ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
Le di de desayunar, papilla y vitaminas, no le gustaba, me hacía ver cada vez que le daba de comer el desagrado que le causaba ser alimentada así. Cada vez que lo hacía, me partía el alma porque comer era de los momentos más felices para ella, comer de todo y disfrutar del helado (su favorito fue queso con zarzamora, aunque no le hacía el feo a la fresa). Recordaba el gusto de verla disfrutar la pasta de mi madre y el arroz de mi abuela. Comer, le encantaba comer, y verla así, me quebraba, y a veces debía ser fuerte o incluso duro para no quebrarme al verla así. Comer y correr, las dos actividades que disfrutaba tanto y que compartí con ella.
Sin embargo, esa papilla, sabía extraño, no mal, solo distinto, aunque para ella, para Huesos, no era lo que normalmente le habría encantado comer, aunque procuramos darle ciertas libertades, ciertas tolerancias, a pesar de que eso iba en contra de las recomendaciones médicas. Ella dio toda su vida y nosotros la abrazamos para entender su situación de salud, amarla y acompañarla, porque sabíamos que era el inicio de su salida al universo, a la eternidad, el regreso a ese silencio vibrante del que no sabemos nada y solo nos queda ser el correlato de su existencia.
Ella me miraba con sus ojos, aún tiernos, mostrando el paso del tiempo y las distintas maneras en las que se presenta la vejez. No terminaba de acostumbrarme a los ojos amarillos y el aroma peculiarmente ácido de un paciente renal. No terminaba de acostumbrarme, a pesar de que no era la primera vez que acompañaba a una de mis mascotas para el ingreso al universo y por un padecimiento renal. Aún recuerdo las palabras de su médico veterinario, aún me cuesta entender cómo un órgano (o la falla de éste) afecta a su sistema, y no siempre el estilo de vida es el culpable, sino simplemente el órgano falla, o no trabaja al cien: si no fuera por sus riñones, ella estaría sana. ¡Vaya consuelo, vaya absurdo! Aunque, bien sabía, que de alguna manera buscaba dar consuelo para que comenzara a aceptar que su tiempo se iba a renovar para irse a su universo, ajeno a lo humano y lo terrestre. Riñones. Entendí con Cuco lo importante que son, por eso que cambié ciertos estilos para ayudar a los imios, considerando la cantidad de medicamentos que consumo por un tema neurológico. Sin embargo, vivir una segunda vez esto, acompañando no solo a una mascota, a un perro, sino a un familiar más, me hacía sentir frustración y molestia, porque me habría gustado “quitarle su riñón con fallo” y darle uno. Trasplante. Incluso, comencé a leer estudios, todo en teoría por supuesto, sobre las posibilidades del trasplante en animales de compañía, sobre las posibles oportunidades y opciones. ¿Trasplantar un órgano se podrá con un canino, como lo ha sido con seres humanos? Leí que, si bien es un procedimiento realizable, la tasa de éxito es de 40%, lo cual implica que el paciente tome de por vida medicamentos inmunosupresores, además de que selectas instituciones y universidades realizan el procedimiento, además de que, seamos claros, Huesos ya era una canina con diecisiete años de edad, y, bajo una hipótesis de que se realizara, habría sido muy agresiva para ella, además de que el porcentaje de tolerar una cirugía así eran bajas, por el tema de su edad.
Se tomó la decisión de acompañarla hasta donde ella quisiera llegar, aunque con su primera crisis vino mi primer acercamiento a su ausencia. Ella ya no era joven, ya no era la perra veloz que corría, que ladraba y hacía sus cosas de perro, en toda su perritud, no precisamente porque dejara de ser ella, siempre lo fue, con toda y su perritud, simplemente había envejecido. Su primera crisis me hizo darme cuenta de la finitud, aunque, en mi egoísmo, le pedí un año, un año más y ella me lo permitió. Ese año fue particularmente molesto, me habría encantado no separarme de ella, estar a su lado, pero el trabajo, el estar encerrado en una oficina, a pesar de que mostraba otra cara a mis compañeros, me hacía sentir desagrado. Estar encerrado en un espacio, con personas que no son mi familia y que las circunstancias nos hacía convivir, aunque realmente no había un interés, al menos de mi parte, de estar con ellos. No porque fueran malos, sino mi evidente espectro autista, mi incapacidad para socializar, prefería estar con mi familia, con mi espacio seguro, cómodo, que estar con personas que no pertenecían a mi familia nuclear. Esa sensación se duplicaba porque jamás dejé a Cuco, tenía la posibilidad de estar con él durante su enfermedad, por la comodidad de haber sido becado para estudiar un posgrado, sin las preocupaciones de ir a por la papa. Me habría encantado estar, no separarme de Huesos, pero debía trabajar. Entender que a veces no siempre se puede, pero mi hermano y su pareja sentimental, de ese momento, apoyaron para acompañarla, de no dejarla sola, de llevarla a sus salidas, de abrazarla. De amarla como se merecía, porque el amor no tiene porqué ser selectivo, debe ser un acto, o una serie de actos, de libertad, de apoyar y acompañar, de abrir canales de comunicación y de afectos. Amar no es un gesto exclusivo entre humanos, es amplio e incluso se puede amar, sin todo el peso sexo afectivo que suele darse al amor. Distintos tipos de amor, uno de ellos es a otros seres vivos, a otros compañeros en este planeta.
