ISRAEL ÁLVAREZ
En ciertas épocas del año es cada vez más común encontrar abarrotadas las calles de sujetas y sujetos vestidos con togas sobre trajes de noche dejándose retratar con el pueblo iluminado como fondo. Un poco después, una vez fotografiados, tienen sus fervientes ceremonias de las que salen con un ramo de flores en una mano y una carpeta adornada en la otra, ahora sí, a confrontar el mundo. Ya están graduados y están listos para lo que sigue, llámese posgrado, vida laboral o desempleo. Cada año cientos de entusiastas estudiantes concluyen su formación en diversas disciplinas, a veces tan útiles a la sociedad como se oferta en las convocatorias. El negocio de la educación vende ilusiones que se puede ir pagando en parcialidades por el resto de la vida.
Sin embargo, y por mucho, es mejor conducir uber o didi teniendo posgrado que sin él. Los graduados de historia, pedagogía o alguna de esas cosas sociales quizás se hayan enterado de las luchas para que la educación fuera laica, gratuita y obligatoria. Irónicamente, esas enseñanzas se las brincan en la educación privada que crece cada día más y suele estar, a veces, a cargo de asociaciones religiosas, pero siempre, por supuesto, con finalidades empresariales ¡ah sí!, y educativas. Eso de la obligatoriedad en la educación, seguramente, tenga más que ver con las cifras del analfabetismo y los estándares mundiales para que el país no siga pareciendo tercermundista en las gráficas, al menos no en las propias.
En las ceremonias de graduación prevalece una especie de melancolía por eso de que un nuevo ciclo termina y comienza otro. Todos los casi excompañeros se abrazan y atesoran los días que pasaron juntos en las aulas o afuera de ellas porque había paros, huelgas, plantones, días feriados o nomás porque no se les antojó asistir y decidieron irse a vivir otro tipo de experimentos sociales y experiencias que no se volverán a repetir como las huelgas. Se acaba por fin la inversión que hicieron los padres y que parecía no tener fondo. Pasajes, comida, renta, ropa, libros, libretas, lápices, plumas, caguamas, convivios, viajes de prácticas, exámenes extraordinarios, inscripciones, cursos, cuotas involuntarias, pero sobre todo, esa maldita y costosa ilusión de abandonar la insensatez.
En un mundo cada vez más preparado para quién sabe qué, todos los días hay múltiples descubrimientos e inventos a cargo de muchos de esos graduados que trabajan duro y ayudan a hacerlo mejor, más cómodo y más placentero, aunque sea para otros que no son ellos. Un mundo educado es por mucho mejor que uno sin educación y que bueno que haya múltiples opciones para dedicarse a lo que cada quien, su familia o el mercado necesite. La cosa está en que sigue resultando dudoso si los que toman las decisiones más importantes, esas que afectan a todos los educados o no, estudiaron para llegar a sus finísimas conclusiones o nomás se despiertan pensando como joder.
En las graduaciones se aplaude porque es un mérito que no cualquiera, aunque lo deseé, puede lograrlo. Desde los más pequeñitos que ya aprendieron a limpiarse bien los mocos, a ir al baño y a hacerle honor a una bandera, hasta los más viejos que descubrieron por fin que el sentido de la vida es el sinsentido y que Platón, Aristóteles y Marx ya lo dijeron todo para poderlos citar adecuadamente a pie de página y recibir más aplausos por eso. Educarse no es nomás irse por un ducto institucionalizado para encontrar un trabajo mejor y, si así fuera, contrario a lo que pregonan los patrones, el trabajo todavía no logra vencerlo todo. Hay gente muy trabajadora que nunca se graduó y todo lo contrario. Aunque así lo enseñen en las escuelas, trabajador no es sinónimo de exitoso; educado y millonario, tampoco.
Los graduados pululan tomándose fotos para colgarlas en alguna pared que se va a ir agrietando y haciendo vieja junto con ellos. Las fotos contienen el miedo a envejecer y al sinsentido como anclando la melancolía a un clavito en la pared. Pero que lindas lucen las coloridas flores que terminaron en un gris polvo cotidiano. A las sonrisas incipientes y optimistas se les puede consultar de vez en cuando para recordarse menos trágicos, más flacas, con más cabello y con toda la deuda de la ilusión todavía por pagar. Puede que la educación sea libertad y conciencia. Libertad para elegir en qué se puede ser un poco menos imbécil y conciencia para saberse menguado en el resto de las opciones y entonces, ahora sí, poderse graduar vistiendo toga en cierta época del año.