ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
Si en lo íntimo he sentido la sombra de mi padre, en lo literario ha sido la de Severino Salazar la que me acompaña con mayor fuerza. Mi segunda sombra. No se trató de una búsqueda deliberada: en su momento me alejé de las corrientes dominantes de mi generación y, gracias a los novohispanistas de Zacatecas, me acerqué con entusiasmo a la cultura letrada de la Nueva España. Allí encontré un horizonte distinto, capaz de apartarme de ciertas inercias creativas que me resultaban poco afines. Hubo incluso quienes, con humor, me compararon con Tryno Maldonado y sugirieron que era su contrapunto; sin embargo, más allá de esas comparaciones, mi escritura ha seguido un rumbo propio, en diálogo con otras tradiciones.
Esta comparativa con Severino Salazar fue encontrada por los demás, lectores, colegas, profesores y amigos, quienes parecían invocarlo cada vez que leen mis textos. Como si mis frases llevaran de manera inevitable un timbre que no me pertenece del todo, un eco de esa voz que dejó huella en la narrativa mexicana. Puedo comprender esa percepción: probablemente se deba a que, como él, también he frecuentado archivos históricos y he intentado leer en las huellas del pasado una materia viva para la escritura. Sin embargo, nuestros proyectos responden a búsquedas distintas. La de Severino Salazar quedó interrumpida por su muerte y nunca sabremos en su totalidad hacia dónde se dirigía su propuesta literaria; la mía, en cambio, avanza con otros cuestionamientos, con la tradición del diálogo como género literario bajo el brazo, aunque sin poder librarse de la conversación involuntaria con esta sombra.

En la fotografía, de izquierda a derecha, aparecen figuras clave de la literatura y la crítica mexicana: Alfonso López Monreal, Severino Salazar, Emmanuel Carballo, Alejandro García y Cuauhtémoc Gutiérrez García, reunidos en un instante que captura la influencia y el diálogo entre generaciones de escritores y críticos.
Harold Bloom hablaba de la angustia de la influencia como esa batalla que libra todo escritor con sus precursores: la necesidad de enfrentarse a ellos para no quedar reducido a discípulo o imitador. En mi caso, ese precursor no es una figura abstracta ni lejana, sino alguien cercano, concreto, con quien mi padre compartió amistad y afinidad, a tal grado que el autor dedicó a mi padre su obra La arquera loca. Severino no es para mí solo un autor, como la academia tiende a simplificarlo o reducirlo a una etiqueta más, sino una presencia íntima, un nombre familiar. Y quizá ahí reside lo más difícil: cuando la herencia literaria se confunde con la memoria afectiva, la de mi padre, porque no recuerdo haber tenido contacto personal con Severino, la lucha por una voz propia se vuelve más densa, más contradictoria.
Cada vez que alguien me dice “tu escritura recuerda a Severino”, no puedo evitar sentir la ambigüedad de ese gesto: por un lado, el halago de ser vinculado con una obra respetada; por el otro, la sospecha de que no me leen a mí, sino a él a través de mí. Escribir, en ese sentido, se ha vuelto una especie de campo minado: avanzo con mis propias palabras, pero a cada paso tropiezo con la sombra de otra voz que me antecede y me cubre.