudriñar sus emociones, acercarme a su misterio, jamás fue consigna sencilla:
¿Pensará en mí en alguno de sus minutos perdidos, rozará mi etérea presencia, por mínimo, el cauce de sus ideas? Ante el caos cotidiano y las vicisitudes domésticas, ¿mis palabras causarán un eco en las regiones más insospechadas de su consciencia? ¿Estaré en sus sueños como ella en los míos? Cómo saberlo. Cuando te encuentras frente a frente ante el destino, es imposible ignorarlo y menos, cuando se presenta envuelto en un capullo rosado desbordante de feminidad.
Mis brazos son dos ramas que se alargan y germinan en tu cuerpo, tus brazos son el nido donde habita mi emoción. Cuando nos abrazamos se acorta la distancia entre millones de años luz de partículas entrelazadas, la asíntota se anula y todo tiene sentido. Esos mismos haces de luz que han recorrido la galaxia durante eones, ahora incidían en su cabello aún mojado, evaporando la humedad con el calor de su cuerpo. La luminosidad del ambiente dejaba ver los tonos castaños más cálidos y brillantes expresados en el espectro cromático. Cada corpúsculo que osciló entre campos magnéticos y sorteó eventualidades cósmicas para llegar hasta aquí, había encontrado su propósito en la magnificencia de su ser. Su cabello se extendía sobre el infinito y definía su rostro sobre los cuatro planos de la realidad. La existencia en fuga nos había concedido habitar en una misma región y un mismo momento del tejido infranqueable del espacio-tiempo, pese a esa gran fortuna, nuestras vidas no estaban unidas, se mantenían paralelas. Cuando lo pienso, me doy cuenta que tal vez nunca confluyamos del todo en una misma línea. Ese pensamiento era sombrío y triste y contrastaba de manera paradójica con la belleza del instante. Estar frente a ella, era la única posibilidad de saber que en esta precisa realidad, posiblemente nunca seríamos uno. La idea recurrente en mi cerebro me arrojaba al vacío y a las más hondas cavilaciones.
El soundtrack de mi vida se compone en su mayoría por las atmósferas experimentales y depresivas que construyen los acordes estridentes de la banda británica Radiohead. Pese a esto, esa mañana se escuchaba en mi cabeza When the Sun Hits de Slowdive, como una premonición. Su presencia es tersa y profunda, cuando pienso en ella difícilmente puedo evitar traer a la memoria los paisajes sensoriales que construye capa a capa el shoegaze. La belleza está fraguada en la conciencia humana entre la danza eterna de las posibilidades de permanencia y los puntos de aptitud que busca la especie. El impulso biológico de los genes necesita trascender más allá de las generaciones. El motor de la vida estableció derroteros precisos para identificar los marcadores de la fuerza y el vigor en cada ser. Pensar la belleza sólo desde la fría óptica del microscopio o desde la mecánica estructural que establece la neurociencia, sería injusto ante lo abstracto y complejo del pensamiento humano. Resulta hermoso imaginar que no es tan sólo la biología lo que despierta en mí ese deseo irrefrenable, que hay en ella una conjugación de las fuerzas cósmicas que me es inevitable y predestinada.
Se sentó frente a mí extendiendo sus alas. Mis sentidos estaban tan despiertos que pude percibir el campo bioeléctrico que emanaba de su cuerpo, su energía cálida y sobrecogedora se empataba con la mía absorbiendo toda discrepancia. Los picos eléctricos armonizaban como una melodía de Bach. En ese momento supe que no era tan sólo mi imaginación. Las miradas se sincronizaron, las pupilas dilatadas estallaron. Floreció en mí la sensación más sorprendente y hermosa que jamás sentí. No supe cómo codificar toda la luminiscencia que se desprendía de su ser, de momento me dejó perplejo. Tuve la sensación de haber estado extraviado durante muchos años y después de un largo camino encontrarme en sus ojos. Entendí, después, bajo el recuento de las emociones vividas, que aquella mañana había experimentado el verdadero éxtasis de la belleza.