ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
El SAT se levanta, hay que intentar vivir, aunque el sol caiga sobre nuestros hombros e intenta ridiculizarnos con sus lengüetazos, cayendo sobre nuestros cuerpos. Quisiera pensar que, aunque me parece notablemente ridícula, la espera pudiera tener, al menos entre las personas más facultas, proporcionar mayor dignidad. Incluso cuando las filas se mueven con la lentitud de una penitencia.
El SAT está al frente, mientras el sol cae sobre mis hombres y me ridiculiza con sus lengüetazos por todo mi cuerpo. Quisiera pensar que la lentitud de la fila, la que circula por aquí y va más allá de esta construcción, es más una letanía para nuestras penitencias. Es julio y cada uno carga su sobre manila como si fuera una extensión de nuestras dignidades. Ahí, entre la gente que madrugó o hizo su cita para un trámite incomprensible, y los que repiten lo que les dijo “el contador del primo”, hay un murmullo constante: recetas, consejos, versiones. Es un zumbido de certezas dudosas que se transmite con confianza. En ese espacio donde reina la desinformación disfrazada de sabiduría popular, uno puede ver cómo la ignorancia no solo persiste, sino que se organiza, se reproduce y, sobre todo, se aprovecha. Virtudes para quien realmente cree en la ignorancia como poder o fallas para quien cree que la virtud radica en el poder ejercido sobre los ignorantes.
Lo que me sorprende no es que haya personas que ignoren los detalles técnicos de un trámite fiscal —faltaba más—, sino la confianza con la que repiten barbaridades. Gente que nunca ha llenado una declaración anual, pero “sabe” que si no pones el RFC de tu casero te pueden embargar. O esa señora que, con voz de autoridad, asegura que Hacienda ya está cobrando por hacer transferencias entre cuentas propias. Pasa lo mismo en otras esferas: salud, derecho, política, historia. No saben, pero opinan. Con voz fuerte, con tono seguro, con esa fe ciega que solo da la ignorancia.
Y hay quienes se aprovechan de eso. La ignorancia organizada es rentable. Basta salir de esas oficinas del SAT para ver a los “asesores” con cara de ministros desmañanados que, por $150, te llenan un formato —mal— o te dan una cita falsa. O los que dicen ser “gestores” y te cobran por bajarte un PDF. No es solo desinformación: es explotación. Un país donde el conocimiento es privilegio y la duda se castiga con burla, abre paso a que cualquier listillo haga negocio.
Pero no es un asunto de papeles. Es un tema ético. Porque la ignorancia también es poder, sobre todo cuando se convierte en herramienta de manipulación. Lo vemos en los discursos políticos, en los influencers que opinan de salud pública con más fe que pruebas —como el papanatas que cree merecer más que los médicos, solo por estar en la industria del entretenimiento—, en los columnistas que se burlan de lo que no entienden —usual entre los medios tradicionales y los llamados críticos de cine—. Lo grave no es que no sepan. Es que les encante no saber.
Zacatecas, con sus edificios de cantera y sus plazas coloniales, parece el escenario perfecto para este contraste. Afuera del SAT, hay una casona medio en ruinas que fue, dicen, propiedad de una familia poderosa. Adentro ya no queda nada. Solo cáscara, paredes ahuecadas y una sombra de lo que alguna vez fue. A veces creo que esa casa es una alegoría del pensamiento público: una fachada imponente con poco sustento detrás.
Y, sin embargo, hay destellos. Como esa señora con blusa de flores que, al ver a un adolescente confundido con sus papeles, le dice sin condescendencia: “Mira, mijo, mejor ve a preguntar directo adentro. No hagas caso de lo que dicen aquí afuera”. La voz baja, sin adornos, sin querer presumir. Ella también ignora algunas cosas, pero sabe cuándo callar. Y eso ya es sabiduría.