OSCAR ROMERO MERCADO
Abrí los ojos y miré la noche. Estiré la mano y creí alcanzar a tocar el cielo estrellado que se escurría entre mis manos; blancas, frágiles. Erguí mi cuerpo y me puse de pie. El mareo vino como un golpe invisible, casi fulminante. Me tiré al piso de rodillas, agaché la cabeza y dejé que el sopor se disipara con aquel aire frío que se escurría en el ambiente. No sabía cuánto tiempo había estado tirado sobre aquel lecho. Mis últimos recuerdos no eran nítidos; si pudiera palparlos diría incluso que eran espesos, tan densos como aquellos montículos aprisionados por todas partes. De pie. Volví la cabeza atrás y miré aquella tierra que me había abrazado cálidamente; ya no le pertenecía. La luz tenue de la luna iluminó aquellos pasillos estrechos de piedra, cubiertos de pasto, seco, áspero, lapidado, sobre los cuales caminé con pasos torpes hasta llegar al enrejado. Crucé la puerta. Decidí dejar atrás aquella soledad melancólica para nunca más volver a cerrar los ojos.