ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
He vivido, desde que tengo memoria, bajo la doble sombra de un árbol cuyas raíces se hunden en Tepetongo y atraviesan Zacatecas. Una de esas sombras es la de mi padre, a quien la gente evoca en cuanto reconoce en mi rostro un gesto suyo, un parecido inevitable. En la lotería de la genética me correspondió acercarme más a la familia paterna y, aunque a veces lo vivo como un vínculo afectuoso, en otros momentos lo sentí como un compromiso social, casi una carga. No porque mi padre buscara hacerme una extensión de sí mismo —jamás lo intentó—, sino porque los círculos en torno a él reforzaban esas comparaciones, descubriendo en mí su rostro y, quizá, también sus inclinaciones. Es cierto: compartimos la pasión por la natación y la escritura, aunque en niveles distintos.
La sombra de mi padre me llevó a exigirme más, a multiplicar mis esfuerzos, porque necesitaba alejarme de la comodidad de sus círculos sociales, sus amistades, y levantar los míos, mis propias tierras. Al mismo tiempo, mi carácter —difícil, excéntrico por momentos y, a veces, descritos como mamones (justo, esa palabra es la que más detesto y más me confunde, por tener más significados, como güey)— me hacía transitar otro camino e ir cogiendo figuras literarias para darle significado y apartarme de mi padre (Ícaro, Simplicius, Firdusi, Flash, Superman y más recientemente Okarun). Y en ese trayecto, al menos durante los primeros pasos y tras mi diagnóstico en el espectro autista, aprendí a usar máscaras. Fue una recomendación médica: protegerme, porque no siempre los demás comprenden —en algún momento escribiré sobre los actos de discriminación que viví en dos trabajos, por mis condiciones de salud y mi orientación sexual—. Esas máscaras me dieron seguridad, sí, pero también me confundieron; con el tiempo, no sabía distinguir al yo auténtico del yo simbólico. La consecuencia fue una depresión severa, una vida de rostros y personajes intercambiables con los que intentaba sobrevivir en medio de los juicios y del temor que me provocaba la sociedad.
Creí que esas máscaras me permitían poner distancia con la comparación paterna, pero con la muerte de mis abuelos me acerqué de nuevo a ellos. Esa relectura de mi familia me permitió comprender más allá de mis deseos personales y reconocer cómo ciertos entornos sociales de Zacatecas, con su dureza y sus incomprensiones, me habían marcado profundamente —desde la hostilidad hacia la diversidad sexual hasta la falta de sensibilidad hacia quienes vivimos en el espectro autista.
Con el tiempo, y gracias a la cercanía de mi hermano, mis padres y mi madre adoptiva, me alejé de esos círculos. Hoy, sin intención de volver a establecerme en Zacatecas, me reconozco más distante de esas tierras y más próximo a una mitología propia: la paradoja de un estado que me inspira, a la vez, pertenencia y lejanía, afecto y ambivalencia.
Y aun con todo lo dicho, sé que mi raíz más honda no está en los círculos sociales ni en las máscaras que me he visto obligado a llevar, sino en las figuras que me han sostenido siempre: mis padres, mi hermano y la madre adoptiva que me dio un nombre distinto para el afecto. Ellos son la rama firme que no se quiebra, aunque yo me extravíe entre sombras. Si en estas líneas pareciera que me alejo, en realidad regreso con un silencio de gratitud, como quien pide perdón sin pronunciarlo, confiando en que la sangre y el amor ya entienden lo que la palabra calla.
Las máscaras las creas como protección contra las distintas formas de discriminación que hay en la sociedad. Pero estás consciente de ellas y ya te estás reconociendo a ti mismo. Celebro el reencuentro con las figuras que siempre te han sostenido.