J. Coffee
La luz del atardecer hacía que todo luciera más insípido y marchito de lo que realmente era. En la pared, el reloj marcaba las seis con treinta aparentando una sola manecilla. Unas altas zapatillas rojas se asomaron detrás de la puerta mientras un envolvente perfume empezaba a anunciar la presencia de su portadora. Tres golpes seguidos anunciaron el conflicto que justifica esta historia.
—Buen día, detective. Soy Dalia.
Disimulé la impresión invitándola a sentarse en lo que algún día fue un sillón de terciopelo verde.
—Mi marido está desaparecido y quisiera contratarlo para que lo encuentre. Estoy dispuesta a pagarle lo que quiera. No confío en la policía y no quisiera hacer esto más grande.
Sobre mi descarapelado escritorio, sus delgados dedos dejaron un sobre abultado que llamó más mi atención que el vistoso anillo de su dedo anular o las medias de red que combinaban con unos labios demasiado carmín para guardar luto.
Acepté el trato y tras un abrazo poco ético, la acompañé a la salida. Del otro lado de la puerta esperaba un chofer con aspecto de gorila con sombrero.
—En cuanto sepa algo, yo la busco, Dalia.
Antes de subir al Mercedes negro, puso una tarjeta en mi mano.
—Para usted, estaré disponible a cualquier hora, detective. Por favor, no se demore mucho.
El coche desapareció en la primera esquina mientras yo apretaba el sobre dentro del abrigo y acariciaba la tarjeta con la otra mano.
Investigué toda la noche. Revisé diarios, reportes, informes e intercepté la supuestamente secreta frecuencia de la desconfiable policía. Busqué cadáveres sin nombre que coincidieran con la descripción del desaparecido. No encontré nada. Ni un rastro. Pasaron los días y recurrí al whisky barato para intentar pensar más en el perdido que en quien lo buscaba. Entretanto, la oficina respiró durante días aquel aroma de Dalia.
Una mañana, varios golpes insistentes me arrancaron la resaca. Abrí la puerta y encontré al gorila del sombrero. Poco después, yo estaba descendiendo del Mercedes frente a una mansión que resultaría grosera para cualquiera que se diga austero.
—Buenas noches, detective. Pase, póngase cómodo.
Era difícil desobedecer aquellos labios, sobre todo con mi sangre todavía diluida en el alcohol.
El calor de una chimenea terminó de evaporar los restos de la resaca. Dalia sirvió dos tragos sin preguntar y me sonrió con el filo de una navaja.
—Y bien, ¿Lo encontró, detective?
—Su esposo no aparece en ningún registro. No hay nada. Lo lamento.
Fingí ignorar sus roces demasiado felinos para salir de una esposa preocupada.
—Qué lástima. Ni hablar, habrá entonces que concluir. De cualquier modo, le agradezco. Pero la noche apenas comienza, detective. ¿Gusta otro trago?
La música brotó del tocadiscos. Una cosa llevó a otra y la noche terminó deshaciéndose con la misma lentitud que el hielo dentro de aquellos vasos de cristal cortado.
Desperté horas después con la boca pastosa y el perfume de Dalia todavía aferrándose a mi piel. Un rayo de sol me cortó el rostro, pero ella ya no estaba. Sobre una mesa de caoba descansaban el mismo sobre estrujado, mi teléfono sin carga y un vaso vacío con una marca de carmín.
Al abrocharme la gabardina comprobé el contenido del sobre. Todo seguía ahí, aunque ahora pesaba distinto. Lo vacié sobre la cama. Junto a los billetes cayeron un anillo y una nota de caligrafía impecable con un olor conocido.
Gracias, detective. La tarea terminó.
Salí encandilado de aquella opulenta pero desierta mansión con la mano apretando el bulto adentro del bolsillo. La luz del sol nunca le ha hecho bien a las conciencias permisivas.
Pasó el tiempo y el cuerpo jamás apareció. No hubo rastro, prueba ni indicio alguno. A veces pienso que el único desaparecido fui yo aquella noche. Todo lo demás terminó por esfumarse. Salvo el perfume de Dalia. Algunas tardes, cuando el reloj vuelve a parecer de una sola manecilla y todo luce insípido y marchito, la oficina vuelve a respirar aquel perfume.