Sin embargo, también amar fuerza a tomar decisiones duras y dolorosas, es aceptar que debe soltarse y abrirse a otros caminos. Acepté trabajar en una oficina, no porque no me quedara de otra, sino porque, por un lado, debía pagar parte de nuestras cuentas, aportar para que se tuviera un mejor desarrollo, aunque mi hermano y su pareja siempre fueron gentiles conmigo, y especialmente con ella. Acepté porque debía tener dinero, aunque a mis jefes y compañeros llegué a engañarlos de que lo hacía porque estar con ellos era mi sueño. Realmente no lo era, era una mentira para mantener al lobo dormido, porque mi verdadero sueño es tener un rancho, cultivar, tener animales y ser autosuficiente, producir para el auto consumo y tener un espacio para rehabilitar animales en situación de calle y encontrarles un hogar, porque Huesos, Pico, Negro y Robin nos eligieron como su familia y nos han abierto caminos a amores con distintos matices y rico en experiencias. Aunque, lo admito, socializar ahí me hizo generar buenas comunidades y experiencias tan desagradables. Tal vez parte de mi acto de amor fue buscar mayor comodidad financiera para poder mantenernos en un espacio de lo saludable. Así es la vida de adultos, nuestros padres han tomado decisiones así, para que nuestra salud y nuestra vida sean lo más fáciles para nosotros.
Me habría encantado estar con Huesos, pero el mero acto de amor me llevó a tomar ese camino, aunque también trabajar ahí fue una buena oportunidad. Pero Huesos estaba ahí, para mí, aunque casi siempre volvía y ya dormía, ya estaba cansada, porque sus viejos huesos también se cansaban, de vez en cuando volvía el dolor por los riñones. Su sangre llevaba toxinas que sus riñones ya no podían filtrar, pero nadie era el culpable. Solo un organismo dejó de trabajar como se debía, porque había envejecido. Aunque Huesos lo hizo con estilo, con felicidad, nada le faltó, pocas veces se enfermaba (y en sí sus enfermedades eran simples, consecuencias de sus caprichos por su amor a la comunidad, por empacharse). Vivir así, morir acompañada fueron decisiones nacidas del amor. Incluso, el amor nos hizo decidir y aceptar que mantenerla con vida era inviable: tratamiento cada vez más agresivo, mantenerla en un dolor constante y bajo situaciones en las que no habría calidad de vida. Aceptar que su cuerpo no era el mismo y dejarla ir.
Los fines de semanas y mis días libres fueron para estar con ella. Rechacé viajes, fiestas y salidas, presentaciones y actividades literarias, porque quise estar con Huesos, no dejarla, no abandonarla, porque sentía que en los días laborales la abandonaba. Aunque esas decisiones, los rechazos, no siempre eran comprendidos por los demás, me veían raro porque les mentía y sabían que era mentira y callaban. No me gustaba dar explicaciones, porque no quería extender y estar definiendo qué era estar con Huesos, porque amar a otro ser vivo, no necesariamente un humano, no siempre es comprendido; temía mi reacción ante situaciones de “haces todo por un simple animal”, “es un perro”, “por qué tu vida gira en torno a una vieja perra”. Y no, no se trata de eso, simplemente es un amor que no siempre es entendido. Jamás entenderé porqué hay quienes abandonan a perros y gatos, solo porque dejaron de ser bonitos, de haber crecido y volverse adultos.
Huesos me enseñó a amar, a disfrutar la vida, a seguir avanzando y luchar por mis objetivos, porque siendo autista mi acercamiento con lo humano me hacía sentir nervioso, extranjero entre una comunidad de humanos que hablan mi mismo idioma y tenemos una cultura en común. Porque Hueso no era un simple perro que se rehabilitó de la calle y nos brindó su vida y nos invitó a su perritud. Porque Huesos era y eso me bastaba. Me enseñó a abrazar la diferencia, a aceptar mi contexto de salud (aunque me cueste) e ir adelante para entender mis cambios de humor. Mi autismo, a pesar de que haya cruzado camino con patanes, con idiotas que jugaron —aún recuerdo cómo Huesos rechazaba a mi primera pareja, lo detestaba, sabía cosas y no escuché; mi primera pareja fue de las personas que más me lastimaron, y no quise escuchar a Huesos, a mis padres… a mi hermano—, pero también me crucé con personas fenomenales, personas a quienes he adoptado como hermanos, hermanas, tías y compañeros, porque reducir la vida a simples parejas sexo afectivas es reduccionista. El amor es amplio. El amor es aceptar la diferencia, es amar lo diferente, sin el tufo de la discriminación y el resentimiento. No estoy resentido, amo a mi manera, pero solo a quienes haya aceptado en mi universo. Como Huesos compartió el suyo, me hizo ser parte de su universo.
Excelente reflexión, nos gace entender el verdadero amor, el amor que aveces la sociedad critica y degrada, comprender que el verdadero amor no solo proviene de un similar, sino que puede venir envuelto en lanita y colita. 🐾
Que hermosa forma de ver las cosas y salir adelante